Capítulo 1 #2
Las camionetas del ejército se estacionan afuera de La Cabaña. Dos soldados bajan sin prisa. No les preocupa la lluvia porque ya están empapados.
El cuerpo de Manuel se pone rígido, pero finge que no los ve.
Joana repite que deberían decirle algo a Fernando.
Verónica solo ve su celular; han pasado veinticuatro horas desde que aceptó pagar el precio, pero no ha recibido ni una llamada ni un mensaje.
Se siente tan ansiosa como Manuel, pero por diferentes razones.
—Parece que estos decidieron tomar su descanso justo después de jodernos el viaje. Seguro están mareados porque la ilusión de poder se les subió a la cabeza —dice Joana al ver cómo los soldados salen con lo que parecen cajas de comida apiladas una sobre otra.
—Déjalo ya, Joana. No te metas en problemas. —Manuel sigue sin mirarlos, cubre su rostro con la taza y el vapor que sale de ella.
—¿Desde cuándo hay internet en El Álamo?
—Desde toda la vida, Verónica.
—Entonces, ¿por qué veíamos películas en blu-ray ?
—¿De qué hablas?
—¿Por qué veíamos películas en físico si podíamos verlas en streaming ?
—No sé, quizá la velocidad no da para ver una película en streaming . Igual el satelital es reciente, lleva como cinco años, no sé cómo le hacíamos antes. ¿Cómo no sabías que hay internet? Vamos todos los años.
—No viajaba hasta allá para estar en el celular, me la pasaba en la alberca o leyendo o tomando con ustedes. Yo sí convivía con ustedes.
Verónica le quita la funda a su teléfono.
Tiene fe, piensa que los cambios mínimos pueden tener buenos resultados.
Quitar la funda para que la señal llegue sin obstáculos.
Prender un par de velas cuando hace mucho frío en la habitación para no encender la calefacción y terminar con dolor de cabeza.
Cargar su celular un minuto antes de salir.
Pensar fuerte en Joel para que su pensamiento navegue el espacio entre ellos y él sienta un calor, algo que debería asociar con ella.
Pensar en Joel con tanta fuerza que la vena en su frente se hinche.
Manuel echa una mirada a los soldados, ve cómo se empujan, jugando como perros o niños.
Se recuerda a sí mismo, corriendo por el campo de americano, empujando a sus amigos.
Se pregunta si han usado sus armas para matar a otro hombre.
Y, si lo hicieron, ¿fue para defenderse, para proteger a alguien…
o solo porque podían hacerlo? Quiere saber qué haría él si alguno de ellos le apuntara con el fusil en la frente, ¿se quedaría quieto esperando su muerte o rogaría por un poco de clemencia?
La puerta negra de metal se abre antes de que timbren por el interfón.
Alguien debió verlos por las cámaras y se apresuró a darles acceso.
Una docena de cámaras transmite en tiempo real lo que sucede en los alrededores de El Álamo, pero nin guna apunta hacia el interior de la propiedad, ni siquiera al portón de acceso.
Verónica solía cuestionar a Fernando, le parecía curioso que las cosas de valor quedaran desprotegidas.
Él decía que su familia valoraba más la privacidad que la propiedad.
Esto hacía que Verónica sospechara sobre las actividades que se llevaban a cabo ahí el resto del año, cuando ellos no estaban de visita.
Tuvieron que dar un par de giros en el camino para poder apreciar la casa desde la distancia.
Los tres sienten que la propiedad cambia muy poco año con año.
Es casi como si quedara congelada en el tiempo una vez que salen de ahí; es como si ese espacio solo existiera para reunirlos una vez cada doce meses.
Una casa que hiberna, que despierta, que los llama para que vuelvan a habitarla y pueda ver así cuánto han crecido y cambiado, mientras ella permanece inamovible en la montaña.
Fernando sale por la puerta principal. No lleva camiseta, a pesar de que ha estado lloviendo y que el viento corre frío.
Seguro fue él quien les abrió el portón, ya los esperaba.
Verónica corre a darle un abrazo. Siente bajo sus manos los músculos tensos de su amigo.
Le sorprende que su piel esté tan caliente, pero le sorprende aún más que, a pesar de ese calor, su espalda se sienta seca, sin una gota de sudor.
No sabe si el calor lo produce el cuerpo de Fernando o si la calefacción de la casa está descontrolada.
Ella ya habría sudado si su cuerpo estuviera así de caliente.
Suda a la menor provocación, especialmente en la frente y las manos.
—Caro y Nat están en la cocina. Ya estamos preparando la comida. De momento, no hay gente trabajando en la casa.
—Ahora las saludo. Oye, ¿cuál es la clave del internet?
—No tiene clave. Es la única red que verás.
—Gracias, voy al baño. Llevo una hora aguantando, no quería usar uno sucio en el camino.
Fernando se acerca a sus amigos para ayudarles con las maletas y Verónica acelera el paso hacia el baño.
Se detiene para mirar en la pared del corredor una galería con las fotos que se ha tomado con sus amigos durante los últimos años, todas colocadas sin ningún tipo de orden.
La foto de la primera vez que visitaron El Álamo a un lado de la del año pasado.
Encuentra a su exnovio en tres de las imágenes y recuerda lo que hizo la tarde de ayer.
Se apresura para entrar al baño, se coloca frente al espejo y mira sus ojos con atención; busca la calma.
—Tiene que funcionar, tiene que funcionar.
Deja su bolsa sobre el lavabo, mete la mano para tomar su celular, pero no lo encuentra.
En su desesperación, parece que la bolsa ha cambiado, que ahora es más grande por dentro y que aloja una cantidad incalculable de objetos.
Mueve la mano de un lado a otro. Luego, la saca con rapidez y nota que tres líneas rectas se van pintando en su dedo índice.
El rastrillo que guardó en la bolsa le provocó esas heridas.
Se lleva el dedo a la boca y siente cómo su saliva alivia el dolor.
Siente el sabor de la sangre y, con su lengua, la piel levantada.
Palpa su pantalón con la otra mano y se siente una tonta al percatarse de que el celular siempre estuvo en el bolsillo.