CAPÍTULO
I nternet tenía mucha información. Davinia diría que toda la del mundo, o casi.
Desde luego, la que tenían delante era más que suficiente para explicar algunos detalles a su hermano, que miraba atento la pantalla del ordenador, como si, a pesar de todo lo que acababan de leer, aquello no fuera real o aún no tuviera sentido.
Después de comer, habían cogido la tablet del salón y, mientras el resto de la familia disfrutaba de otra de las maravillosas sesiones de cine infantil con Nerea hasta quedarse dormidos, Quique y ella se habían ido a su habitación.
Ahora, Silver descansaba profundamente en la cama mientras ellos buscaban noticias antiguas en la enorme base de datos de Google.
Había una foto de la familia al completo, cuando Celtia no era más que una jovencita.
Aunque la imagen era en blanco y negro, tenía suficiente calidad para que muchos de los rostros fueran reconocibles sin esfuerzo.
Era verdad que la feiticeira , es decir, la mayor de las nueve hijas que figuraban en la imagen, de nombre Aylen, se parecía mucho a la madre de Becca y Mateo, aunque Celtia era visiblemente más joven: veintisiete años más joven, para ser exactos.
También se veía a la vedoira y a la cartuxeira , vestidas de blanco y con velas en la mano.
Había una niña, la hermana más pequeña. Davinia casi no la reconoció, pero ese cabello rubio, brillante y ondulado… Era la Fada que había encontrado en las cuevas.
Todo había sido un engaño. Todas estaban allí. También Flora y Avis, las mujeres con las que tropezó el primer día en el bosque. Solo que, en la foto, no estaban lavando sus sábanas ensangrentadas de mentira, sino que danzaban en círculo, cantando.
Según el periódico, la familia lamentaba la desaparición de su segundo hijo varón, cuya discapacidad física y mental temían que lo hubiera llevado a un final trágico.
Davinia no lo entendía. Estaban allí, enmarcados, inmortalizados en el periódico local, donde todos los vecinos podían verlos en esa gran foto familiar en la que claramente había más niñas, en la que faltaban, al menos, dos hijos varones.
Sin embargo, en la noticia no se mencionaba a los niños fallecidos.
Si no iban a clase, si ni siquiera estaban dados de alta en el registro civil, ¿cómo podían aparecer alegremente en un periódico sin que la policía hiciera nada?
—Espera, aquí hay más.
Quique clicó en otro enlace que los llevó a una noticia publicada un par de meses después de la que estaban viendo.
Al parecer, ese primer reportaje llevó a la apertura de una investigación que terminó obligando a la familia a regularizar la documentación y a inscribir a sus hijas en el registro y en el colegio e instituto de la zona.
Pero nada sobre la desaparición de los niños. Nada. Como si nunca hubieran existido. Como si el escándalo de ocultar a nueve hijas sanas fuera aún peor que haber abandonado a su suerte a dos niños incapaces de sobrevivir por sí mismos.
Davinia fue haciendo capturas de pantalla de cada imagen y artículo que encontraban mientras le explicaba a su hermano lo que Becca y Mateo, por separado, le habían contado de la historia.
—Entonces, ¿Amelia está viva y yo no veo muertos?
Davinia quiso reírse, pero no pudo. Estaba cansada, triste... Todo aquello era un disparate.
—Amelia está viva en algún sitio, y su padre posiblemente también.
Quique se quedó pensativo, tratando de entender cuál era su papel en toda aquella historia. Solo eran niños, ¿qué se suponía que podían hacer?
—Además, alguien entró en nuestra casa para volvernos locos y hacernos creer que estaba maldita o que teníamos a un trasno viviendo con nosotros. Aylen es la vieja que cantaba en el río, la que casi hace que nos ahoguemos. Y la que quiso llevarse a Nerea se llama Úrsula...
Todo tenía una explicación lógica, incluso lo que no le había contado a Quique: la Fada de las grutas, la vedoira , la cartuxeira ... La magia no existía, era solo un invento macabro de una familia sin escrúpulos que debía acabar en la cárcel.
Aun así, su hermano no parecía del todo convencido. Fruncía el ceño, mirándola con interrogantes en sus pupilas dilatadas.
—Ya, Davi, pero... ¿y la fiebre o las pesadillas? ¡Yo nunca me había hecho pis encima! Y fui a buscar a la señora del río porque era la misma que me tiraba cubos de agua en mis sueños. ¿Cómo se metió en mis sueños? ¡Dímelo!
Davinia se quedó muda. Esos eran solo detalles, y seguro que también tenían una explicación. Lo que pasaba era que ella no conocía todas las artimañas de esas malditas meigas .
—Eso no importa, eso...
—Sí importa —la interrumpió Quique, alterado—. La magia existe. La yaya es bruja, un poco, ya lo sabes. A papá a veces también le pasan cosas..., y a ti...
Davinia tragó saliva. A ella no le pasaba nada.
En ocasiones tenía ciertos presentimientos, pero eso era todo.
Una vez leyó en internet que, a veces, el cerebro recibe información que no nos da tiempo a procesar y parece que sabemos cosas que, en realidad, solo estamos ordenando inconscientemente.
Eso era lo que le ocurría a ella. No tenía nada que ver con la magia.
—Los gatos...
—La casa era nueva —cortó Davinia.
—Vale, ¿y los macarrones por el suelo?
—Sería un ratón, aquí hay jardín. O los gatos, o los perros, o alguien que se coló en casa, te lo estoy diciendo.
Quique la miró, casi a punto de rendirse.
—Los sueños de papá... —insistió.
—Papá siempre sueña cosas raras.
—Los ladridos en la playa por la noche, ¿quién es sino Urco, el perro del infierno?
—Cualquier perro abandonado. A mí misma me siguió uno en una excursión con Mateo.
—Que desaparezcan cosas.
—Las mudanzas son un caos, ya lo sabes. Hemos vivido muchas.
Quique quería convencerla, pero nada podría hacerlo. Nada, porque la magia era un fraude. Ni las estrellas fugaces, ni los deseos de cumpleaños, ni la magia buena, ni brujas, ni diablos, ni premoniciones, ni la magia mala.
—Todo es mentira, Quique, hazme caso. Eres muy pequeño y te lo crees todo.
—O tú te crees muy mayor y no te crees nada.
Davinia se encogió de hombros, y Quique sonrió.
—Vale, entonces, ¿por qué estás tan asustada?
Davinia admitió que esa era una buena pregunta.