Cuídate, cariño Capítulo 4
9%

Capítulo 4

Todos corren hacia la puerta, pero solo Fernando se acerca lo suficiente como para poder abrirla. Quién es, pregunta. Rodrigo responde: soy yo. La llave reposa en la cerradura, le da tres vueltas y la pesada puerta permite que se cuele a la casa.

—¿Qué tienes? ¿Cómo entraste? ¿Por qué no nos avisaste que sí vendrías?

Verónica corre por una servilleta, la humedece en lo que antes era hielo y limpia la sangre seca en el rostro de su amigo.

—No pasa nada, se quisieron pasar de listos conmigo en un retén del ejército. Quiero bañarme, ¿puedo subir a mi cuar to? Luego hablamos, estoy agotado.

Manuel se ofrece a llevarle las cosas que dejó en el coche. Le da asco la sangre, tanto que siente que podría desmayarse en cualquier momento.

—Si tuviera un arma, yo sería igual de castroso —dice Rodrigo antes de subir a su cuarto.

Los demás se dispersan por la casa, van por más alcohol o al baño o a fumar cerca de alguna ventana.

Verónica se pone a limpiar el caos que dejó el enfrentamiento con el alacrán.

Hay mucho silencio, pero sabe que es temporal, todos regresarán.

Nunca han terminado una de esas cenas sin una pelea, sin alguien vomitando o con alguna otra persona llorando.

No sabe quién es el encargado de la música, pero, sea quien sea, ya no se está haciendo cargo. Saca su celular para adornar el silencio con algunas canciones, pero el aparato se le cae de las manos al leer el nombre de su exnovio en la pantalla.

Vine a cenar al restaurante en el que tuvimos nuestra pri mera cita oficial. Me acordé de ti. No sé si sea buena idea que te escriba, pero quería que supieras que te recuerdo.

No puede creer lo que está leyendo. Repasa el mensaje una, dos, tres veces.

Es probable que Joel haya tomado de más en la cena.

No le escribiría si no estuviera borracho.

¿Con quién habrá ido a cenar? Ese no es un restaurante al que irías con tus amigos, ni siquiera hay mesas grandes.

¿Alguien cumple años? ¿Alguien está de visita en la ciudad?

Verónica repasa en su mente a todas las personas que Joel conoce, ¿con quiénes podría estar cenando?

No sabe si debería responder. Eso es lo que deseaba, que su exnovio regresara, que se arrepintiera de haberla perdido.

Pero ¿qué se contesta a ese tipo de mensajes?

Ella lo recuerda todos los días, pero él ¿solo cuando visita los lugares que compartieron?

«Me acordé de ti porque te vi caminando por la calle.

Solo te pienso cuando te tengo enfrente».

Joel puede esperar, no merece una pronta respuesta.

Algo cruza detrás de la ventana, ahora lo ve con mayor claridad.

Es una sombra iluminada, es decir, un centro os curo: negro, y una luz rojiza que emana de esa oscuridad.

Como brasas rodeando un trozo intacto de carbón.

Siente un golpe de calor, tiene que tocarse las pestañas para asegurarse de que sigan ahí.

No se han quemado. Nadie más parece notar la subida repentina de la temperatura.

El calor es reconfortante, pero la visión, la imaginación: perturbadora.

Verónica se pregunta cuánto calor hace falta para que la casa deje de ser madera y se convierta en flamas tan altas que sean capaces de alertar a todos en el pueblo. Cuánto calor o cuánta madera sería necesaria para que esas flamas fueran más altas, lo suficiente para que Joel las viera.

Lanza miradas rápidas a la ventana de vez en cuando, pero ya no ve nada.

No hay ni sombra ni resplandor. Hay, en cambio, una oscuridad plana, sin distinción.

Un vacío tan negro que es ella quien puede verse reflejada en el vidrio como si este fuera un espejo.

Corre las cortinas, no quiere enfrentarse a la idea de que quizá hay algo ahí detrás.

Sus amigos siguen rellenando sus copas. Se abrazan, pa rece que el alcohol los ha suavizado o por lo menos ha logrado que resurjan los recuerdos que comparten. Algo ha hecho el alcohol que permite el cambio en ellos, quizá es por eso que siempre beben cuando están juntos.

Carolina y Natalia bailan pegaditas, una detrás de la otra, con los brazos levantados y las caderas subiendo y bajando.

Los martinis han hecho más por ellas que por los otros.

Se dicen cosas cerca del oído y asienten o niegan con la cabeza.

Rodrigo y Manuel fuman en el centro del comedor, ya no les importa que el humo del cigarro se quede flotando en el cuarto y se impregne en el pelo de los demás.

Parece que Joana y Fernando están discutiendo, aunque en realidad solo hablan moviendo mucho las manos.

Verónica no sabe a cuál pareja acercarse, así que toma su copa vacía para que los demás piensen que irá a rellenarla, pero en realidad sube a su cuarto.

No sin antes intentar abrir la puerta que siempre permanece cerrada y que hoy no es la excepción.

Cierra las cortinas de su habitación, se desnuda y se mete a la cama, pero siente que algo no anda bien, así que vuelve a ponerse la ropa interior y regresa a la cama sin apagar la luz.

Despierta por los ruidos de la habitación contigua.

Son ruidos ligeros, pero Verónica se encuentra alerta.

Acerca su oreja a la pared en la que descansa el respaldo.

Son las voces de Natalia y Carolina. Están discutiendo, no alcanza a distinguir los reclamos que se dicen en murmullos, pero con un tono de enojo y frustración.

Le tranquiliza saber que son sus amigas, que no hay nada más allá afuera.

Cierra los ojos y deja que el calor del edredón le permita volver a dormir.