CAPÍTULO #2
Davinia sintió un escalofrío al recordar el incidente en la playa.
La sensación de los músculos agarrotados, doloridos.
El agua llenándole el estómago. El frío a su alrededor.
La adrenalina dando paso a una resignación extraña, casi dulce, en la que rendirse parecía una buena opción y todo se volvía lejano: los abuelos, Silver, papá, mamá, Nerea, Dani, el colegio, el instituto. ..
—Yo tardé mucho más en recuperarme. Estuve en la cama muchos días, con fiebre muy alta. Mi madre pensaba que no me enteraba de nada y, como yo no hacía ruido ni me movía, a veces se dejaba la puerta abierta, olvidándose de que yo estaba allí.
Hizo una pausa.
—Entonces me di cuenta de todo.
No había trasnos en casa, como decía su madre. Era ella quien revolvía la ropa en los cajones de Becca, quien le destrozaba los cuadernos, quien rompía la vajilla cerca de su habitación. La torturaba. Quería castigarla por haber dejado de creer en ella.
Mateo bajó la mirada.
—Quería hacerla dudar. Que volviera a tener miedo.
Que se despertase sobresaltada en mitad de la noche al escuchar el vaso que había dejado en la mesilla estrellarse contra el suelo, sin entender cómo podía haberse caído solo.
Mientras tanto, mi madre se escondía tras la puerta de su habitación, conteniendo la risa.
Mateo entendió que Martín y Becca tenían razón: Celtia, su madre, no estaba bien. Era lógico que se hubiesen enfrentado a ella y que su padre la hubiera amenazado con llevarlos lejos de aquella casa de locos.
El día en que por fin sintió que había recuperado la salud, reunió fuerzas y fue hasta la cocina, donde su madre preparaba el siguiente espectáculo salpicando con las acuarelas rojas de Amelia las sábanas recién lavadas de la cama de Becca, emulando manchas de sangre.
—Cuando me enfrenté a ella, me miró fijamente y entonces.
.. se rio. —Sonaba claramente enfadado, porque duele mucho confiar en alguien, defenderlo y después darte cuenta de que te ha mentido—.
Sé que está mal decirlo, pero me dio miedo.
Mi propia madre me dio miedo... Esa risa. .. parecía una bruja de verdad.
Por la noche fue aún peor. Becca tenía un examen importante al día siguiente y, además, debía entregar un trabajo como parte de la nota. Cuando llegó de la biblioteca, se lo encontró destrozado en el suelo de su escritorio.
—Así que entró en la cocina, donde estábamos cenando Amelia, mi madre y yo, y la acusó directamente, señalándola con el dedo, gritándole... Sin embargo, mi madre hizo como que no sabía de qué le estaba hablando y dijo que se había pasado el día entero cuidándome la fiebre en la cama.
—¿Y era mentira?
Por supuesto que era mentira. Mateo asintió. Una mentira como un palacio de grande, que diría Nerea.
—Sé que tenía que haber dicho la verdad.
Odiaba a mi madre en ese momento. Me sentía engañado, utilizado.
.. y tonto. —Mateo bajó la cabeza—. Becca había intentado advertirme y yo leí su diario, la grité.
.. Incluso cuando me salvó la vida, le pedí que me dejara en paz.
Ella tenía razón, pero me daba vergüenza y rabia reconocerlo. Por eso me callé.
—Oh...
Becca lloró mucho esa noche. Y la siguiente. Y la siguiente también. Se sentía muy sola. Su padre había vuelto al barco y ella estaba a punto de repetir curso. Dejó de comer, de hablar, de salir...
—Mi madre empezó a ser cruel de verdad. Le decía a Amelia que Becca era mala, que no había que hacerle caso, como si estuviera muerta. Porque los muertos no pueden hacernos daño si no se les presta atención.
Convenció a Amelia de que debían echarla de casa, como a los malos espíritus.
Le cortaban el agua caliente cuando se duchaba, la dejaban sin cenar, le hacían agujeros en su ropa favorita, y hasta esparcían la basura en su habitación y luego, cuando ella llegaba, mi madre se paseaba por delante y murmuraba que allí olía a muerto, a alma podrida.
—¿Y tu padre no hizo nada? ¿Ni el colegio al ver que faltaba? ¿Nadie? —Davinia no se lo podía creer. Lo normal era que si alguien se saltaba las clases, los profesores llamaran a casa. Eran como la policía de los niños.
—Cuando mi padre volvió del barco, Becca se lo contó todo.
Y quiero decir todo: la basura, el agua fría en la ducha, la ropa, la comida.
.. Todo. Y él no sabía qué hacer. —Mateo se recostó en el banco, que era bonito, pero después de tanto rato empezaba a ser incómodo—.
Sabía que mi madre estaba obsesionada con la brujería y que no podría pedir nuestra custodia alegando algo así.
