Cuídate, cariño Capítulo 2
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Capítulo 2

El cuerpo de Verónica —que no es otra cosa más que un cúmulo de huesos grandes y pequeños y sangre que no corre libremente, sino aprisionada por venas y arterias que le dan forma bajo la piel— se relaja al ver el nombre de Joel aparecer en la pantalla, pero también la decepciona saber que no ha recibido un mensaje de él, sino que la notificación solo anuncia que le ha gustado la foto que ella subió la noche anterior.

La compartió en todas sus redes, quería ser vista por él.

Deseaba que recordara lo que había perdido, que sintiera un vacío en su pecho.

La bruja dijo que sus trabajos estaban garantizados.

«Soy costosa en dinero y energía, pero cumplo lo que ofrezco», fue lo que salió de su boca al abrirle la puerta a Verónica, antes de que ella pudiera decir cualquier otra cosa.

Ella le creyó. Lo único que sabía de la bruja era que había ayudado a su tía un par de años atrás.

No en un tema amoroso, sino en algo de dinero.

Su tía había perdido todo al divorciarse y ella le ayudó a recuperar su antigua casa.

En retrospectiva, Verónica piensa que si la bruja es tan buena como dice, no debería ser pobre.

No tendría que cobrar tanto por usar su don.

Se siente como una estúpida por creer en ella, en él, en todos. Debería de olvidarlos, dedicarse solo a ella. Mudarse a Milán como siempre ha querido, y dejar su antigua vida atrás.

Abre el grifo y deja que el chorro de agua fría corra por su dedo índice para limpiar la herida que le dejó el rastrillo. Ya no sangra, pero no cierra la llave. Quiere seguir sintiendo el frío.

—No te quitaste los zapatos. —Fernando está recargado contra el marco de la puerta.

—¿Cómo? —Verónica se ve confundida.

—Los zapatos, recuerda que la única regla de la casa es que no se puede entrar con zapatos.

—Ah. Cierto, los dejaré en la entrada.

—Gracias. En un par de horas nos encontraremos para la cena. Puedes ayudar en la cocina si quieres o puedes ir a descansar y prepararte. Ya está casi todo listo de todas formas. Tu cuarto es el de siempre.

Verónica piensa que debería saludar a las chicas, pero se muere por tomar una ducha.

Necesita relajarse y sentirse guapa. Al subir las escaleras, se encuentra con la bodega que siempre ha tenido la puerta cerrada con llave.

De todas formas, intenta girar la manija.

Tiene la esperanza de algún día encontrarla sin seguro y poder descubrir lo que resguardan ahí.

A veces piensa que detrás de esa puerta solo hay una pared de ladrillos que protege la nada.

Verónica se desnuda y siente bajo sus pies el calor del piso.

Lo toca con sus manos, se acuesta boca abajo y cierra los ojos, no sabe si lo que corre debajo de ella es el agua caliente o el mismísimo infierno.

O si acaso es Fernando, con su cuerpo ardiendo, el encargado de calentar el suelo, la casa y todos los cuerpos que la habitan.

Abre los ojos después de unos minutos, la ha despertado el ruido del pasillo.

Seguro los demás ya se preparan para la cena.

Desde que son pequeños, comen juntos el primer día que todos duermen en El Álamo.

Se sientan en la mesa larga del comedor con vestidos y camisas, se ponen guapos para celebrar que están juntos y que son personas decentes y no importa que estén en la montaña, deben verse bien. Una noche, por lo menos.

Lava su cuerpo manteniendo su cabello lejos del chorro de agua.

Usa agua fría para que el vapor no cubra el baño.

El jabón en la mano derecha para evitar tocarlo con la herida casi imperceptible que dejó la cuchilla en su dedo.

Verónica quiere saber lo que Joel hace en ese momento, pero él es una persona discreta, nunca comparte su vida en las redes sociales.

Eso le solía gustar, tener acceso a él y a lo que hacía mientras los demás quedaban fuera.

Le gustaba ese lugar que Joel le daba, ese al que nadie más podía acceder.

La mesa del comedor ya no es de madera desnuda, ahora está vestida con un mantel larguísimo de seda color marfil.

Y sobre la seda, candelabros de acero con velas blancas que aún no han sido encendidas y charolas largas, también de acero, con hielo y docenas de ostiones preparados de formas diferentes.

—¡Ay, qué guapa! —Carolina entra al comedor y se apresura para abrazar a Verónica. Natalia camina detrás de ella con un par de copas en las manos.

—Nos hacías falta. Qué bueno que ya llegaron. —Le pasa uno de los martinis y choca su copa con la de Verónica.

Las chicas hablan de lo que ha pasado en sus vidas desde la última vez que se vieron. Caro y Nat viven juntas, pero a Verónica no la veían desde el año anterior, en esta misma casa.

Todos se sientan en los mismos lugares que ocupan año con año.

La memoria muscular les dice dónde deben colocarse, junto a qué personas, mirando cuál pared o cuál ventana.

Beben y comen. Beben más de lo que comen.

Comen muy poco, en realidad, tres o cuatro ostiones por persona.

El molusco mezclado con queso o limón o mantequilla o vino blanco se encuentra suelto en la concha, solo deben llevárselo a los labios y dejarlo caer en la boca.

Joana presta atención a los demás, quiere ver si los labios tocan la concha, si mastican el molusco o lo tragan, si beben para quitarse el sabor intenso del marisco.

