¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

E l abuelo Enrique llegó con dos coches de policía, acompañado de Nerea y Amelia, que jugaban juntas en uno de los senderos de la costa con una señora a la que Davinia reconoció enseguida.

Úrsula, la hermana de Celtia que se hacía pasar por la Marimanta, las entretenía con la intención de llevarse a Nerea.

Ahora la mujer las miraba con los ojos verdes llenos de lágrimas desde la ventanilla trasera del vehículo policial.

Amelia le había contado a Enrique todo lo que estaba ocurriendo en el bosque, pensando que no era más que un juego.

La ambulancia llegó con ellos; la policía había dado la alerta en cuanto conoció el plan de la familia.

Los paramédicos intentaban convencer a Becca para que soltara a su hermano y pudieran subirlo a la camilla, ya que Mateo seguía con la espada clavada atravesándole el pecho, y todos se arremolinaban a su alrededor, gritando y dando órdenes que Davinia no entendía.

No entendía nada.

No sabía si Mateo iba a despertarse. No sabía si su hermano iba a ponerse bien.

Los adultos habían entrado en pánico, lloraban; y ella, de repente, empezó a sentirse pequeña. Cada vez más pequeña.

El aire que llegaba a sus pulmones no era suficiente. Todo se volvía borroso.

Y, de pronto, la poca luz flotaba en el espeso bosque se apagó del todo.

Solo quedó la oscuridad.

Quique se recuperó muy rápido. Habían tenido que practicarle un lavado de estómago, ya que habían usado ansiolíticos para poder dormirlos; pero, aparte de un par de rasguños y del susto, estaba como nuevo, deseando que le dejasen jugar a sus videojuegos de una vez.

—Lo has hecho. Has salvado a tus hermanos.

La abuela Blanca le tendió un vaso de zumo en la mesa de la cocina.

Davinia apenas había comido en días, desde lo ocurrido en el bosque.

—Estoy muy orgullosa de ti —continuó la abuela—. Has rescatado a Amelia, has salvado a tus hermanos, has sido fuerte y valiente. Gracias a ti, aquí nunca volverá a pasar nada malo. Esa gentuza va a irse derechita a la cárcel.

Davinia trató de sonreír.

Pero solo podía pensar en Mateo.

Mateo, que no se había despertado. Mateo, que ya no la esperaba para ir de excursión. Mateo, que ya no le cogía la mano.

En unos días tenía que volver a Madrid, y se sentía incapaz de retomar su vida. Pensó en el instituto, en sus amigas, en su hermanito Dani, en su madre. Los echaba muchísimo de menos.

Pensó en su padre, en el cabreo monumental que se iba a pillar cuando se enterara de lo sucedido y en que, tal vez, no les dejase regresar a Cotovelos nunca más.

También lo echaba de menos a él. Estaba deseando verlo, ir a por hamburguesas y celebrar que seguían juntos. Que, pese a todo, aún seguían unidos por un vínculo irrompible.

—Tu colgante no funciona, yaya —contestó, acariciando el pequeño árbol de plata, que no había tenido suficiente poder para proteger a Mateo—. La magia es una tontería.

Su abuela la miró con ternura y le acarició el pelo, suelto sobre los hombros.

—Yo creo que Mateo tenía razón —le dijo, con una sonrisa—. La magia sí que existe. Fue la que te ayudó a ti a salvarnos a todos, y la que hizo que él te salvase a ti.

Davinia la miró con los ojos llenos de lágrimas.

Sabía lo que le iba a decir.

Y, aun así, no quería escucharlo, porque, a veces, las palabras eran insuficientes para recomponer un corazón roto.

—La única magia que existe en el mundo es el amor, princesa —susurró su abuela—. Es lo que nos hace mejores, y el colgante solo te lo recuerda; sin embargo, no lo necesitas si no quieres llevarlo más, porque todo ese poder ya está dentro de ti.

Davinia se bebió el zumo a sorbos y apretó la pequeña joya entre los dedos.

La única magia que existe es el amor.

Y puede hacer milagros.