Así que me preguntó si yo había visto todo aquello con mis propios ojos.
Solo así podría ir a poner una denuncia y llevarnos con él.
Davinia sabía que eso no había ocurrido, pues Martín había muerto, o al menos desaparecido, pero se preguntó dónde tenía intención de llevarlos en caso de haberse separado de su mujer. ¿Dejaban a los niños subir a los barcos de pescadores? ¿Tendría que haberlos metido en un internado?
—En mi clase había un chico cuyos padres se separaron —siguió Mateo—.
Su padre también era marinero, como el mío, y el juez le dijo que tenía que darle la custodia total a su madre porque, si dejaba el trabajo, no podía mantenerlo, y si no lo dejaba, no podía cuidar de él.
Yo me acordé de mi amigo y comprendí que ningún juez le daría la custodia a mi padre.
Así que pensé que, si tenía que vivir con mi madre y la delataba, sería capaz de hacerme a mí lo mismo que le estaba haciendo a Becca.
Mentí y acusé a Becca de habérselo inventado todo.
Mateo miró hacia un lado, avergonzado y arrepentido.
Davinia experimentó una punzada de desprecio, aunque se le pasó enseguida al tratar de ponerse en su lugar.
Sintió ternura y compasión, porque él solo era un niño asustado.
Su madre tal vez no fuera una meiga , pero sí una persona horrible que los había torturado de muchas maneras.
Se reprochó haber sido tan dura con Becca; la había juzgado mal.
—Esa noche fue cuando Becca se dio por vencida y dejó de hablarme.
Se rindió en general con todo lo demás. Dejó de ducharse, de comer y también el colegio —explicó Mateo, tratando de sonar entero—.
Entonces, el colegio llamó a mi padre y, cuando volvió alarmado, casi se muere al ver el esqueleto andante en que se había convertido su hija.
La cogió en brazos y se la llevó corriendo al hospital de A Coruña, donde estuvo ingresada más de seis meses.
Suspendió el curso, claro, y mi padre le pidió el divorcio a mi madre enseñándole los informes médicos.
Si no le daba nuestra custodia, la denunciaría por malos tratos. Ese fue el día que...
Mateo se quedó sin voz. No hacía falta que continuase; Davinia sabía perfectamente a qué día se refería. Ahí era donde Mateo dejaba de entender lo sucedido, donde surgían todas las preguntas y donde, supuso ella, él dejó de ser un niño. A veces, quienes más queremos también nos abandonan.
Conocía el resto de la historia más o menos desde ese momento.
Su padre subió a la barca. Algunos dijeron que lo hizo destrozado, con la intención de quitarse la vida; otros, que solo quería calmarse y reflexionar a pesar de la tormenta, porque un marinero encuentra paz en el agua incluso cuando está revuelta.
El caso es que la barca desapareció del jardín, su padre desapareció de sus vidas y, al día siguiente, los restos del bote, llamado Biosbardo, aparecieron desperdigados por la arena.
—¿Sabes lo que es un biosbardo ? —le preguntó de pronto Mateo.
Ella negó con la cabeza.
—No existen. Cuando alguien se cansa de ti, te manda a cazar biosbardos o gamusinos . Es lo mismo. La barca de mi padre se llamaba así porque decía que no existía nada que pudiera llevarlo lo bastante lejos de nosotros, que solo era una ilusión, como el truco de un mago.
Le contó que muchos en el pueblo, probablemente todos por parte de la familia de su madre, empezaron a culpar a la Serea Maruxaina.
Algo se encendió en los recuerdos de Davinia.
La fada, las Serpes… ¡la Maruxaina! ¡De eso quería hablarle!
Contuvo las ganas de interrumpirlo y le dejó continuar cruzando los dedos para no olvidarse de nuevo de aquel nombre.
—La familia de mi padre, cansada de tonterías, supersticiones y malas lenguas, no solo culpó a mi madre de todo lo sucedido, pues él les había confesado lo ocurrido tras tener que ingresar a Becca, sino que se mudó a Ferrol casi de inmediato cuando la policía se negó a investigar nada.
Según ellos, ¿cómo iba mi madre, que pesaba cincuenta kilos y medía metro sesenta, a obligarlo a subir a la barca si él medía metro noventa y pesaba más del doble?
—Pero ¿y Amelia? ¿No la buscaron a ella?
—Como locos, desesperados, todo el pueblo —contestó él—. Incluso se fondeó el mar en busca de los cuerpos, se pusieron carteles... nada.
Al parecer, los padres y la hermana de Martín, antes de marcharse, se vengaron de los rumores sobre su hijo sembrando otros nuevos sobre la madre de Mateo y su familia.
Contaron todo sobre la magia negra y los rituales que practicaban, el mal de ojo, la mala suerte que traían a quienes se relacionaban con ellos.
