¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

N o esperaba recibir una visita suya. Todavía no sabía muy bien qué pensar sobre toda la historia que envolvía a su familia y al pueblo de Cotovelos.

No se sentía a salvo ni creía que pudiera confiar del todo en nadie, así que no le gustó verla en la puerta, sonriente, sin haber tenido tiempo de prepararse mentalmente para una conversación en la que, posiblemente, Mateo saldría mal parado, por mucho que entendiera el resentimiento de Becca.

Becca, vestida con unos vaqueros negros muy ajustados y una camiseta de manga larga del mismo color, parecía aún más delgada y extraña bajo el calor sofocante del jardín. Como si se hubiera equivocado de ropa, de estación, de escenario o hasta de plano astral.

Al menos sonreía y, a pesar de lo marcada que tenía la barbilla bajo la piel fina y de las ojeras azuladas que flotaban bajo sus ojos, era una sonrisa cálida, casi humana.

—Sé que Mateo te habrá contado su versión de la historia, y quería que también conocieras la mía.

Davinia no la interrumpió para decirle que, en la versión de Mateo, él ya no se había dejado bien parado a sí mismo, y que no quería escuchar otra en la que acabara aún peor.

Porque, si lo hacía, nunca podría seguir viéndolo como el chico intrépido que le hacía sentir mariposas en el estómago.

Y no estaba preparada para despedirse de eso.

—¿Por qué discutisteis tu madre y tú? Mateo dice que antes eras casi su sombra.

Becca pareció sorprendida por la franqueza de Davinia. No quería haber sonado tan brusca, pero no quería más cuentos. Estaba harta, y cuando alguien se harta, lo único que le interesa es la verdad, sin rodeos.

—Mi madre es la séptima de nueve hermanas —empezó, aunque eso Davinia ya lo sabía—. Solo hijas, ningún hijo. Parece cosa del destino, ¿no? En realidad, lo que pasó fue que mis abuelos perdieron a dos niños de forma natural.

Bajaron juntas a la playa y se sentaron cerca de la orilla, donde Silver y Holly corrían como locos entre el agua y la arena, saltando cuando las olas los perseguían y luego retrocedían cobardes.

—Mis abuelos son bastante peculiares, por decirlo de alguna forma —continuó Becca, mirando al horizonte—.

Creen en las tradiciones antiguas, en la brujería, los rituales, los sacrificios y lo sobrenatural.

Cuando mi madre era pequeña, la obligaban a ella y a sus hermanas a despertarse en plena madrugada los días de luna llena para danzar en el bosque, tejer amuletos, aprender las artes de la adivinación…

Casi ninguna fue al colegio, aunque ya era obligatorio, porque las escondían en las grutas del monte.

En fin, ya sabes que en este pueblo la policía hace la vista gorda con muchas cosas.

Al parecer, los abuelos de Becca creían que estaban destinados a restablecer la magia antigua, debilitada porque ya nadie creía en nada. Pensaban que las personas se habían vuelto escépticas, que se habían desvinculado de la naturaleza y de sus leyes.

—Tuvieron dos hijas seguidas. El tercero fue un bebé muerto. El cuarto, un niño que no llegó a cumplir el año. Después nacieron dos hijas, sanas, hermosas. Y entonces, por fin, tuvieron al primer varón que sobrevivió.

—¿Sobrevivió? Creía que… —Davinia frunció el ceño, confundida.

—Era enano, deforme y peludo. Lo criaron hasta que cumplió los cuatro o cinco año y, de pronto, desapareció. Así actuaba la maldición.

Davinia sintió un escalofrío.

—Después tuvieron otras tres hijas, apenas separadas por un año de edad. Todas lozanas, fuertes y rosadas, como los bebés de los anuncios. De aquellas tres, la última fue mi madre. La séptima. Y nació en Viernes Santo.

Becca hizo una pausa antes de añadir:

—Según la tradición, eso la convertía en la lobismuller . La Mujer Loba.

Davinia pensó que todo aquello era una locura imposible de tomar en serio. La madre de Becca no era ninguna mujer loba, de eso estaba completamente segura.

—Tras ella nacieron dos niñas más y, por último, otro varón.

—¿Otro? —preguntó Davinia, tratando de adivinar la suerte que corrió aquel niño.

Becca asintió, todavía sin mirarla. Su madre tenía treinta y cinco años, demasiado joven para haberse criado en una familia tan supersticiosa y aferrada a leyendas antiguas.

La madre de Davinia tenía su misma edad y ni en broma se creería algo así.

Ni siquiera Nerea, que era pequeña, daría crédito a semejante historia.

—Nació vivo. Pero también era pequeño, extraño, con mucho vello en la cara. Al igual que su hermano, desapareció sin dejar rastro al cumplir los cuatro o cinco años.

—¿Nadie los buscó a ellos tampoco?

Becca sonrió con algo más parecido a una mueca de resignación que a una verdadera sonrisa.

¿Quién iba a preocuparse por dos niños que daban miedo solo con verlos, nacidos en una familia que vivía apartada en el bosque y hacía cosas extrañas?

