¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

E l desayuno en esa casa era un caos diario.

Música, televisión, el sonido de las tazas, la melodía de los videojuegos de Quique de fondo, Nerea cantando la banda sonora de alguna película de dibujos o imitando los bailes de un vídeo en la tablet , Holly ladrando para que alguien le hiciera caso y le diera un trozo de tostada, una galleta o hasta un gajo de manzana, que también le encantaba…

Todos parecían felices. Todos menos ella. Davinia se sentía decepcionada con Mateo y no sabía cómo deshacerse de esa tristeza nueva, que le pesaba en el estómago y le impedía masticar la comida.

—Davi, ¿qué te pasa? —Su abuela, como siempre, metiéndose en sus pensamientos sin permiso.

—Nada, que no he dormido bien.

La mujer desapareció un momento por las escaleras y reapareció segundos después con la mano metida en los bolsillos del pantalón de chándal, cuatro tallas más grande que la suya. Acostumbraba a usar ropa vieja del abuelo Enrique para estar en casa, ya que decía que era más cómoda.

—A ver, ¿qué os apetece hacer hoy, chavales?

—Yo no soy un chaval, yayo, soy una chavala —repuso Nerea—. Bueno, mejor una chavala princesa.

Todos rieron. Davinia intentó parecer alegre al notar que su abuela la observaba con atención, pero lo único que le salió fue una mueca extraña, como en aquel episodio de Los Simpson en el que el señor Burns intentaba aprender a sonreír y no lo lograba.

Nerea y Quique se levantaron con ímpetu, ansiosos por ir a la plaza a jugar mientras el abuelo Enrique compraba el pan para hacer unos buenos bocatas y, después, marcharse de excursión a algún lugar de la interminable lista que tenía anotada en su móvil.

—¿Qué toca hoy? —preguntó la abuela Blanca, con una mezcla de curiosidad y resignación.

Davi sabía que a su abuela le gustaba estar en casa, con sus gatos, su perra, sus plantas y su ordenador.

Salir a tomar una cerveza a un bar no era lo mismo que pasar el día entero lidiando con niños que se aburrían, preguntaban qué podían hacer, pedían ir a un sitio y luego a otro, querían helado y después ya no, jugaban juntos y al rato se peleaban.

Blanca adoraba a sus nietos, se pasaba el año echándolos de menos, pero también era una mujer independiente que disfrutaba de su espacio.

Y desde que habían llegado apenas había tenido momentos para recargar pilas.

Davinia la entendía bien. Creía que, en el fondo, era la que mejor la comprendía, porque ella también necesitaba su espacio, tiempo para sus cosas, incluso cuando no tenía nada que hacer.

No se podía pasar la vida cuidando de los demás hasta el punto de anularse.

Ojalá sus hermanos y sus padres lo entendieran.

No significaba que fuera egoísta ni que los quisiera menos.

Ese verano estaba siendo diferente. Su propia habitación, libertad para escaparse con la bici, para explorar… hasta para enamorarse.

Pensar en Mateo le encogió el estómago con un nudo que cada vez apretaba más.

—¡Yayoooo! ¡Tardón! —se rio Quique.

Él y Nerea ya estaban vestidos y peinados en la puerta, listos para salir.

—¡Te hemos ganado, yayo! —canturreó Nerea. Desde luego, estaban de buen humor.

—¡Vaya, hombre! —Su abuelo fingió fastidio y se levantó para coger las llaves del coche—.

Hoy nos vamos de excursión a un bosque muy, pero que muy bonito, que me ha recomendado vuestro tío Breogán.

Se llama Fragas do Eume. Hay mesas con merenderos, un río.

.., aunque no sé si podremos bañarnos allí, y también tiene un monasterio muy chulo en lo alto.

—¿Hay hadas por allí? —preguntó Nerea.

—Pues no sé si hay hadas, aunque a lo mejor vemos un jabalí.

Nerea se quedó muda. No esperaba esa respuesta y dio media vuelta con cara de sorpresa. Davinia se rio por lo bajo.

Cuando los tres se hubieron marchado, la abuela Blanca se sentó a su lado y sacó un colgante del bolsillo. Iba en una cadena que parecía de plata y brillaba mucho. Davinia reconoció el símbolo al instante; lo había visto por todas partes en Galicia.

—Es el árbol de la vida —le explicó—. Aunque los celtas también lo usaban, forma parte de muchas culturas, algunas incluso más antiguas.

Su abuela le colocó el colgante en el cuello y se aseguró de que le llegara justo a la altura del corazón.

Le contó que, para los mayas, ese árbol representaba la conexión entre el cielo, la tierra y el inframundo, un lugar entre la vida y la muerte. Para los egipcios tenía un significado similar, y sus antiguos reyes escribían sus nombres en sus hojas para obtener la protección de los dioses.

—Pero, yaya, yo no quiero tener contacto con el inframundo, ni con dioses ni con nada parecido —protestó Davinia, con la piel de gallina.

Su abuela sonrió, le acomodó un mechón de pelo y observó cómo la joya brillaba con los rayos de sol que entraban por el ventanal, reflejándose en el colgante como si fuera un imán de luz.

—Verás, para los chinos, el árbol de la vida es un melocotonero, y quien come uno de sus frutos se vuelve inmortal.

Para los budistas, es la higuera de álamo, bajo la cual Buda alcanzó la iluminación.

En la tradición cristiana, el árbol de la vida aparece en el Génesis, y de él brotaban frutos que daban la vida eterna en el Paraíso, igual que en el Corán.

Davinia seguía sin entender por qué le daba ese colgante. ¿Qué tenía que ver todo aquello con ella? No quería vivir para siempre, ni saber nada de esas culturas con sus creencias extrañas. Al menos, no en ese momento. Tenía otras preocupaciones, y si necesitaba un amuleto, desde luego, no era ese.

—Solo quiero que entiendas que es un símbolo muy antiguo y poderoso —dijo de pronto su abuela, poniéndose seria—. A mí me gusta, aunque no sea original, el significado que le daban los celtas.

Para los celtas, el árbol de la vida representaba la sabiduría, la fuerza, la longevidad y el renacimiento.

Los árboles eran una metáfora perfecta del ciclo de la vida: nacían, crecían, se marchitaban y volvían a brotar.

Por eso era un símbolo de buena suerte, porque siempre crecía.

Significaba esperanza y fortaleza, pero también el equilibrio y la conexión entre los distintos mundos.

Contaba la leyenda que ayudaba a quien lo portase a encontrar claridad de pensamiento, a resolver problemas que ni siquiera sabía que tenía.

—Davi, este colgante es un vínculo con tus antepasados, y es mi manera de recordarte que siempre, siempre, voy a estar contigo, pase lo que pase, ¿lo entiendes?

Davinia tuvo que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas. Llevaba demasiado tiempo sintiendo presión, acumulando preocupaciones, y necesitaba soltarlo de alguna manera.

Abrazó a su abuela con fuerza. En el fondo, pensaba que todos aquellos símbolos no eran más que regalos fáciles que ayudaban a decir cosas difíciles, a no olvidar lo importante en medio de la vorágine de obligaciones diarias cuando el ritmo de la vida hacía que las personas funcionaran en automático, siempre con prisa, siempre con cosas por hacer.

Pero le gustaba la idea de mirar hacia su corazón y recordar que, como el daur , que significa «roble» en el idioma de los celtas, ella también tenía raíces fuertes que la sostendrían y la ayudarían a seguir creciendo.