Cuídate, cariño
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Capítulo 1
El sonido de la lavadora le parece el ruido más triste del mundo, pero la forma en la que la ropa se mueve dentro del cilindro de metal le resulta divertida. De un lado a otro, de un lado a otro, durante al menos un par de horas.
Recuerda que la lavadora de su madre tenía un agitador en el centro que ayudaba a que la ropa se moviera con mayor fuerza, esto hizo que se preguntara si su máquina moderna podría eliminar por completo las gotas de sangre de sus jeans o quizá solo el agitador podría con una tarea así de complicada.
Se sienta, apoyando la espalda contra el centro de lavado, y continúa el libro con el que lleva dos semanas.
Le gusta leer en ese cuarto porque la luz entra por la ventana y el sonido de la lavadora le permite concentrarse.
Prefiere los ensayos sobre las novelas, pero la poesía por sobre todas las cosas.
Su celular timbra, pero no lo escucha. Vibra justo a su lado, pero no lo siente.
Entiende que nada puede rescatarla del dolor que la invade y, a pesar de eso, se refugia en la literatura, en las películas y en todo aquello que le haga sentirse vista.
Sabe que no puede ser la única que esté sufriendo tanto por una despedida.
Lo siente también, cuando se encuentra con un verso que le eriza la piel y humedece sus ojos.
Se escuchan golpes en la puerta, pero es incapaz de dejar el libro para caminar hacia la entrada.
—Verónica, ¡ábreme! Ya vamos tarde, ¿por qué no contestas tu celular?
Abre la puerta y se encuentra a su amiga.
—Sí, ya abrió la puerta. Sí, ya sé. Ajá. No es mi culpa, yo estaba lista a la hora que quedamos. Sí, okey. —Joana despega el teléfono de su oreja—. Manuel es insoportable, no sé cómo podré convivir con él todo el fin.
—Pasa, solo deja voy por mi maleta. Lo que yo no sé es por qué tenemos que ir a El Álamo todos los años.
—¿Por qué siempre vamos a la casa en la montaña con alberca, una sala de cine enorme, una biblioteca con libreros de piso a techo y una alacena llena de comida? Ay, no lo sé, Vero…, ¿por qué será?
—Podríamos rentar un cuarto en cualquier hotel y sería casi lo mismo.
—No es cierto. Además, ahí suceden todas nuestras historias, todo lo divertido, todo lo que nos une ha pasado en El Álamo. Lo necesitamos ahora más que nunca.
Los recuerdos de los encuentros anteriores recorren la mente de Verónica y no puede evitar sonreír. La visita anual a El Álamo es el ancla que sigue manteniendo la amistad entre todos. Un ancla sostenida por un cabo roído al que todos prestan atención, esperando el corte pronosticado e inminente.
Joana le advierte a Verónica que por su pierna corre un hilo de sangre.
Ella toma un pañuelo para limpiarse y se cambia la bandita empapada por una limpia y seca.
Se queja con su amiga, le dice que hace dos días se golpeó contra un arbusto por estar distraída mirando el celular, pero no ha dejado de sangrar.
En la herida no solo hay sangre, sino una mezcla con un líquido ámbar.
El médico le dijo que no había nada de qué preocuparse, pero ella cree que en cualquier momento podría terminar con una infección tan grave que sería necesario cortarle la pierna.
Cada media hora levanta la bandita para ver la herida.
Revisa su celular: solo las llamadas perdidas de su amiga, ningún otro mensaje. Verifica la señal, está conectada a la red de la casa. Si alguien le mandó un mensaje, entonces tendría que haberlo recibido.
La camioneta nueva de Manuel la pone nerviosa.
Es una de esas eléctricas de marca china que desde hace algunos meses empezaron a invadir la ciudad.
Ella quiere escuchar el motor, sentir que el vehículo se esfuerza por transportarlos.
En cambio, el único ruido que escucha es similar al de un ventilador a su máxima potencia.
Estaba acostumbrada a escuchar el rugido del coche de Joel, una máquina que consumía demasiada gasolina.
Un día, cansada de pasar por la estación a llenar el tanque cada tercer día, bajó a la tienda y descubrió que el café que vendían era superior al que ella solía comprar antes de llegar al gimnasio.
Mientras Joel se quedaba en el coche esperando a que el despachador lo atendiera, ella bajaba por su latte .
Verónica siempre ha creído que sabe cómo hacerse feliz; busca las pequeñas cosas que la ayudan a tomar respiros del agobio que puede sentir.
Solo con saber que irían a las afueras de la ciudad, empieza a cabecear, pero no quiere dormirse en el trayecto. Le parece injusto que uno maneje y la otra tenga todo el peso de la conversación para mantener entretenido a Manuel.
—Rodrigo no me contesta —dice Joana—. Hoy nadie quiere responder mis llamadas.
—No nos dejarán subir a su departamento sin el código de acceso. Ayer me mandó mensaje a las cuatro de la mañana. Seguro sigue dormido. Vámonos; si quiere ir, que nos alcance.