Hace muecas casi imperceptibles cada vez que alguien hace un poco de ruido al comer.

Verónica siente la pierna de alguien bajo la mesa, pero no reacciona. Sabe que Fernando se ha equivocado, no es a ella a quien quiere acariciar, sino a Carolina.

Se pone a recordar lo que ha pasado entre todos ellos; Joana y Manuel hablan entre sí, pero sin mirarse a los ojos.

En el coche funcionaba mejor, porque Manuel debía mantener los ojos en el camino.

Ahora evadir las miradas resulta más incómodo, está claro que no quieren recordar que un día decidieron intentar algo juntos y, al otro, se dieron por vencidos.

En el pasado, Fernando cogió con Natalia y Carolina, y ellas dos tienen una relación cercana al noviazgo, pero eso solo lo sabe Verónica, porque hace dos años las escuchó discutir.

Su cuarto y el de Natalia son contiguos, normalmente los ruidos no se escuchan, pero esa noche las ventanas de ambas habitaciones estaban abiertas y los gritos lograban escucharse con claridad.

Quizá el único que no ha tenido nada con nadie es Rodrigo, no es la clase de persona que se pone caliente al tomar, más bien, es el borracho que se queda dormido y olvida despertar para viajar con sus amigos a El Álamo.

La convivencia está fragmentada, hay diferentes conversaciones sucediendo al mismo tiempo.

Pasan tanto tiempo separados que a veces les cuesta recuperar el ritmo que los unía al inicio.

Después de actualizarse sobre lo que ha sucedido en los últimos meses, todos se vuelven a la persona que mejor les cae o a quien ven más seguido para seguir hablando de las cosas que siempre hablan.

Nadie menciona nada nuevo. Verónica no deja de mover las piernas de arriba a abajo.

Todos pueden darse cuenta porque mueve un poco la mesa de vez en cuando, pero nadie le dice nada.

—Fui con una bruja.

Todos detienen sus pláticas para mirarla.

Natalia siempre les cuenta lo que su tarotista ve en las cartas que le tira una vez cada tres meses, pero les sorprende que sea Verónica la que haya recurrido a la brujería.

La más escéptica, la que nunca cree en las leyendas, la que no le teme a las películas de terror porque no cree en los fantasmas, la que le ha dicho a Natalia que no debería tirar su dinero con charlatanes.

Todos esperan a que Verónica siga con su historia.

Creen que debe haber perdido la cabeza o estar muy desesperada para caer en manos de una bruja.

—¿Con una bruja? —Es Manuel quien rompe el silencio.

—Hizo un ritual extrañísimo. No he dejado de pensar que me estafó, me siento tonta.

Mezcló algunas cosas, no sé qué eran, las sacaba de bolsas y botellas.

Dibujó unas cosas en el suelo, prendió algunas velas y me hizo preguntas raras sobre el costo de las decisiones y otras cosas que ya ni recuerdo.

—¿Qué clase de ritual?

Ahora es Natalia quien se ve más interesada en la anécdota. Lleva tiempo pensando que las cartas no son suficientes, que necesita hacer algo más grande para que sus deseos puedan cumplirse. Ya no quiere una guía, quiere resultados.

—No sé, no hice muchas preguntas. Bueno, sí las hice, pero la bruja no las respondía. Me contestaba con otras preguntas.

—Pero ¿para qué necesitabas el ritual?

—Por Joel.

Con ese nombre entendieron la desesperación de Verónica.

Sabían lo que había pasado con su exnovio, aunque ella no les había contado.

Todos sabían todo sobre todos. Esta no era la primera vez que Verónica perdía la cabeza por amor.

A su primer exnovio le escribió cartas todos los días durante tres meses.

A otro chico, uno con el que nunca formalizó, lo llamaba borracha cada dos o tres semanas.

Sus amigos sabían que si la relación con Joel terminaba, también lo haría su cordura.

Nunca antes la habían visto tan enamorada.

Y para ella, perder el amor era perderlo todo.

Natalia abre la boca, pero no dice nada; la interrumpe Carolina, que grita y señala al otro lado de la mesa.

Verónica es la primera en descubrir la causa del horror y del escándalo.

Toma una de las charolas de acero que aún tiene hielo y conchas vacías y la arroja contra el piso.

El metal choca y retumba por todo el espacio.

El ruido que hace es más fuerte incluso que los gritos de Carolina.

Hay hielo, agua y conchas esparcidas por el suelo.

Verónica voltea los ojos, sabe que ella tendrá que limpiar el caos que ha dejado.

Levanta la charola y puede ver los restos del alacrán, el aguijón quedó intacto, se libró de ser aplastado.

Quiere sujetarlo entre sus dedos, pero recuerda la herida que tiene en el índice.

No sabe si hay restos de veneno en el aguijón, ni si ese veneno puede entrar por la cortada que dejó la navaja y colarse por su sistema circulatorio.

—¡Qué asco, Vero! No lo agarres, ¿qué haces?

Verónica se detiene. No es el cuestionamiento de Carolina lo que frena su curiosidad, sino los golpes que parecen querer derribar la puerta principal de la casa.

Cree ver algo por la ventana, una figura, una sombra que no debería estar ahí. Parpadea, convencida de que es su imaginación. Los golpes regresan su atención a las sacudidas de la puerta.