Cuídate, cariño Capítulo 10
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Capítulo 10

Aunque siempre prefiere tomar un baño a una ducha, esta vez estuvo tanto tiempo sumergida en el agua que lo único que quiere es quitarse el cloro y cualquier otro químico o bacteria que estén pegados a su cuerpo.

En cuanto escuchó que alguien estaba por entrar a la propiedad, salió del jacuzzi para que nadie más la viera con la cara roja por el calor del agua, ni los dedos arrugados, ni el pelo enredado.

Mira sus pulgares y nota que ya no se ve la herida que se hizo con el rastrillo, quizá está escondida entre los pliegues, quizá era tan superficial que desapareció de la noche a la mañana.

Pone sus dedos contra la pared, ha escuchado que los dedos se ponen así cuando se mojan para sujetarse mejor, pero sus dedos se resbalan con facilidad. Una ventaja evolutiva inservible.

Fernando es quien se acerca al portón para descubrir a la persona que toca el claxon.

Ya estaba cerca de la entrada, era absurdo entrar de nuevo a la casa para revisar desde el intercomunicador, aunque eso fuera lo más seguro.

Cualquier loco podría tratar de entrar para robar o secuestrarlos.

Piensa en eso mientras abre la puerta. No hay de qué preocuparse.

Reconoce el coche, es Joel, el exnovio de Verónica.

Se pregunta por qué no ha tocado el timbre, pues no es la primera vez que visita la propiedad.

Además, si todos saben el código de acceso, ¿no lo sabe él también?

Usa el teclado de acero para abrir el portón y sube al asiento del copiloto para que Joel lo acerque de nuevo a la casa.

—No sabía que vendrías.

—Yo tampoco. No sé si Vero te contó…

—Algo sé, justo por eso no sabía que vendrías. Pero, bueno, ojalá puedan solucionar sus problemas. Nada como estar encerrado en El Álamo para limar asperezas. Además, ya sabes que siempre eres bienvenido. Acelera, ya sabes dónde estacionarte.

El portón se cierra automáticamente una vez que detecta que el coche ha cruzado. Algo de lluvia empieza a caer, unas gotas delgadas que no empapan, pero refrescan el ambiente.

Verónica escucha que el portón se abre, que el portón se cierra, unos pasos que hacen crujir la madera del suelo. Escucha todo esto porque tiene la oreja pegada a la puerta de su cuarto y los ojos cerrados para escuchar mejor lo que sucede abajo.

—¿Te topaste con el retén? —pregunta Manuel al recién llegado. Quiere saber si los militares siguen ahí un día después, si seguirán ahí el día que tengan que regresar a la ciudad.

—Sí, pero todo bien. No me preguntaron nada, solo me hicieron señas para que siguiera manejando.

La voz que responde se escucha distorsionada por la distancia, llega a ella con unas vibraciones que harían que fuera difícil reconocerla, si no fuera porque Verónica la ha escuchado muchas veces antes.

Por teléfono, a través de las puertas y ventanas, sobre el ruido de la regadera y la lavadora.

Ha escuchado cómo esa voz canta, habla y se quiebra.

El ruido de sus pasos se acerca cada vez más a ella.

Ya no solo escucha, también lo huele al otro lado de la puerta.

El caminar se detiene, se escucha el sonido de los pies que dudan hacia dónde ir.

No toca, sigue caminando por el largo pasillo.

Ella gira despacio la manija y abre ligeramente la puerta, puede ver por aquella ranura que Joel entra en una de las habitaciones más alejadas.

Esta es la primera vez que los dos habitan El Álamo sin compartir la misma cama.

Joel tose con fuerza, parece que no puede parar.

Verónica camina por el pasillo para revisar si está bien, pero antes de llegar a la puerta, deja de toser.

La cama resiente el peso de Joel y el crujido llega a oídos de Verónica, que decide regresar a su cuarto ahora que se ha asegurado de que él se ha ido a recostar.

Cuando regresa para terminar de arreglarse para otra de las cenas, se percata de que le ha bajado mucho antes de lo que esperaba.

Se quita el pantalón y se da cuenta de que se ha manchado un poco.

Tira la ropa interior a la basura y regresa a la regadera para tomar otra ducha.

Sus dedos apenas regresaban a la normalidad y ahora tendrán que seguir bajo el chorro del agua.

—¿Verónica?

Joana ve una gota de sangre al entrar al cuarto y pasa por encima de ella. El ruido de la regadera le hace dudar.