Manuel conoce a Rodrigo mejor que nadie.
Es el que sufre porque nunca responde sus mensajes; siempre se queda dormido y, rara vez, es responsable.
Si Rodrigo dice que irá a algún lugar, es probable que nunca llegue.
Solo se puede contar con su presencia cuando él ha organizado el plan.
A Manuel le gusta eso de Rodrigo: nunca saber qué esperar.
Aunque el camino a El Álamo es corto, deciden parar en la tienda por algo para tomar en el camino.
La tienda es de la misma cadena en la que Verónica compraba su café, así que camina directamente a la máquina para servirse en el termo que trae desde casa.
Presiona el botón que dice latte y esto provoca que el ruido de la bomba se escuche, pero el café no llega.
Presiona una vez más, y otra, hasta que entiende que nada saldrá de la boquilla.
No tienen su café. Le parece un presagio del viaje, tiene que respirar para tranquilizarse.
Quizá no es para tanto, pero últimamente no soporta la frustración.
Espera que todo salga como ella quiere; camina por la vida creyendo que es la favorita de Dios, pero ahora, siente que debe pagar las ventajas del pasado, debe ponerse al día.
Liquidar las deudas, vivir la vida como los demás la viven: con alegrías y frustraciones.
Manuel les propone que pasen a La Cabaña, una pequeña cafetería a mitad del camino.
El café es insípido, pero los desayunos están decentes y la vista desde la mitad de la montaña vale la pena.
El Álamo, aunque se encuentra a una mejor altura, no tiene las vistas de la cafetería, está cercado por una barda altísima y que está situada entre muchos álamos.
Así que hay que ver hacia dentro, a la casa, a la alberca, a los mismos árboles o hasta el cielo, que suele estar despejado, aunque ahora mismo se ve gris y carga do de nubes.
La camioneta parece barco y la carretera, mar; un mar que refleja el cielo gris y, en medio, una neblina que apaga los colores de los árboles y difumina los faros de los coches que avanzan del lado contrario.
Unos hombres les hacen señas con las manos para que se detengan.
Piden que se identifiquen: licencia y tarjeta de circulación.
Tienen armas largas en las manos y uniformes del ejército mojados por estar varios minutos bajo la llovizna.
Verónica no presta atención al intercambio de palabras entre los soldados y Manuel.
Mira las gotitas de agua que resbalan por el fusil; quiere saber cuánta agua debería caer para que el arma dejara de funcionar.
¿Tendrían que sumergir el fusil o bastaría con dejarlo una noche bajo la lluvia?
La puerta de la camioneta alerta a Verónica, quien observa cómo Manuel baja y abre la cajuela para mostrarle a los soldados las maletas y las mochilas.
Uno de los hombres pasa sus manos por el cuerpo de Manuel, inspeccionándolo.
Lo mueve, lo jalonea, le abre las piernas con la rodilla y, cuando no encuentra nada, le indica que suba al coche y avancen.
Todo sucede en un par de minutos, aunque Manuel piensa que seguirá sintiendo las manos del soldado durante mucho tiempo más.
La sensación de haber perdido la dignidad frente a sus amigas lo enfurece, pero intenta mostrarse apacible.
—¿Qué se creen? ¿Cómo se atreven a dejarte bajo la lluvia para tocarte sin razón alguna? Tienes que decirle a Fernando para que haga algo —dice Joana.
—Prométanme que no le dirán nada. No quiero que haga nada, ya pasó. Vámonos de aquí.
Lo mejor era ir directamente a El Álamo, pero no les importó.
Pararon en La Cabaña y, aunque la lluvia ahora caía con mayor intensidad, eligieron la mesa del exterior, protegida apenas por un volado de dos metros que no los cubría del todo.
El olor a tierra mojada contrastaba con la frustración que sentían por haber sido tratados como criminales.
Les sirven café de olla en unas tazas viejas y metálicas.
Joana mira la canasta con pan dulce que el mesero sostiene.
Si la concha de vainilla estuviera un poco menos dura, la tomaría, pero no quiere sumar calorías por un alimento tan mediocre.
—No tengo señal. —Verónica les muestra su celular.
—Ya estamos muy arriba. Llegando, puedes pedirle la clave de internet satelital a Fernando.
Ellos ya deberían estar ahí, salieron cuatro horas antes.
Tenían jet lag y no podían dormir, así que mejor se adelantaron —comenta Manuel sin mirarlas, tiene la vista fija en las gotas de lluvia que caen por las hojas de los árboles.
—¿Apoco ya llegaron? —pregunta Joana.
—Fernando llegó hace tres días. Como Carolina y Natalia no alcanzaron lugar en el vuelo directo desde Madrid, tuvieron que hacer escala en Ciudad de México. Me pidieron el departamento de la Narvarte para pasar la noche. Así que apenas llegaron ayer.
—Estás muy atento a sus itinerarios.
—Son mis amigos, Joana. Yo no me olvido de la gente con la que crecí.