CAPÍTULO
H abía encontrado a Mateo cerca de la playa, sentado al lado de su bicicleta.
Se incorporó con una sonrisa nada más verla, y ahora, un ratito después, él trataba de contener las lágrimas y apretaba los puños con rabia mientras Davinia le contaba todo lo que sabía gracias a Becca, a quien su hermano nunca quiso dar la oportunidad de explicarse.
Se sentía un miserable por haberle hecho la vida tan difícil, por no haberla apoyado ni defendido, por no haber creído en ella, culparla de todo y haber permitido que su madre la torturase; la había vendido a cambio de reencontrarse con su padre y con Amelia en aquel trato con el supuesto diantre, que ahora sabía que no era más que su tío deforme, maltratado por sus propios abuelos.
Odiaba a su familia.
Mateo sabía que en todas las casas había problemas y secretos; lo escuchaba sin querer en sus paseos en bici al cruzarse con la gente del pueblo, lo veía en sus amigos del instituto.
Todo el mundo se sentía defraudado por alguien, todo el mundo se quejaba y sentía resentimiento contra otros que, seguramente, pensaban lo mismo de ellos. Nadie entendía del todo a los demás.
Pero una cosa era discutir por las tareas del hogar, por el volumen de la música o por préstamos de dinero no devueltos, y otra muy distinta orquestar un complot para aterrorizar a un pueblo entero, sacrificando a los varones de la familia o haciéndolos desaparecer para utilizarlos como parte de un teatrillo mediocre.
Sus abuelos habían condenado a dos de sus propios hijos al esperpento.
Y su madre, su propia madre, desencantada al ver que Mateo había sobrevivido sano y fuerte, planeaba ofrecerlo en sacrificio.
¡Matarlo!
—Si hubiera nacido deforme y peludo, me habrían ocultado en el bosque como a mis tíos —se quejó Mateo—. Pero como no sirvo para hacer de demonio enano y asustar a nadie, pues mejor se deshacen de mí. Así de fácil.
Resopló, y Davinia sintió una rabia inmensa que le encendió las mejillas. Intentó imaginar cómo se sentiría si sus propios padres planeasen algo tan terrible contra ella o cualquiera de sus hermanos. La náusea le subió a la garganta.
—Al menos tu padre impidió que te hicieran algo… —dijo, intentando animarlo un poco—. Y tu hermana te quiere. Ella es tu verdadera familia.
Mateo asintió, todavía abatido. Uno no puede reponerse de una verdad así en un momento.
Davinia pensó que, tal vez, ni siquiera en toda una vida.
Algo dentro de él se había roto cuando su padre desapareció, y entender lo ocurrido, saber la verdad, no solo no le aliviaba, sino que amenazaba con arrastrarlo a un pozo de resignación y pena.
—Vamos, Mateo. Amelia está por ahí, yo la he visto. Podemos encontrarla.
—¿Para qué? —preguntó él con desesperanza—. Le habrán lavado el cerebro. ¿Y qué hacemos cuando la encontremos? ¿Vamos a la policía? ¿A la misma que no ha hecho nada por buscarla en todo este tiempo, ni a ella ni a mi padre?
Davinia no quiso decirle que su padre, muy posiblemente, ya había sido víctima de sus abuelos y tías. A diferencia de Amelia, nadie lo había visto en los últimos tres años, y el hecho de que su última aparición fuera adentrándose en el mar en pleno temporal no pintaba nada bien.
—¿No crees... que él... hubiese vuelto si...?
Mateo levantó la vista del suelo y clavó sus ojos cansados en los de ella, incapaz de terminar la frase.
—Mi padre no está muerto. No moriría en el mar, ni siquiera con tormenta.
—Vale, y entonces, ¿dónde está?
Mateo mantuvo la compostura unos segundos, pero luego se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer de cuclillas sobre una enorme roca con forma de trono. La desesperanza y la tristeza debían de pesarle demasiado, y necesitaba descansar un momento.
Davinia se arrodilló frente a él y le cogió las manos. No iba a dejar que se rindiera.
—Mira, vamos a hacer una cosa. Buscaremos a Amelia y, cuando la encontremos, la llevamos a comisaría.
Puede que ella sepa dónde está tu padre.
Estuvo allí aquella noche, vio lo que ocurrió, y podrá ayudar a la policía a seguir investigando.
Además, no tendrán más remedio que abrir una investigación contra tu madre.
Y entonces podríais quedaros con alguna de vuestras tías, con una que no esté chalada, me refiero.
O con la familia de tu padre. ¿Nunca han intentado llevaros con ellos?
Mateo negó con la cabeza, aunque Davinia notó que iba recuperando el ánimo.
Su postura estaba más erguida y ya no tenía los ojos vidriosos, sino entrecerrados, como cuando el sol le daba de frente.
Era un gesto que hacía siempre que se ponía a pensar en serio sobre algo.
Llevaban mucho tiempo juntos, y Davinia sabía que Mateo necesitaba encontrar a su hermana y averiguar qué había pasado con su padre.
Si no lo hacía, nunca podría descansar tranquilo.
—Al principio lo intentaron. Amenazaron con abogados y con quitarle la custodia a mi madre, pero los servicios sociales insistieron en que estábamos bien.
Teníamos casa, íbamos al colegio, nuestra situación no era de riesgo.
Según el informe policial, lo ocurrido solo había sido una terrible tragedia.
Dijeron que no podían impedirles intentar llevar a mi madre a juicio, pero tampoco podían ayudarlos si lo hacían.
El primer año los veían a menudo. Sus abuelos paternos, su tía y su marido estaban empeñados en sacarlos de Cotovelos y, sobre todo, de aquella casa de locos.
Pero las visitas empezaron a espaciarse.
Becca volvió a las clases, él retomó su rutina y, desde fuera, parecía que las cosas volvían a la normalidad.
Hasta que, de pronto, dejaron de ir por casa.
A veces llamaban por teléfono para asegurarse de que seguían bien.
Conversaciones cortas, solo para cerciorarse de que estaban a salvo.
—¿Y vosotros no vais a verlos en vacaciones? ¿O en Navidad?
—Mi tía llama en los cumpleaños y en fiestas importantes.
Mi abuela, unas dos veces al mes. Al principio sonaban muy seguras de que podían hacer algo por nosotros: « Aguantad un poco, veréis cómo todo se soluciona, confiad, pronto saldréis de allí.
.. » . —Mateo se encogió de hombros y bajó la cabeza—.
Creo que pensaban que mi padre aparecería o volvería cualquier día.
Ellos no quisieron celebrar ningún funeral, ni siquiera fueron al entierro que se organizó en el pueblo.
Pero cuando el tiempo pasó y veían que él no regresaba, también ellas perdieron la esperanza.
—Vamos a averiguar lo que ha pasado, ya verás. Vamos a encontrar a Amelia. Está en el bosque y nos sacará de dudas. Y entonces ya no habrá más secretos ni más meigas malvadas en Cotovelos.
Davinia lo dijo con pura determinación, como si fuera una misión especial, importantísima. No podía volver a Madrid dejando a Mateo sin respuestas.
Esa misma tarde llevarían linternas, a Silver y todo el coraje necesario para poner fin a aquel delirio. Tal vez hubieran engañado a los más inocentes del pueblo durante años, pero a ella no la asustaban los trucos de magia para majaderos.
¿Y qué le pasaba a un mago cuando el público descubría sus trucos? Que dejaba de ser un mago. Y solo quedaba un hombre ridículo con chistera.