¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

E staban a punto de darse la vuelta. Los tres avanzaban en silencio, agotados.

Llevaban al menos una hora, quizá dos, caminando sin descanso.

Davinia no se había fijado en el reloj al salir de casa y, en medio de la espesura, era difícil calcular la hora, ya que la oscuridad bloqueaba la posición del sol, que ya debía de estar cerca del horizonte.

Tenía sed, no tanto por la caminata, sino por los nervios.

El corazón le retumbaba en el pecho, acompañando el silencio inquietante que los rodeaba desde que habían salido.

Su abuela iba tensa, enfadada, decidida.

Mateo tenía el ceño fruncido, no por miedo, pero sí por preocupación, como si una sombra de desasosiego le pesara encima.

Davinia, en cambio, no sabía exactamente qué sentía.

Angustia, ansiedad, desesperación... Solo quería ver a sus hermanos, encontrarlos de una vez, llevarlos a casa y cenar pizza.

Jugar al estúpido videojuego de Quique, ver otra aburrida película de princesas con Nerea.

Extrañaba a esos dos mocosos más de lo que jamás habría imaginado.

Las lágrimas le resbalaban calientes por las mejillas y sintió la sal en los labios. Intentó atrapar una con la lengua justo cuando Mateo la sujetó del antebrazo, obligándola a detenerse en seco.

—¿Lo escucháis?

La abuela Blanca y Davinia pararon, atentas. Sin el ruido de sus propios pasos sobre el polvo y las piedras, pudieron percibirlo: un sonido lejano, como un coro de campanillas y un tambor apagado. Davinia intentó calcular la distancia. Con tanto árbol y ramaje, no podía estar demasiado lejos.

Corrieron en fila, con Mateo a la cabeza, ansiosos por llegar de una vez. Tuvieron que trepar un muro de piedras —no demasiado alto— y luego se ocultaron entre los gruesos troncos de unos árboles distintos a los que conformaban el bosque.

Eran carvallos . Robles blancos, majestuosos y macizos, con cortezas pardas y grisáceas y hojas brillantes y abundantes. Crecían en círculo, con raíces tan anchas que cada ramificación que emergía del suelo tenía el grosor del tronco de un árbol joven.

Dentro del círculo, Davinia distinguió a Becca, atada a un mástil de madera y, detrás de ella, a Quique. Llevaban los ojos vendados y parecían dormidos. No había ni rastro de Nerea o Amelia.

Mateo le cogió la mano y la apretó con fuerza, llevándose un dedo a los labios para pedirle silencio.

Davinia, que luchaba contra el impulso de correr hacia su hermano, se dio cuenta de que su abuela tampoco iba a quedarse quieta.

Blanca se incorporó de golpe y salió disparada hasta esconderse tras el tronco de uno de los robles, dispuesta a desatar a Quique de aquella siniestra estructura de madera, parecida a una pira.

Davinia quiso detenerla, pedirle que esperase hasta encontrar a Nerea y asegurarse de que podrían sacarlos de allí sin ser descubiertos. Pero, justo cuando iba a hablar, algo pesado le cayó sobre la cabeza, cubriéndole el rostro y el cuello.

La tela áspera le cortó la respiración. Se quedó ciega, atrapada en la oscuridad. Ya no podía ver a su abuela, ni a Mateo, ni a sus hermanos.

Se oyó gritar a sí misma, y a ellos también. Sin embargo, la gruesa tela de esparto y las ramas con hojas carnosas apagaron sus voces. Y el bosque, oscuro y silencioso, pareció tragárselos para siempre.

A fuerza de sacudir la cabeza con vehemencia de un lado a otro, Davinia consiguió levantar la tela por uno de los lados, lo suficiente para ver con su ojo derecho a Becca y a Quique, todavía inmóviles, delante de ella.

Su abuela estaba atada a la derecha, y aunque no podía girar del todo la cabeza hacia la izquierda, sabía que Mateo también estaba allí porque lo oía forcejear con las cuerdas.

—Davi... —susurró él—. Davi, ¿me escuchas? ¿Tienes el cuchillo todavía?

Flora y Avis habían sido las encargadas de registrarlos y habían encontrado el cuchillo de su abuela, pero no el pequeño mondador que Davinia se había escondido en el calcetín.

Tenía los muslos atados a la silla, sin embargo, aún podía flexionar las piernas y arquear la espalda, casi como si hiciera un pino puente, para tratar de alcanzar los tobillos con las manos.

