Cuídate, cariño Capítulo 9
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Capítulo 9

El día es frío, a pesar del sol que aparece por primera vez desde que llegaron a El Álamo y que cubre todo aquello que no está bajo los árboles o al resguardo de la casa.

La única razón por la que deciden entrar a la alberca es por el vapor que sale del agua, anunciando que la calefacción está encendida.

Dejan caer las batas tan cerca del agua que las mangas alcanzan a mojarse, y se arrojan a la alberca de un clavado.

No salen a tomar aire hasta que están al otro extremo.

Joana y Verónica se miran a los ojos y, con esa mirada, entienden que no dejarán de nadar hasta que la otra se rinda.

Entraron juntas al club de natación cuando eran muy pe queñas.

Era común que permanecieran en la alberca aun cuando el resto de sus compañeros ya habían dejado la escuela.

Esa rivalidad las mantenía juntas y admirándose mutuamente.

Cuando ingresaron a la universidad, ya no tenían tiempo para nadar, pero la dinámica de la relación ya estaba afianzada; tuvieron que encontrar la rivalidad, la competencia, en otros ámbitos de sus vidas.

Peleaban por cosas absurdas, tan absurdas que eso erosionaba más la relación.

Si tan solo discutieran por algo trascendental, por algo que valiera la pena.

Si tan solo admitieran que el conflicto artificial estaba ahí para mantener viva la relación.

Bastaría esa confesión para aliviar todos los roces.

Nadan. No sacan ni la cabeza para tomar aire.

Respiran con media cabeza bajo el agua y la otra mitad protegida por la brazada para crear un espacio por el cual respirar.

¿Qué piensa uno cuando el corazón está agitado y el tiempo parece no avanzar, cuando todo lo que se ve son los límites del carril pintados en el suelo que no pisan?

Con cada brazada alargan el cuerpo, lo estiran para llegar más rápido al extremo del que tendrán que alejarse una vez que lleguen a él. Darán una voltereta y con las piernas se empujarán para llegar más rápido al otro extremo, del que también, si quieren avanzar, tendrán que alejarse.

Mientras el cuerpo de Verónica soporta las últimas vueltas, comienza a pensar en las causas que pudieron haber provocado que Carolina se fuera.

Ella era una de las razones por las que seguían viéndose todos los años.

Cada agosto se dedicaba a llamarles para acordar la fecha en la que viajarían a El Álamo.

De no ser por Carolina, probablemente habrían dejado de verse hace mucho tiempo.

Ahora se había ido, así, sin más. No era la primera vez que peleaba con Natalia, ¿qué cambió?

No quiere pensar en las posibilidades, pero su mente traicionera imagina que el agua se va volviendo roja, poco a poco.

Un rojo diluido que se vuelve más denso, más rojo, y ya no le permite ver las líneas al fondo de la alberca.

Sigue nadando, sabe que reconocer lo que sus ojos ven sería admitir que hay algo malo con ella.

Le gustaría saber si aquella luz y sombra que vio la noche anterior sería capaz de meter sus garras al agua y sacarla de ahí para llevarla al lugar donde esconde a Carolina.

Se quita el pensamiento de la mente, todo está bien.

Es solo que ha nadado mucho tiempo y está agotada.

Debería parar, dejar de sostener su rivalidad y amor por Joana.

Abre la boca para tomar una bocanada de aire, olvidando por completo que se encuentra bajo el agua.

Esa agua, que no es roja, sino incolora, se cuela por su nariz.

La sensación de ahogo la lleva a parar la carrera para toser y escupir el agua por la orilla, hacia el piso cerámico que rodea la alberca.

Tose y sigue tosiendo y escupiendo, pero se queda con la sensación de que hay algo de agua dentro de ella, en un lugar en el que no pertenece.

—Estoy buscando un nuevo trabajo.

Joana es la primera en meterse al jacuzzi . Verónica duda, no está segura de querer seguir rodeada de agua, pero sabe que después de nadar tanto tiempo, el hidromasaje le ayudará, además, su amiga quiere hablar con ella.

—¿Qué tiene tu trabajo actual?

—Ya no tengo trabajo actual, me despidieron hace nueve meses.

—¿Nueve meses? Es muchísimo tiempo, ¿por qué no me dijiste antes? Quizá podría encontrarte algo. Tal vez yo no, pero seguro Fernando o Rodrigo pueden darte trabajo sin ningún problema.

—No quiero deberles nada.

—¿Deberles? ¿De qué hablas? Ellos estarían en deuda contigo, si trabajas como nadas, se estarían llevando a una grande.

—Piensas que soy una grande en el trabajo, pero me despidieron.

—Estoy segura de que ese despido no tiene nada que ver con tus capacidades, ¿qué pasó?

No hay respuesta. Joana baja su cuerpo para tener el agua hasta el cuello y poder calentarse.

—¿No me quieres contar?

—No, no quiero, pero a alguien debo contárselo. A mis papás les dije que la empresa quebró. Me creyeron, creo que ni saben a qué me dedico. ¿Una empresa de sesenta años quiebra así sin más y no hacen ni una sola pregunta?

—Creo que yo tampoco tengo claro qué es lo que hacías.

—Porque nunca te lo conté. Era analista de riesgos, ¿qué opinas, me ves en el puesto?

—Yo te veo más como la ceo .

—Ese era el nefasto de Víctor. No quiero darle muchas vueltas y no quiero que digas nada, ¿está bien?

—No diré nada.

—Ni a los demás ni a mí, no quiero que creas que tienes que consolarme.

—Cuéntame.

—Nada, fue una estupidez. Víctor y yo teníamos una relación casual, nada serio.

Un poco la típica historia: está casado y vive con su esposa, pero en realidad no tienen ningún otro tipo de relación.

Viven así por sus dos hijas pequeñas y porque ninguno de los dos se ha enamorado de alguien más.

Hubiera sido más fácil, ¿no? Si en realidad estuviéramos enamorados, habría una razón para mantener la relación.

Pero no, solo era casual. Su esposa se enteró y se enojó muchísimo.

No sé, supongo que ella siempre ha creído que están en un mal momento, un mal momento que ya lleva tres años.

Amenazó a Víctor con contarle lo que está pasando a la junta directiva y a un par de revistas.

«El ceo abusa de su poder para acostarse con la empleada y serle infiel a su esposa».

Así que me despidió antes de que su reputación se manchara y fuera él quien se quedara sin trabajo.

Esa es la historia. Me voy a bañar antes de que digas algo. Sé que no sabrás quedarte callada.

—Espera, no te vayas todavía.

—Verónica, está bien. Ya sé que no fue mi culpa y que está jodido lo que hizo.

La verdad es que me gustaba estar con él.

Además, no obtuve mi puesto gracias a él, ya lo tenía antes de que llegara a la empresa.

En realidad, no abusó de su poder, solo fue un hijo de la chingada, un cobarde que prefirió salvarse a sí mismo.

Joana sale del jacuzzi , con vapor brotando de su cuerpo, y se viste con la bata que dejó junto a la alberca.

Verónica ve cómo abre una de las puertas para entrar a la casa, luego aleja su enfoque y ve la casa completa.

Imagina lo que hacen los demás ahí dentro, se pregunta si alguien ha sabido algo de Carolina.

De pronto, escucha un ruido que la saca de sus pensamientos. Detrás de ella, en la entrada a la propiedad, alguien toca el claxon.