¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

D avinia no estaba segura de cómo sentirse después de lo que Mateo acababa de confesar.

Las tumbas vacías del cementerio se hicieron para que la gente del pueblo mostrara sus respetos y las familias pudieran llorar a los desaparecidos, aunque eso significara cerrar los ojos ante la posibilidad de que Martín y Amelia siguieran con vida en algún lugar del mundo.

Pero si la familia de Mateo no pidió explicaciones y su propia madre daba por muerta a la niña, la policía no tenía ni el deseo ni presión por resolver el caso. Con el tiempo, se archivó, acumulando polvo y explicándose por sí mismo con las teorías de los supersticiosos de la aldea.

Tampoco nadie llamó a la prensa. Ningún inspector llegó haciendo preguntas. Todo siguió con normalidad y desidia, excepto para Becca y Mateo.

Davinia seguía debatiéndose entre la realidad y la magia: si la madre de Mateo había fingido las fechorías de un trasno en su propia casa, ¿significaba eso que todo era una mentira?

¿Que los trasnos no existían de verdad? Porque si realmente existían, no habría necesidad de hacerse pasar por uno, bastaría con invocar alguno…

si es que tal cosa era posible. Pero al mentir, hacía que uno dudara de todo lo demás.

Y si era mentira, ¿qué pasaba con la Fada o la Feiticeira, que casi había conseguido que se ahogaran? Tal vez eran solo mujeres que seguían la tradición, posiblemente familiares suyas, que se divertían asustando a niños y forasteros que se atrevían a invadir el pueblo.

Todo podía explicarse desde un punto de vista lógico: el trasno seguro que había sido Celtia colándose en casa.

Nerea cayó enferma por casualidad; no era la primera vez que ocurría.

Dormir en una casa nueva y desconocida a veces resultaba inquietante, incluso si la casa era bonita, lo que explicaría las pesadillas.

A los animales no les gustaban los cambios; podrían haber tardado unos días en adaptarse.

Sabía con certeza que las mujeres del bosque eran las tías de Mateo, a las que había visto en fotos.

Los pájaros negros no eran más que simples cuervos.

El agua de los manantiales no estaba envenenada, sino que, simplemente, no era potable por la combinación de distintos minerales.

La cartuxeira y la vedoira podrían ser solo mujeres que habían aprovechado las leyendas del pueblo para ganarse la vida.

Demasiadas coincidencias juntas. Además, había otras cosas que no podía explicar: los sueños de su propio padre, tan exactos a lo que les estaba ocurriendo, a más de seiscientos kilómetros de distancia; la mujer rodeada de lobos; Amelia en su cuarto, con su manita fría y sus ojos enormes.

Tampoco entendía a Mateo.

Fuera verdad o no aquello de la magia, había hecho un trato en el que tenía que entregar la vida de Becca. De pronto, ya no le parecía tan bueno ni tan valiente, sino un pobre chico asustado que echaba demasiado de menos a su padre.

Trató de ponerse en su lugar una vez más pero, cada vez que llegaba a sentir compasión por él, que entendía su frustración, su tristeza, incluso el miedo que debió de sentir, el rechazo volvía con más fuerza.

Porque ella jamás, nunca en la vida, podría ofrecer a uno de sus hermanos a cambio del otro.

Esa noche se asomó a la ventana, buscando la sombra de Becca. Seguía allí, inmóvil y pálida, solo que, esta vez, Davi no sintió ningún miedo. Después de haber escuchado a Mateo, entendió que lo que brillaba en los ojos de Becca no era maldad, sino verdadera tristeza.

Los miraba y sonreía vigilante, no para amenazarlos, sino porque los abuelos y los hermanos de Davinia eran la familia feliz que ella nunca tuvo.

Las dos se contemplaron largamente en silencio desde la penumbra y, por primera vez, Davinia le devolvió la sonrisa.