La gente del pueblo los temía. Ni siquiera estaba segura de que alguien fuera consciente de su existencia.

Los partos ocurrieron en casa, lejos de cualquier registro oficial.

Pasaron muchos años hasta que, cuando su madre ya había cumplido los dieciséis, la policía se atrevió a plantarse en la puerta de sus abuelos, exigiendo que los acompañaran para inscribir a las hijas en el Registro Civil y llevar a las que aún estaban en edad escolar al colegio.

—El caso es que yo no odio a mi madre —dijo Becca—.

No le han dado opción de ser de otra manera.

Le han enseñado un mundo extraño, irreal.

Y ella vive en esa fantasía donde es una meiga de una familia de meigas , donde tuvo dos hermanos malditos, uno un diantre , otro un tangaraño , y donde su misión es recordar a los vecinos la cultura ancestral y mística que gobierna este plano de realidad, incluso si para ello debe servirse de mentiras.

—Pero es ella quien lo prepara todo. Son solo engaños —protestó Davinia—. ¿Qué hay de místico en eso? Es una señora que rompe cosas.

La chica se rio, esta vez de verdad, y eso las relajó a ambas. Becca no estaba tan mal cuando no estaba a la defensiva.

—Ella cree que la magia solo podrá restablecerse si la gente vuelve a creer en ella.

El mundo moderno estaba condenado. Los humanos ya no respetaban su historia, los espíritus, nada que no pudieran ver o tocar. Sus abuelos habían inculcado en sus hijas la importancia conseguir que las personas volvieran a venerar la luna, al diablo, y a la Naturaleza.

—Pero entonces, ¿tú no crees en la magia? Porque yo he visto cosas que…

—Que no puedes explicar —suspiró Becca—. Yo también creí en la magia durante muchos años. Seguía a mi madre a todas partes y la ayudaba con sus pequeños juegos, en los que mis tías y tíos también participaban.

Davinia abrió mucho los ojos. De nuevo sentía que no entendía nada.

—Verás, todas las meigas que has visitado: la cartuxeira , la vedoira .

.. todas son hermanas de mi madre. No quieren participar en las locuras de mis abuelos, apenas tienen contacto con sus hermanos, pero se han criado entre mitos y leyendas y no han podido escapar del todo de su influencia —explicó—.

Mis abuelos saben ocultarse en el bosque, y estoy segura de que supieron ocultar igual de bien a sus hijos.

¿Sabes que ni siquiera les pusieron nombre?

Viven por ahí, convencidos de que son seres del diablo.

Lo creen de verdad, porque es lo que les han enseñado desde que nacieron.

No estaban actuando ni fingiendo. Los habían reducido a personajes de fábulas olvidadas en su retorcido plan para convencer al mundo de sus artes oscuras. Davinia sintió lástima y rabia. A veces, los seres humanos eran terribles.

—Becca, tengo que decirte algo... Creo que Amelia vino a verme. Me habló de la Marimanta.

—Mi tía Úrsula —corrigió—. La Marimanta es mi tía Úrsula. Dicen que me parezco mucho a ella, aunque ahora debe de rondar los cincuenta y seis años y no es ningún cumplido. Es la meiga que secuestra a los niños, como el Hombre del Saco.

—Pero entonces, ¿sabes dónde está tu hermana? —preguntó Davinia, exaltada. ¿Por qué nadie le había dicho nada a Mateo?

—¿Sabes por qué discutí con mi madre? —Davi se encogió de hombros, algo consternada.

Becca suspiró profundamente—. Mi madre solo quería hijas, y un día la escuché hablando con unas tías mías que viven en el bosque.

Mi tía Úrsula, que ya te he dicho que hace de Marimanta; mi tía Aylen, que hace de feiticeira ; mis tías Flora y Avis, que fingen ser lavandeiras con sus sábanas ensangrentadas en el río del bosque, buscando víctimas a las que pedir ayuda.

.. Yo pensaba que eran todas inofensivas, que solo se dedicaban a asustar y burlarse de la gente del pueblo, sin más, que jamás harían daño real a nadie.

Pero no, no eran inofensivas. La tal Aylen casi consigue que Davinia y Quique se ahogasen, y la tía Úrsula fue capaz de seguirlos hasta Ares, donde casi se lleva a Nerea. No eran inofensivas en absoluto.

—Son peligrosas. Deberían estar en la cárcel.

—Ese día hablaban de Mateo, de cómo iban a... —Becca se quedó con las palabras atravesadas en la garganta.

—¿Cómo iban a…? —Davinia iba a sufrir un ataque de nervios. ¿Qué iban a hacerle al pobre Mateo?

Becca por fin la miró a los ojos.

—De cómo iban a sacrificarlo.

Davinia sintió un remolino negro en la boca del estómago. Todo su interior giraba y giraba, hasta que el mundo a su alrededor se volvió borroso. Estaban hablando de matar. Ni meigas ni tonterías. Eran asesinas.

—Por supuesto, me enfrenté a ella y se lo conté a mi padre.