.. Y, a partir de entonces, cada vez que a alguien le pasaba algo malo, por insignificante que fuese, les echaban la culpa.
Despidos, resfriados, pérdida de carteras o llaves, malas inversiones, malas cosechas en sus pequeños huertos.
.. todo era obra de la magia. Parecía que el pueblo entero había enloquecido.
Nadie pensaba con claridad, todos se aferraban a creencias absurdas y supersticiones.
Al final, todos terminaron marchándose lejos, víctimas de su propia paranoia.
—Cuando Becca llegó, lloró mucho. En el hospital nadie le había contado nada, y se enteró de sopetón de que Amelia y mi padre habían sido dados por muertos cuando se cruzó con mi madre en el salón, culpándola de todo.
—No entiendo cómo pudieron dar por muerta a Amelia tan rápido, sin pruebas... —Davinia se mordió el labio. Quizás había sonado demasiado insensible, pero necesitaba entenderlo.
Era una niña muy pequeña, lo que la convertía en una desaparición de alto riesgo. Podría estar en manos de algún loco, haber sido secuestrada, estar herida, inconsciente... ¿Cómo pudieron dejar de buscarla tan pronto?
Si algo así pasara con Nerea, nunca dejarían de investigar hasta encontrarla. Nunca.
—Las familias normales abandonaron el pueblo.
Nadie es tan tonto como para creer en meigas , ni tan valiente como para no temerlas —respondió él, como si eso bastara para aclararlo todo—.
En el pueblo solo quedaron los muy escépticos o los muy devotos, sin término medio.
Cada vez que me decían haber visto el fantasma de Amelia, vestida de blanco, jugando en el acantilado o bailando por el bosque, yo salía corriendo con la bici a buscarla, pero cuando llegaba, nunca había nadie. Amelia nunca estaba.
Siguieron las habladurías. Algunos decían haber visto la Santa Compaña, otros hablaban de grupos de lavandeiras o del perro de Urco emergiendo furioso del mar.
Davinia memorizó aquellas referencias para buscarlas después en su guía mitológica. Mateo daba por hecho que ella conocía todas esas historias y no se detenía a explicarlas.
Los escépticos aseguraban que eran tonterías, pero cada vez más personas afirmaban haber visto algo, haber experimentado sucesos extraños e inexplicables.
El miedo es la peor maldición de todas: contamina aquello que toca y lo deforma. Nos vuelve paranoicos, débiles, desconfiados.
El pueblo estaba maldito. Muchas casas quedaron vacías. Los que permanecieron llevaban amuletos y vigilaban por encima del hombro izquierdo, por si el demonio acechaba.
—Apuesto a que hay edificios en Madrid con más vecinos que en todo este pueblo —se rio Mateo con tristeza—. Fue como si la locura de mi madre nos envenenara a todos.
Yo aún no estaba seguro de si la magia era real o solo un truco bien orquestado, así que, desesperado, quise hacer un trato con un diantre : un duende que se aparece en las encrucijadas y te concede ayuda... siempre que después le devuelvas el favor.
Mateo fue al cruce de caminos que estaba cerca de la parada del autobús del pueblo, desde donde salían las rutas para bicicleta, y lo invocó.
Pasó un buen rato sin que ocurriera nada, y justo cuando estaba a punto de marcharse, apareció un hombre pequeño y barbudo que se disculpó por la tardanza, diciendo que hacía mucho tiempo que nadie quería hacer tratos con él.
Mateo tenía clarísimo lo que iba a pedirle: quería que su padre y su hermana aparecieran con vida. Vocalizó vida exageradamente, para evitar trucos sucios de aquel ente del diablo. Pero el diantre se alejó enfadado, farfullando que él no tenía tanto poder.
—De la encrucijada salió entonces lo que creo que era un tangaraño , aunque en su momento no lo reconocí. Me prometió que mi padre despertaría pronto y traería de vuelta a mi hermana si, a cambio, le pagaba con una vida. Dos almas por el precio de una.
Davinia quería preguntar muchas cosas: qué era un tangaraño, de dónde se suponía que volvería Amelia, de qué iba a despertar Martín, ¿de la muerte? Pero guardó silencio, porque lo que más quería saber era la vida de quién le interesaba a ese ser maquiavélico.
Tal vez la de Celtia, la madre de Mateo.
—Becca. Quería la vida de Becca...
Davinia frunció el ceño.
—Pero entonces, normal que le dijeras que no. Es tu hermana, te salvó la vida, ¿cómo ibas a ofrecer a Becca?
No le gustó la cara de culpa de Mateo. Sus ojos trataban de justificarse.
Él solo quería que su hermanita volviera a casa. Que todo fuera como antes. Sobre todas las cosas, deseaba que su padre regresara del mar, o del otro mundo, o de dondequiera que estuviese. Lo quería más que nada.
Así que Mateo apretó la mano del tangaraño .
Y le dijo que sí.