¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

D ías de sol, playa, comidas familiares y excursiones.

Jornadas de vacaciones, de fotos, de paseos con Silver, de patines, de vídeos de baile en redes sociales, de chatear con sus amigas, de hablar con su madre y escuchar berrear a su hermanito Dani al otro lado del teléfono.

También de hablar con su padre, que había vuelto a comprar pizza para comer mientras veía los dibujos antes de irse a trabajar.

Fueron de excursión a Coruña, cerca de su antigua casa, por un ataque de nostalgia de su abuelo.

También a Ferrol, a casa de sus tíos Sarah y Breo, que les enseñaron un montón de playas increíbles de los alrededores.

Conocieron el banco más bonito del mundo, vieron manadas de caballos salvajes correr con los enormes molinos eólicos de fondo.

Visitaron pueblecitos de casas de colores e iglesias blancas, y montaron en barco otra vez hasta unas islas pequeñitas de agua cristalina para las que había que reservar con mucha antelación.

Ese día, Mateo se ofreció a cuidar de Silver y de Holly, porque los perros tenían prohibida la entrada.

Sí. Había vuelto a hablar con Mateo, que otra vez sonreía, que tenía ganas de enseñarle sitios nuevos, de mirar con ella los atardeceres desde los techos de las baterías en ruinas.

Fueron días de luz y de verano, de helados y de risas, de barbacoas, de jugar a las cartas todos juntos, de hacer las paces con sus hermanos y disfrutar con ellos, de dormir profundamente y de sentirse alegre y en paz, como si todo estuviera en orden.

Apenas les quedaban unos días para volver a Madrid, pero Davinia trataba de no pensar en ello. Becca seguía en la ventana, aunque a veces se unía a sus excursiones; incluso había empezado a comer más y tenía mejor cara, que lucía ligeramente bronceada gracias al sol.

Y entonces, aquel martes cualquiera, después de un lunes brillante y feliz, una nueva sensación de mal augurio hizo que Davinia se despertase sobresaltada antes de que la oscuridad hubiera desaparecido del todo del cielo.

Cogió a Silver, le puso la correa y salió a dar un paseo por el bosque, guiada por una intuición, a pesar del miedo que le daba la espesura de las ramas y la negrura a ambos lados del camino.

A lo lejos vio a una niña vagabundeando entre los árboles que le devolvía la mirada, desafiante.

—¿Amelia? —preguntó casi en un susurro.

Pero Amelia pareció escucharla desde lejos y salió corriendo, internándose en el laberinto de árboles y maleza por donde Davinia, ni en broma, iba a perseguirla. Tiró de la correa de Silver y también ellos echaron a correr en sentido contrario, directos a la casa de Mateo y Becca.

Los llamó impaciente por sus nombres, una, dos, tres veces, sin descanso, mientras pulsaba con fuerza el desagradable timbre de la puerta de entrada. Había luz dentro, así que debían estar allí. Si no se daban prisa, perderían de nuevo a Amelia.

Davinia escuchó pasos acercándose y el crujido de la madera al moverse. Entonces la vio: la falda larga hasta los tobillos, de un blanco apagado, con una camiseta de tirantes a juego. El pelo recogido en un moño improvisado, descuidado. Y los ojos verdes, punzantes, tan hermosos que asustaban.

La madre de Mateo le sonrió desde el otro lado con curiosidad, sin apartar la vista del colgante de plata que brillaba sobre su pecho. Davinia se esforzó en no echarse a temblar.

—Pasa, no te quedes ahí —dijo ella.

Davinia cruzó el umbral como quien entra en la boca del lobo.

No conocía la casa por dentro, a excepción de la habitación de Mateo, nunca había estado allí, y en ese momento se alegró de no haberlo hecho.

A pesar del sol filtrándose por los enormes ventanales, igual que los de la casa de sus abuelos, hacía frío.

El aire olía a cera derretida, a incienso…

y un poco a polvo, como el de los libros de biblioteca.

