¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

—Llevo linternas —dijo Mateo, señalando la mochila verde oscura que llevaba al hombro—. Los perros deberían quedarse, por si se ponen a ladrar y nos descubren.

Silver y Holly giraron la cabeza, decepcionados, y resoplaron antes de tumbarse en la alfombra. Davinia sabía que Mateo tenía razón, pero al ver a su perro allí tumbado, perdió un poco de resolución. Con él a su lado, siempre se sentía mucho más valiente.

La abuela Blanca abrió el cajón de los cubiertos y colocó sobre la encimera todos los cuchillos que había.

Pasó la mano por encima de ellos, tratando de elegir el más adecuado.

No cogió el más grande, un Santoku —el equivalente japonés a los cuchillos cebolleros occidentales, como les había explicado el tío Breo recordando sus tiempos de cocinero—, sino que se debatía entre el fileteador y el jamonero, examinando sus hojas con las manos temblorosas.

Tal vez tuviesen que usarlos. Tal vez tuvieran que defenderse o amenazar a alguien para traer a sus hermanos de vuelta.

No podían presentarse allí sin más, con unas linternas y la esperanza de que aquella familia de salvajes atendiera a razones.

Davinia señaló el cuchillo fileteador. De hoja larga, delgada y flexible, permitía hacer cortes limpios sobre la carne. Era más pequeño y manejable, podrían ocultarlo o sacarlo con facilidad si llegaban a necesitarlo.

Su abuela asintió y le tendió otro más pequeño, el mondador, de apenas diez centímetros y punta muy afilada, ideal para cortes precisos, según su tío.

Davinia cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas no tener que usarlo.