Se aseguró de que nadie la miraba. Celtia y sus hermanas bailaban en círculo alrededor de Becca y Quique, mientras sus hermanos varones, dos hombres tristes y bajitos, tocaban las campanillas y el tambor, uno a cada lado del anciano matrimonio que presidía la fiesta.

Él, inmóvil, parecía una estatua. Ella recitaba una especie de rezo, sin cantar, que le puso los pelos de punta.

—Señor, somos una sola cosa contigo. Somos demonio. Señor, somos una sola cosa contigo. Nosotras somos demonio.

Davinia sintió un nudo en la garganta. Estaba asustada.

No había fuego, ni cabras, ni vísceras humanas presidiendo un banquete, pero estaba segura de que iban a hacerles daño, a matarlos.

Y ella solo tenía doce años. Ni siquiera había empezado el instituto, ¿qué podía hacer?

Incluso si se liberaba, sabía que no podría contra todos ellos.

No quería morir. Y, sobre todo, no quería que su hermano ni su abuela murieran.

—Princesa, tranquila —le susurró la abuela Blanca—. Solo trata de desatarte y luego ya me encargo yo. No tengas miedo.

Debía de haber notado su respiración agitada. Seguro que todos allí la escuchaban, luchando por no ahogarse.

Sin entender del todo cómo lo logró, consiguió curvar el cuerpo, tenso de pánico, y rozar el pequeño cuchillo con la yema de los dedos.

Era complicado. Con las manos atadas en el centro de la espalda apenas lograba apartar la tela elástica del calcetín. Tenía miedo de no sujetar el mondador con suficiente fuerza y que cayera al suelo. Si se le escapaba, no tendría otra oportunidad.

La punta afilada se le clavó en la yema del dedo índice, que, en lugar de retirarse, se apoyó sobre la hoja. Milímetro a milímetro, avanzó hasta que el pulgar también logró hacer contacto. Hizo pinza con los dedos y deslizó el cuchillo poco a poco hasta sujetarlo por la empuñadura.

Cortar la cuerda iba a ser aún más difícil sin poder mirar, pero frotó al azar hasta que notó que la hoja tocaba algo que no era su cuerpo. Sintió la soga debilitarse y dejar de presionarle la carne.

—Creo que ya puedo soltarme —susurró, esperando que las campanillas y el tambor hubieran camuflado sus palabras.

—No, espera hasta que te asegures de que no te ven —dijo su abuela, nerviosa.

Ahora llegaba la parte peligrosa. Tenía que ser lo bastante sigilosa y rápida para liberarla a ella y a Mateo y, entre los tres, enfrentarse a toda la familia.

Davinia contuvo la respiración. El peso de la cuerda hacía que esta fuera resbalando poco a poco hacia el suelo. Si alguien la miraba, descubriría que estaba libre, así que tenía que darse prisa.

Se escondió tras la silla de su abuela y asomó la cabeza con cautela.

La madre de Becca y una hermana más joven —Antía, creía recordar que se llamaba— rodeaban a Becca con una espada y un cuenco. La mujer hizo un pequeño corte cerca del hombro de la niña. La sangre brotó de inmediato, y su hermana la recogió con premura en la vasija de madera.

Davinia se encogió de terror y asco, tapándose la boca para que no la oyeran sollozar. Becca gimió débilmente y dejó caer la cabeza hacia un lado. Al menos seguía viva.

Las meigas , en círculo, se fueron pasando el recipiente de una a otra, sorbiendo el líquido que les teñía las comisuras de los labios de granate.

Davinia clavó el cuchillo en la gruesa cuerda que sujetaba los brazos de su abuela, esforzándose por contener la tiritera para no cortar donde no debía.

—Calma —susurró Blanca—. Ahora desata también a Mateo y salid corriendo lo más rápido que podáis. Vosotros sois mucho más ágiles que esas viejas.

Davinia asintió, pero antes de terminar de cortar la soga vio, por el rabillo del ojo, cómo aquellas mujeres rodeaban a Quique. La madre de Mateo acercaba un cuchillo a sus costillas desnudas mientras su hermana sostenía el cuenco, lista para recoger más sangre.

El miedo dejó paso a un torrente de adrenalina y furia. Sin pensarlo, Davinia se incorporó de un salto y corrió hacia ellas, gritando sin control y blandiendo en alto el cuchillo, pequeño y reluciente bajo la luz del atardecer.