¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

M ateo dio un portazo tan fuerte que pareció que la casa entera iba a venirse abajo. Farfullaba mientras avanzaba hacia la entrada del jardín, donde Davinia ya lo esperaba, jadeante tras la intensa carrera.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó preocupada.

—Mi madre está como una regadera y se atreve a decir que el loco soy yo.

Iba a preguntarle a qué se refería cuando él se subió a su bicicleta roja, que yacía en el suelo, y salió disparado hacia el bosque sin mirar atrás para comprobar si Davinia lo seguía.

Y sí, lo seguía, aunque le costaba mantener el ritmo.

Las piernas le hormigueaban y estaba agotada de tanto correr, pero, además, Mateo pedaleaba con una furia que lo hacía casi inalcanzable.

Justo al pasar frente al Monasterio de Santa Clara, con sus bancos de piedra rodeados de flores, Davinia decidió rendirse y paró para recobrar el aliento.

Los pulmones le ardían y el aire hacía un silbido ronco al salir de su boca. Genial, un ataque de asma.

Solo entonces, él frenó, dio la vuelta y se acercó a ella. La miró con sus ojos de siempre, pidiendo disculpas. Un ligero beso selló la paz y se sentaron juntos, cogidos de la mano.

—Me gustas mucho, chica fresa. Me gustas de verdad —dijo Mateo tras unos minutos, cuando ambos volvían a respirar con normalidad—. Pero no te he contado algo y creo que necesito que sepas la verdad.

Davinia disimuló la expectación. Por fin iba a entender lo que ocurría de una vez por todas.

Mateo confesó que su padre y Amelia desaparecieron el mismo día de abril, tres años atrás.

La versión oficial decía que, tras una fuerte discusión con su esposa, Martín tomó la pequeña lancha familiar y se adentró en el mar buscando calma, un momento para reflexionar como siempre hacía cuando se alteraba.

Pero había tormenta, el agua estaba revuelta y la corriente debió arrastrarlo hasta el acantilado lateral, donde naufragó.

A la mañana siguiente, encontraron restos de madera de la barca en la orilla y, aunque nunca hallaron su cuerpo, la policía consideró que aquella era prueba suficiente para sostener la teoría más probable.

Amelia no apareció en toda la noche. Su madre supuso que estaba con Martín y que él se había hecho cargo de ella. Después de la discusión, necesitó un analgésico que la dejó adormilada y no se dio cuenta de que ni su esposo ni su hija habían dormido en casa hasta la mañana siguiente.

Durante un tiempo, corrieron rumores y, como era habitual, estos eran miserables.

Solo gente aburrida, frustrada y cruel se ocupaba de inventar teorías morbosas y despiadadas.

Pero, una vez encendida la primera chispa de mentira, la malicia se propagó como fuego en paja seca empapada en combustible.

Entre esos rumores, hubo uno que caló especialmente en el pueblo.

Decía que Martín había secuestrado a su hija y fingido su propia muerte.

Las personas siempre estaban dispuestas a creer cualquier cosa con tal de hallar respuestas, y aquella teoría ofrecía varias: explicaba por qué no encontraron el cuerpo de Martín y por qué Amelia desapareció de la faz de la Tierra.

El problema era que, si esas eran las respuestas, también planteaban muchos nuevos interrogantes, sobre todo del interés particular de Mateo.

¿Por qué a ella? ¿Por qué se la llevó solo a ella y dejó a él y a Becca atrás?

Y si lo hizo, ¿por qué no se despidió? ¿Por qué no volvió a buscarlos?

Mateo lo habría perdonado, Becca lo habría entendido, incluso apoyado.

Tal vez pensó que ya eran mayores y podían valerse por sí mismos.

Quizá, sencillamente, no le importaban lo suficiente.

Davinia vio lo herido que estaba Mateo y comprendió por qué le costaba tanto explicarle lo ocurrido.

Quizá, con el tiempo, él podría llegar a aceptar que su padre y su hermana habían muerto, pero jamás se sobrepondría a la posibilidad de que Martín no lo hubiera querido lo bastante como para al menos haberle dicho adiós.

La teoría del secuestro fue descartada rápidamente, pues un par de personas aseguraron haber visto a la niña jugando en la plaza la tarde de la supuesta discusión.

Después, cuando la tormenta arreció, la vieron correr hacia el bar para refugiarse.

Nadie la vio salir, ni sola ni acompañada, y Martín, habitual del local, alto y corpulento, no habría pasado desapercibido, mucho menos si estaba afectado tras una pelea reciente.

No solo no se vio al padre de Mateo merodeando por el pueblo, donde sí se había visto a Amelia, sino que pronto empezaron a llegar testimonios de vecinos que aseguraban haber visto a la niña días después del incidente, cuando al padre ya se le daba por muerto.

Algunos se habían encontrado con ella en el bosque, otros en las rocas de la playa.

Siempre acompañada de una mujer vestida de blanco.

—¿Becca? —preguntó Davinia, intentando encajar las piezas del puzle.

