Capítulo 3
Rodrigo despierta con llamadas perdidas y una docena de mensajes; ¿cómo ha podido dormir tanto tiempo?
Por suerte, dejó su celular cargando antes de perder el conocimiento.
Un par de veces ha despertado sin batería después de una noche de fiesta y se ha frustrado hasta las lágrimas.
Debe de ser la resaca, no suele llorar en ningún otro escenario.
El llanto solo viene ligado a la frustración y al cansancio del cuerpo deshidratado.
En su boca queda un rastro metálico y, en su lengua, una ligera hinchazón.
Otra vez se ha hecho daño mientras dormía.
A estas alturas, su lengua ya debería ser una superficie callosa a prueba de mordidas.
Mete en la maleta dos pantalones, tres calzones y cuatro playeras.
No recuerda cuántos días se quedarán en El Álamo esta ocasión.
Nunca se han quedado menos de dos días, pero tampoco más de seis.
Si le falta ropa, sabe que le podría pedir a Fernando; en su clóset siempre hay prendas que ha ido dejando con los años.
No sabe cuáles fueron las canciones que escuchó en el camino. No cantó ni una sola o, si cantó, no lo recuerda. Se sorprende al darse cuenta de que ha llegado al pueblo que se encuentra antes de llegar a El Álamo; son los oficiales del ejército los que hacen que regrese en sí.
—¿Adónde se dirige?
—¿Pasa algo?
—Inspección de rutina. ¿Hacia dónde se dirige?
—A casa de un amigo.
—Necesito que descienda del vehículo.
Baja del coche porque es el único camino posible, no hay alternativas. ¿Qué podía hacer? ¿Leer sus derechos? ¿Tomar video? Los soldados lo someten contra el vehículo y lo revisan con violencia, pasan sus manos por todo el cuerpo, por los zapatos, por los bolsillos. Por el espacio entre sus piernas.
—¿Qué es esto?
El hombre sabe lo que sostiene entre los dedos. Rodrigo aprieta la mandíbula. Le molesta cuando las personas hacen preguntas absurdas.
—Un cigarro.
—¿Me quieres ver la cara de pendejo?
La pregunta hace que Rodrigo resople con una sonrisa que se desvanece al recibir un golpe en el rostro con el fusil.
Alarga el cuello para separar el rostro de su cuerpo y dejar que la sangre que sale de su nariz caiga al pavimento.
El soldado llama a los otros, hace señas con las manos y otro soldado, quizá de menor rango, le pasa un encendedor.
Enciende el porro. Aspira y mantiene el humo en sus pulmones, no tose como los principiantes. Lo exhala en el rostro de Rodrigo.
—Esto no huele a cigarro.
—A tabaco.
—¿Qué dices?
—No huele a tabaco.
Lo golpea de nuevo, ahora el arma le da en el labio. Saborea, como en la mañana, el sabor metálico de su sangre. Traga la saliva y la sangre. No quiere que lo vean sangrar otra vez. Los mira uno a uno, tratando de recordar sus rostros.
—Ya terminaste de fumar. No queda cigarro. No hay pruebas de que hice algo malo.
Los soldados se ríen, les parece divertida la insolencia, los huevos del niño bonito que tienen frente a ellos.
—¿Dónde vive tu amigo? Quizá necesites que te escoltemos, no queremos que alguien se aproveche de ti en el camino.
—No necesito que nadie me acompañe. Sé llegar solo a El Álamo.
Los hombres dejan de sonreír. Conocen la propiedad y saben quiénes son los dueños. Todos en el pueblo, en la ciu dad y en el país han escuchado los apellidos de Fernando.
—Vete de aquí antes de que cambiemos de opinión.
La voz del militar sale temblorosa. Carraspea, fingiendo que es la flema —y no los nervios— lo que le impide hablar con naturalidad.
Rodrigo maneja a toda velocidad, no importa que nadie lo siga.
Es mejor dejar a todos atrás. El camino a El Álamo desde el pueblo es corto en distancia, pero hay tantas vueltas y la carretera se encuentra en tan mal estado que el tiempo se alarga.
No sabe cuánto lleva conduciendo, pero algo le dice que ya debería haber llegado.
«¿Y si la casa se movió de lugar?», piensa. No se pregunta si se equivocó de camino, pues le parece más probable que la casa tenga vida propia y ganas de bromear con él.
—¿Por qué no logro llegar? —se pregunta entre dientes.
Las lágrimas comienzan a acumularse en sus ojos, pero no caen.
Ante él, se ha materializado el portón de acceso a la propiedad.
Baja la ventanilla y teclea en el aparato metálico que sale de la tierra: 08190294.
Ese código está grabado en su memoria. La puerta se abre permitiéndole el paso y se cierra automáticamente al detectar que ha avanzado.
Se estaciona frente a la casa y al bajar del coche se percata por primera vez del olor que desprenden los árboles.
Se llena los pulmones de ese nuevo aire limpio y nostálgico.
Recuerda cómo corrían entre los álamos. Pasar los días aquí era regresar a casa agotado, con las rodillas raspadas y la piel quemada por el sol, pero feliz.
Cada año empezaron a pasar más tiempo dentro: en el comedor, la biblioteca, la alberca, el sauna.
Ahora solo pisan la tierra para ir a los coches, ni siquiera asan la carne en el exterior.
En el mejor de los casos, usan las parrillas eléctricas; en el peor, alguien cocina para ellos.
Se escucha un disparo a lo lejos. El sonido asusta a Rodrigo. Imagina a los soldados, ahora con refuerzos, acercándose a él para terminar lo que empezaron. Se apresura hacia la puerta: está cerrada.
Se escuchan más disparos y la puerta no cede.