Había colgantes con forma de estrellas y lunas en cada puerta, vírgenes y fotografías enormes en blanco y negro enmarcadas en negro.

También tarros de cristal llenos de hierbas, trozos de cuerda de distintos grosores; pero ni rastro de calaveras, gatos negros, escobas o cuervos.

Tampoco había ningún caldero en la chimenea que dominaba el salón ni cruces invertidas en las paredes revestidas de falsa piedra.

Davinia no sabía si la casa daba miedo o no. Sin embargo, la madre de Mateo y Becca la aterrorizaba sin ninguna duda.

Un sapo grande y viscoso salió de debajo de la falda de la bruja. Ella lo tomó en brazos con la misma delicadeza con la que se sostiene a un bebé y empezó a acariciarle la cabeza pringosa. Davinia, desconcertada, tuvo que concentrarse para recordar a qué había ido allí.

—Eh... ¿están Mateo o Becca?

La mujer la recorrió con la mirada de arriba abajo antes de señalar la casa de sus abuelos con una de sus manos delgadas y las uñas largas pintadas de negro.

—Sois los nuevos, ¿no? ¿Cómo están tus hermanos pequeños?

Su sonrisa maliciosa enfadó a Davinia y se dio cuenta de que era más fácil estar furiosa que asustada.

—Muy bien —respondió con insolencia.

—No debe ser de otra manera. ¿Y tus abuelos? ¿Te ha regalado tu abuela ese collar tan bonito?

Pero ocurre que, a veces, el miedo es tan grande que, por mucho que uno intente enfadarse, no puede ignorarlo. Davinia quería irse. Ya volvería en otro momento, cuando estuvieran sus amigos. ¿Dónde se habrían metido?

Se giró sin dar explicaciones y agarró el pomo de cromo plateado de la puerta.

—¿Por qué no dejó que nadie buscara a Amelia? La tiene usted, ¿verdad?

Ella no contestó. Tampoco pareció ofendida, ni siquiera sorprendida. Solo la miraba, inmóvil, con aquella expresión de autosuficiencia aterradora y sus enormes ojos verde esmeralda fijos en el colgante de Davinia.

—La muerte es solo el principio de la otra vida, meu filla , no tienes de qué preocuparte. Tú misma pronto lo averiguarás.

Eso sí que había sido una amenaza.

Davinia emitió un pequeño grito de angustia en un intento desesperado por liberar la tensión que le paralizaba los músculos. Era como si la bruja la hubiera hechizado: sus pies, sus piernas, sus brazos, todo su cuerpo se había vuelto terriblemente pesado.

La puerta se abrió lentamente, a pesar de que Davinia no había conseguido girar el picaporte todavía. La luz de fuera, como si hasta ese momento hubiera estado oculta en las sombras, se coló poco a poco en la estancia.

Celtia, la madre de Mateo y Becca, tampoco se había movido. Seguía allí, a apenas un par de pasos de distancia, obnubilada con el árbol de plata del colgante, que Davinia juraría que había comenzado a calentarse.

—Davi, tenemos que irnos a comer. Venga.

La voz de Quique distrajo a Celtia, que apartó la vista de Davinia y le dedicó a su hermano una enorme sonrisa. Él no se la devolvió.

Tiró del brazo de su hermana con fuerza, obligándola a moverse, y la sacó de allí a rastras sin decir una palabra.

Justo antes de entrar en casa de sus abuelos, cuando por fin habían recuperado el aliento, Quique la detuvo en seco y la miró con seriedad.

—Davi, algo malo está pasando. Esa señora tenía la misma cara que la mujer que cantaba en el río cuando casi nos ahogamos. Solo que más joven...

Su voz, normalmente cantarina y ligera, sonó más grave. Casi severa.

Davinia asintió.

Su hermano tenía diez años. Había estado a punto de morir por culpa de una de esas perturbadas.

Había llegado la hora de explicarle todo lo que sabía, porque, tal vez, esa era la única manera de salvarlo.