Aunque él no creía que fuesen a hacer nada y estaba convencido de que solo eran unas teatreras, se peleó con mi madre y su familia.

Dijo que no tenían que ir por ahí asustando a la gente, amenazando a nadie ni, mucho menos, jugando con la vida de su hijo.

Por supuesto, mi madre no se lo tomó bien y nos maldijo a ambos.

Mi padre se marchó a navegar pensando que todo se había arreglado después del enfrentamiento, pero ahí es cuando empezó lo peor.

Davinia ya conocía esa parte de la historia, cuando la madre de Becca arremetió contra ella.

Así que saltaron hacia adelante, hasta el día en que desaparecieron Amelia y Martín.

Trató de hacer sus preguntas con sumo cuidado ya que no quería hurgar en los recuerdos más dolorosos de Becca; solo entender, por fin, qué había pasado.

Llevaba demasiado tiempo buscando respuestas.

—Uno de los vecinos aseguró haber visto a Amelia en brazos de una mujer, en mitad del mar.

Estaba quieta y desafiante, mirando a Martín correr desesperado hacia ellas, subido en la barca.

Fue él quien avisó a la policía. Pero cuando se giró para proteger el teléfono del temporal, los perdió de vista.

—Entonces, tu padre entró en el mar para salvar a Amelia de tu tía. ¿Por qué la policía no hizo nada?

—Porque el hombre era supersticioso. Habló de brujas, de la leyenda de la Maruxaina, de las meigas de Cotovelos y de maldiciones.

Y porque mi madre lo tenía todo planeado.

Otras personas aseguraron haber visto a mi hermana en distintos puntos del pueblo, y aquel hombre llegaba del bar.

La policía terminó por no tener en cuenta su declaración.

Davinia acarició el lomo de Silver, que se había echado a sus pies, cansado de correr por la playa tras Holly.

La perra, ahora subida en el regazo de Becca, buscaba mimos.

Era extraño. A Holly no le gustaban los desconocidos, y nunca estaba tanto tiempo separada de su abuela, por la que tenía una obsesión desde que la habían rescatado de la protectora.

Si Holly hubiese tenido una religión, habría sido la blanquianista .

Se le escapó una risa inoportuna ante su propia ocurrencia, aunque Becca no se enfadó en absoluto.

—Fue la intención de mi madre desde el principio.

Yo ya no quería jugar a su juego. Mateo era un chico, así que toda su esperanza recaía en manipular a Amelia.

Le metió muchas ideas locas en la cabeza.

Fue sencillo porque solo tenía ocho años y nada de aquello le era ajeno.

Sé que mi tía Úrsula se la llevó. Primero debió esconderla en las cuevas de la playa y luego llevarla al bosque.

A veces la veo desde la ventana de mi habitación.

Se pasea por el jardín y me saluda con la mano.

Bajo corriendo a por ella, pero cuando llego. .. cuando llego ya no hay nadie.

Davinia recordó esas mismas palabras de Mateo. Debía de ser terrible.

—¿Y tu padre, entonces...?

—Sé que mi padre no está muerto. Algo le ocurrió, obvio. A pesar de la tormenta, conoce el mar mejor que la tierra firme. Y ya conoces la playa, hay que adentrarse mucho para no hacer pie. Nunca encontraron el cuerpo, además. Fondear aquí es bastante fácil.

—¿Crees que tus abuelos o tus tías le han hecho algo?

Becca negó con rotundidad, aunque Davinia seguía pensando que era la explicación más lógica.

—Al principio pensé que sí. Me adentraba en el bosque, lo buscaba, incluso espiaba los ritos de luna llena de mi familia entre los arbustos por si lograba verlo.

A él o a Amelia. Pero nada. Entonces se me ocurrió dejar una nota imitando su letra, amenazando a mi madre con volver y llevarnos con él para siempre. Su reacción fue esclarecedora.

Cuando Celia leyó esa nota, lanzó el papel lejos de ella, fuera de sí. Becca, agazapada tras el sofá del comedor, pudo verla temblar y llorar antes de marcar un número en el teléfono.

—«Está despierto. ¿Cómo? Está despierto y nos vigila» —la imitó Becca—. Si ellos lo hubiesen capturado o matado, no habría reaccionado así.

Davinia estaba de acuerdo en parte. Si Martín seguía vivo, ¿por qué no había intentado contactarlos?

¿Por qué no los había buscado, llamado a la policía, hecho lo que cualquier padre decente haría?

Si no lo hacía, solo había dos opciones: o estaba muerto, o había huido.

Y si había huido dejándolos atrás, no era mejor que la familia de su mujer.

—Esto es muy complicado —murmuró en voz alta. Becca no contestó, ensimismada en el gruñido melódico de Holly, que se había dormido en sus brazos—. ¿Tú crees que hay que tener cuidado con la magia?

Becca resopló y se tomó un momento antes de responder.

—Lo que hay que tener es cuidado con algunos vivos. Porque los vivos son mucho más peligrosos que los muertos, y más peligrosos que cualquier magia.