CAPÍTULO
S us abuelos no estaban en casa. Aunque era posible que su abuelo Enrique se hubiese llevado a Quique y Nerea a jugar a la plaza o a la playa y se hubiesen retrasado, a Davinia le extrañaba muchísimo que su abuela no tuviera ya la comida lista en la mesa, considerando la hora que era.
Subió las escaleras con Silver y buscó en cada rincón.
La casa estaba vacía. Asomándose a la ventana de la habitación de su hermano, vio a lo lejos, casi en el borde del bosque, a sus abuelos con Holly.
La perra se movía veloz de un lado a otro del sendero, en zigzag, demasiado alterada para que aquello fuera un simple paseo improvisado.
Salió al camino y corrió hacia ellos, llamándolos a gritos. Al escucharla, sus abuelos se giraron de inmediato y fueron a su encuentro.
—¿Qué pasa? —preguntó, asustada.
—¿No has visto a tus hermanos? No están por ningún lado. Salieron un momento a jugar al jardín con Holly, pero la oí ladrar mucho, así que salí a ver qué ocurría, y resulta que ya no estaban.
Su abuela hablaba muy rápido. Davinia vio el pánico en su rostro, en los músculos tensos alrededor de la boca y en la frente arrugada. Su piel tenía ese tono pálido y amarillento que a veces le queda a uno después de un gran susto.
—Voy a la plaza en coche, a ver si se les ha ocurrido subir a jugar solos —dijo su abuelo. Su voz sonó más grave de lo normal.
Tenía la cara encendida y movía la mirada de un lado a otro sin enfocar en ningún punto, como si tuviera un tic.
—Yo llamaré a la policía por si acaso. ¿Llevas el móvil, Davi?
Davinia asintió y sacó el teléfono del bolsillo trasero del pantalón, intentando disimular cómo le temblaban las manos.
¿Dónde estaban? ¿Se habrían ido con Amelia?
¿O había sido la tía Úrsula? Tal vez solo estaban jugando y no se habían dado cuenta de la hora.
.. Seguro que estaban a punto de volver a casa. ¡Quizás incluso ya estaban allí!
—Hazme un favor —le pidió su abuela mientras cada uno se dirigía a su tarea—.
Coge la bicicleta y ve con Silver a revisar el sendero de los acantilados, a ver si te los encuentras, ¿vale, princesa?
Llámanos enseguida si los ves y no hagas nada imprudente, no vayas a caerte.
Solo avísanos y espera a que el yayo llegue con el coche.
A Davinia el corazón le latía tan rápido y tan fuerte que pensó que dentro del pecho llevaba una ballena azul.
Una vez, en uno de esos documentales que su abuelo solía poner para dormirse la siesta, había oído que su pulso hacía más ruido que un motor a reacción y podía escucharse a ochocientos kilómetros de distancia.
Le faltaba el aire. Los colores a su alrededor empezaron a tornarse demasiado brillantes, las cosas adquirieron formas extrañas, como cuando en las películas los protagonistas bebían demasiado o tomaban drogas.
Era una sensación horrible: sus manos no tenían fuerza, las piernas le pesaban y sus pulmones se esforzaban por captar más oxígeno. ..
Buscó en todos los senderos y desvíos, detrás de cada roca.
Se adentró con Silver en las grutas, donde ya no quedaba ninguna fada ni se oía el siseo lejano de las terribles Serpes.
Pasó dos horas subiendo y bajando cuestas en bicicleta, recorriendo las baterías, el monasterio, los pinares y los bosques de eucaliptos cercanos a la costa.
Su abuela seguía registrando la casa, esperando que aparecieran de algún armario o recibir una llamada con noticias. Mientras tanto, su abuelo recorría el pueblo en el C5, revisando cada rincón.
Davinia tuvo uno de sus presentimientos: estaban investigando en el sitio equivocado. Derrapó con la bicicleta, que iba ganando velocidad por la inercia de la cuesta abajo, y dio media vuelta en dirección a casa de Mateo.
Cuando llegó, él estaba a punto de salir por la puerta del jardín, con la cara desencajada.
A Davinia se le encogió el estómago. Ahí estaba: el desastre, la tragedia que temía, la que había presentido desde el principio.
Lo vio en sus pupilas dilatadas, en la lividez del rostro, en el nerviosismo de sus gestos.
Algo había pasado y no había podido evitarlo.
—Mis hermanos —se adelantó a que Mateo pudiese decir nada—. ¿Los has visto? No aparecen.
—Tampoco están Becca ni mi madre en casa, pero Davi, Ribbit... —Su voz se quebró—. Se ha dejado a su sapo. Ella nunca se separa de él. Y el suelo está lleno de vómitos.