Mateo negó con la cabeza.

—Becca no se vestiría de blanco ni aunque le pagaran —sonrió con cansancio—. Ya sabes cómo es, no hay quien la saque del negro y el morado oscuro.

Davinia se quedó en silencio. Sabía que Mateo tenía más que contarle, que la historia solo acababa de empezar. Lo miró a los ojos, animándole a continuar.

—Es raro, ¿no? Que esta aldea se quedara abandonada. En Galicia pasa mucho, hay muchas zonas despobladas, pero aquí hay buenas carreteras, buenas casas, estamos relativamente cerca de sitios grandes, con hospitales, colegios y ambulatorios…

Sí que era extraño. Ella misma lo había comentado con su abuelo el día que llegaron. Aun así, no entendía qué intentaba decirle Mateo.

—De los apenas doscientos habitantes de Cotovelos, más de veintitrés eran familia directa de mi madre. Más del diez por ciento del pueblo eran sus hermanas, los maridos de sus hermanas, sus padres o sus hijos.

Davinia frunció el ceño con cara de circunstancias: sabía que él quería que llegara a una conclusión por sí misma, pero no veía nada claro.

Era como cuando su abuela le explicaba los problemas de matemáticas y se quedaba mirándola fijamente, esperando que de pronto entendiera todas esas letras sobre volúmenes, áreas y fórmulas sin sentido.

—¿Y qué? —se rindió al final.

—Mi madre es la séptima de nueve hermanas, todas mujeres, nacida en Viernes Santo. Ella cree que pertenece a un linaje de meigas .

Mateo la observó con atención, buscando cualquier señal de burla o escepticismo. Davinia intentó poner cara de póquer, la misma que usaba cuando jugaba a las cartas con su familia. Aunque ella pensaba que lo hacía bien, siempre acababan pillándola.

—Ya sé que crees que es una idiotez, lo que pasa es que mis abuelos creían mucho en esas cosas.

Las educaron así, pensando que mantenían viva la verdad, la tradición, la herencia cultural de nuestro pueblo.

Desde muy pequeñas, mi madre y mis tías fueron alentadas a aprenderlo todo sobre su historia.

No todas continuaron con aquellas prácticas, la explicó, pero su madre lo hacía cada vez con mayor fervor, obsesionada, maldiciendo a quienes se apartaban de los antiguos ritos.

Y, durante muchos años, Becca la seguía a todas partes.

Era su ojito derecho y repetía cada palabra, conjuro y rezo que su madre le enseñaba.

Pero con el tiempo, Becca empezó a notar cómo los miraban en el colegio y lo que pensaban de ellos en el pueblo.

Entonces comenzó a alejarse hasta que un día hubo una fuerte discusión en casa.

Becca y el padre de Mateo peleaban acaloradamente con su madre. Solo se escuchaban reproches como «Estás loca », «E res peligrosa » , « Voy a llevarme a mis hijos » .

—Yo adoraba a mi madre —dijo Mateo, tremendamente triste—. Se pasaba el día bailando, cocinando, protegiéndome de las cosas malas con hechizos y magia. Para mí, era como una superheroína.

Tomó aire, tratando de deshacer el nudo en su garganta.

—No podía permitir que la tratasen así —continuó tras recoger una lágrima rebelde que le corría mejilla abajo—.

Mi padre casi nunca estaba en casa, pasaba semanas enteras pescando en el barco, a veces meses.

Cuando venía, todo eran regalos y diversión, pero era mi madre quien nos arropaba de noche, quien nos hacía la cena, quien nos cuidaba cuando enfermábamos.

No pudo enfrentarse a su padre, al que tanto quería, pero Mateo sí quiso vengarse de Becca, que siempre protestaba por todo, que ponía los ojos en blanco cada vez que alguien decía algo que a ella no le gustaba, que se creía mayor, especial, mucho más lista que los demás.

Así que robó su diario y, en el autobús camino al colegio, lo leyó en voz alta hasta que ella se echó a llorar mientras los demás se reían.

—Intentó hablar conmigo después de aquello, hacer las paces, pero le pedí, tanto a ella como a mi padre, que me dejasen en paz. Estaba muy enfadado con los dos.

Davinia le apretó la mano con fuerza. No se le ocurría qué decir y tampoco quería interrumpirle.

Entendía lo que él sentía. A ella tampoco le gustaba que nadie se metiera con su madre, su padre o sus hermanos.

No soportaba que los demás se atrevieran a juzgar a las personas que quería, incluso cuando cometían errores.

Porque sí, todos cometían errores y, tal vez, tuviesen razón en que aún era demasiado pequeña para entender algunas cosas, pero había algo que sí sabía: su familia sería siempre su refugio, su barco en la tormenta, aunque a veces hiciera aguas por todas partes.

—Un día casi me ahogo en la playa, igual que Quique. Me alejé sin querer de la orilla y la corriente me arrastró. No tenía fuerzas para nadar de vuelta. Becca me vio y corrió hacia mí sin pensárselo. Casi morimos los dos.