—Acá estoy, puedes pasar, está abierto.

Abre la puerta del baño y una nube de vapor con aroma a shampoo la rodea. Verónica ya tiene la toalla alrededor de su cuerpo, cierra la llave y se para frente al espejo. Su amiga se queda de pie junto a la puerta, no quiere que la humedad le arruine el peinado.

—¿Viste que llegó tu ex?

—Lo escuché llegar, ¿sabes a qué vino? ¿Fernando lo invitó?

—No, no sé nada. ¿Qué quieres hacer?

—Pues, ¿qué voy a hacer? Nada, somos adultos. Seremos cordiales, como si nada hubiera pasado.

Verónica puede sentir la sangre pasar por la vena de su frente, también cree que puede escuchar su corazón latir y su estómago encogerse. Podría vomitar, pero no ha comido nada desde el desayuno. Se saltaron la comida por estar en la alberca y después en el jacuzzi .

—Podríamos irnos, si quieres. Le pedimos a Manuel que nos regrese. Es jueves, no hay nada de tráfico en la carretera.

—Joana, sé que tú lo entenderás. No quiero hablar de esto, ¿está bien? Comportémonos como si no nos importara. No quiero ser el centro de atención en la cena, ni mañana. No sé cuántos días piensa pasar con nosotros.

—Bueno, si necesitas huir, huyo contigo.

—No huiremos, en todo caso, nos vamos de aquí. Así, sin más.

—Bueno, pero… ¿cómo te sientes?

—No importa lo que siento. A final de cuentas, hay que sospechar de lo que sentimos. A veces también de lo que vemos u oímos. Hay que dudar de todo.

Recuerda que hace mucho tiempo leyó algo parecido en un libro, no le viene a la mente el título ni el autor, ni siquiera el contexto. Recuerda, sin embargo, lo cansada que se sintió al imaginar la duda como forma de vivir.

—Quiero tomar una siesta. Nadar tanto tiempo me dejó agotada. ¿A qué hora cenamos hoy?

—A las siete, todavía tienes poco más de dos horas.

—Bueno, me seco el cabello y me duermo. ¿Tú qué harás? Estás lista desde muy temprano.

—Ayudaré con la cena.

—Ah, ¿no vino nadie a cocinarnos?

—Sí, hoy sí, pero quiero ayudar. Me ayuda a relajarme.

—Cuidado, no te vayas a cortar.

Verónica no ha podido olvidar que hace muchos años Joana se sorprendió al descubrir que ella jamás había probado el mamey.

«No sé ni cómo se ve un mamey, menos sé a qué sabe», le dijo Verónica.

Para Joana tomar licuado de mamey en el desayuno era algo común.

Recuerda que la novia de su tío le preparó ese licuado por primera vez en una ocasión que se quedó a dormir con ellos después de una boda familiar.

Se enamoró por completo del sabor y la textura.

No hubo vuelta atrás. Después de ese día, tenía que tomarlo por lo menos una vez a la semana para no caer en una nostalgia alimentaria.

Joana no podía permitir que Verónica viviera su vida sin haber probado ese licuado.

Le pidió a su amiga que la acompañara al supermercado para comprar la fruta, regresaron al departamento de Verónica.

Joana puso la tabla para cortar sobre la barra de granito y tomó el primer cuchillo que vio.

Verónica se había mudado a ese departamento una semana antes.

Todo ahí era nuevo. También los cuchillos, que tenían el filo intacto.

La fruta res baló de su mano y el cuchillo atravesó la piel de la base del pulgar.

Joana soltó un quejido leve, tomó un trapo de cocina y presionó la herida.

El trapo se iba humedeciendo, impregnándose de un rojo vivo.

La sangre goteaba al suelo de concreto pulido.

Verónica la llevó al hospital más cercano, tuvo que firmar los papeles del seguro, hablar con los médicos, regresar a su departamento por ropa, ver la sangre que seguía en el piso y no se atrevía a limpiar, pasar la noche con ella en el hospital, esperar a que saliera de su cirugía y cuidarla un par de días más.

No le ha vuelto a sacar filo a sus cuchillos, aunque ya no cortan tan bien como antes. Siempre que tiene que cortar una manzana o un trozo de queso o una pechuga de pollo, no puede olvidar la sangre en el piso. Tiene que repetir en su cabeza: «No te cortes, no te cortes, no te cortes».