Davinia no entendía nada. ¿Vómitos de quién? ¿De su madre? ¿Del sapo? Mateo cogió aire con impaciencia, molesto por tener que explicárselo todo.
—El sapo es el que avisa a las meigas de que va a comenzar el aquelarre —soltó, atropelladamente—. Tienen que pisarlo en el suelo hasta que se hincha y vomita. Luego se untan el cuerpo entero, incluso las plantas de los pies, con el fluido.
—¿Para qué? —Davinia puso cara de asco, pero no era ella quien había hecho la pregunta.
Su abuela los observaba atentamente sin que ellos se diesen cuenta de su presencia, igual de sigilosa que sus gatos.
Mateo, algo sobresaltado, les explicó que así era como las brujas volaban al aquelarre. Pero había más: la espada del mural del salón había desaparecido. Estaba seguro de que iban a practicar un sacrificio.
La abuela Blanca parecía horrorizada, pero Davinia notó que, más que sorprendida, estaba preocupada. ¿Es que ella también creía en todas esas cosas? ¿Por qué no decía que aquello no eran más que paparruchas, como haría cualquier otro adulto?
—Tenéis que contarme todo lo que está pasando, ahora mismo —ordenó. Justo en ese momento, su teléfono móvil empezó a sonar.
Era el abuelo Enrique. Unas mujeres en el pueblo habían visto a Quique y Nerea con otra niña que, con toda seguridad, era Amelia. Iban jugando camino arriba, en dirección al pueblo de al lado. Al parecer, se habían cruzado con otro niño y le habían contado que iban a por velas.
—Irían a la ermita, a ver si conseguían intercambiarlas por comida —dijo su abuelo por el altavoz del manos libres. Seguía preocupado, pero considerablemente más tranquilo.
Davinia no estaba tan segura. Quique sabía que la fiesta de la ofrenda a la Virgen ese año había caído en mayo, porque se celebraba en Pentecostés.
Su abuelo se lo había explicado los primeros días de su estancia allí y, de hecho, Quique se había lamentado de no haber llegado antes para comerse las rosquillas típicas de la fiesta, porque le encantaban.
Como compensación, su abuelo los había llevado hacía unos días a San Andrés de Teixido, donde también eran famosas.
No. Quique no iría a una ermita, casi a la hora de comer, sin avisar a nadie, llevando a Nerea. ¡Y sin su videoconsola!
Su abuela pareció tranquilizarse un poco, aunque seguía tensa. Atravesó el jardín, abrió la puerta de casa y se giró para esperarlos.
Davinia sabía que iban a tener que contárselo todo, sin saltarse ni un detalle. Su abuela era mejor que la CIA en cuanto a interrogatorios se trataba.
Habían esperado un buen rato en casa, pero no recibieron noticias de su abuelo.
Su móvil seguía sin dar señal. Para entonces, ya le habían explicado con pelos y señales toda la historia a la abuela Blanca.
Ella abría mucho los ojos o ahogaba gritos de espanto como prueba de que los escuchaba, pero no los interrumpió ni puso en duda ni una sola palabra.
Ahora estaban inquietos. Muy preocupados. Llamaban sin cesar al móvil del abuelo, que parecía habérselo tragado la tierra. Davinia no quería dramatizar, pero tenía ese pinchazo en las entrañas, esa certeza de que algo iba a salir muy mal, y muy pronto.
Caminaba haciendo ochos por el salón, seguida por Silver, tratando de no chocar con su abuela, seguida por Holly, haciendo el mismo recorrido en sentido contrario.
Mateo las miraba desde el sofá, rodeado por los gatos, que habían ido a darle la bienvenida.
Trasto, uno de los más jóvenes, se le había hecho un ovillo en el regazo exigiendo caricias, mientras el resto le trepaba por la espalda para olisquearle el pelo y la ropa.
—Me estáis mareando —se quejó, apartando la vista de ellas.
Ambas pararon en seco y se miraron a los ojos. Tal vez estaban pensando lo mismo.
—Yaya, están en el bosque. Estoy segura.
Su abuela asintió y marcó de nuevo el teléfono del abuelo Enrique. Esta vez dejó un mensaje en el buzón de voz.
—Iremos al pinar antes de que anochezca —le dijo—. Llámame en cuanto puedas.
Después, escribió una nota y la dejó visible en la mesa de la cocina, por si Quique y Nerea volvían a casa y no encontraban a nadie.
Pero no iban a volver. Davinia lo sabía. Lo sentía en las tripas encogidas y en el pulso acelerado.
Estaban en algún lugar de la pineda, presos de aquella familia de dementes.
Y ellos iban a rescatarlos.
Ella misma los traería a casa.