CAPÍTULO
—No sois más que unas asesinas y unas locas, ¡no sois brujas! Esto no es magia, es un secuestro, y vais a ir a la cárcel, ¡viejas piradas!
Tras un instante de sorpresa, estallaron en carcajadas. No parecían sentirse demasiado intimidadas por Davinia, que se había colocado en el centro del círculo, delante de su hermano, obligándolas a ellas a retroceder unos pasos.
Quique y Becca seguían adormilados y en silencio, pero Davinia vio cómo empezaban a abrir los ojos. Tal vez, si todos gritaban al mismo tiempo, alguien en el paseo podría escucharlos y acudir en su ayuda.
Su abuela forcejeaba con la cuerda, igual que Mateo, mientras los abuelos y los tíos de este avanzaban hacia ella con expresión torva y amenazante, dispuestos a apresarla.
—Tú eres muy ágil, Davi, corre y pide ayuda… —Becca por fin logró balbucear algo, aunque su voz sonaba débil.
Davinia sabía que no podría escapar. La estaban rodeando en un círculo que se estrechaba cada vez más y eran demasiados. Además, aunque lograra escabullirse entre ellos, jamás abandonaría a su hermano.
—Os hacéis pasar por espíritus y duendes feos, pero son solo mentiras, ¡mentiras de piradas! —las desafió, mirándolas una por una.
—¿Así que tú tampoco tienes fe, Davinia? —preguntó entonces la madre de Mateo—. No nos gusta la gente sin fe.
Las diez personas que la rodeaban —Aylen, Flora y Avis, la Fada, Antía, los abuelos y los tíos de Mateo, y Celtia— se abalanzaron sobre ella, desestabilizándola.
Davinia pensó que era el final, justo un segundo antes de que algo las empujara con violencia y las derribase, haciéndolas rodar por el suelo.
Mateo y su abuela se habían lanzado contra ellos como dos misiles, con la cabeza por delante y los brazos extendidos, en la misma postura que adoptaba Quique cuando bromeaba diciendo que era el hombre bala.
Su abuela desató a Becca, que tuvo que sujetarse al mástil de madera para no caerse, y entre las dos empezaron a liberar a Quique, que seguía inconsciente.
Mientras tanto, Mateo y Davinia repartían patadas sin descanso, tratando de impedir que las brujas y los enanos se pusieran en pie.
La mayoría eran mayores, algunos ancianos.
Solo las hermanas más jóvenes y la madre de Mateo gritaban e insistían en levantarse.
—Blanca, corra con él por el sendero. Al final hay una casa verde; allí vive un antiguo guardia civil —le indicó Becca a la abuela de Davinia.
—No me voy a ninguna parte sin mi nieta.
Becca asintió. Davinia, Mateo y Becca formaron un escudo protector frente a la abuela Blanca, que cargaba en brazos a Quique.
—Becca, perdóname, por favor —dijo Mateo sin apartar la vista de sus tíos, que habían logrado incorporarse y los amenazaban con espadas y cuerdas, acercándose cada vez más —.
Es todo culpa mía. Yo sabía lo que te hacía mamá y fui un cobarde.
Si lo hubiera contado, ahora a lo mejor estarían todos en la cárcel, y papá y Amelia no habrían muerto…
Davinia se estremeció. Era la primera vez que Mateo decía algo así en voz alta, la primera vez que parecía comprender que su padre, probablemente, se había ahogado intentando rescatar a Amelia.
—Eras muy pequeño, nada de esto es culpa tuya. Yo tenía que cuidar de ti, no al revés —intentó consolarlo Becca. Pero no había tiempo para lamentaciones.
Estaban a punto de atacarlos y el pequeño mondador de Davinia ahora parecía ridículo e inútil en comparación con las enormes espadas de acero que les amenazaban.
Mateo se giró hacia Davinia y la miró a los ojos. Su semblante era serio, pero había dejado de temblar. Parecía decidido, seguro, fuerte de nuevo.
—Chica fresa, no voy a dejar que te pase nada.
Davinia quiso contestarle, pero en ese momento toda la familia de Mateo se les echó encima. Veía brazos, piernas, sentía golpes, pero todos formaban un único remolino de vestidos blancos y piel bronceada. No lograba distinguir quién era quién ni qué hacía cada uno.
Eran fuertes. Demasiado. Consiguieron hacerles perder el equilibrio de nuevo, reduciéndolos contra el suelo. Se escucharon gritos e insultos hasta que, de repente, el silencio se abrió paso y todos dejaron de forcejear.
Una voz de hombre llegó hasta ellos, apiñados en el centro, ya sin fuerzas, aunque sin la más mínima intención de rendirse:
—Te acuerdas de nuestro trato, ¿verdad, Mateo? El que hicimos tú y yo sobre cierto sacrificio.
El tangaraño sonrió con malicia. Quería cobrarse el favor de un pacto del que ni siquiera había cumplido su parte.
—Solo necesitamos un poquito de sangre fresca. Apenas dolerá. La muerte es solo el principio...
La madre de Mateo alzó la espada.
Mateo apretó la mano de Davinia, buscando su mirada.
Y entonces, ella lo entendió.
La magia.
—La magia no va de brujas ni de duendes, ¿ves? La magia es otra cosa. Somos tú y yo en bici, de la mano, saltando las olas. La magia es esto, míranos: la magia existe —le dijo Mateo sin dejar de sonreír mientras la hoja afilada le atravesaba el corazón.