CAPÍTULO #3
Silver movió la cola con más rapidez, contento de que hablasen de él.
No tenía ningún miedo y, aunque eso habría sido tranquilizador hace unos días, desde que ni se había inmutado tras la siniestra visita de Amelia, Davinia dudaba de su instinto.
Era un perro demasiado confiado y simpático.
Podría no percibir el peligro incluso teniéndolo delante del hocico.
Pero la mujer sonrió, y Davinia sintió calma, incluso una emoción parecida a la felicidad, solo que más contenida, y se relajó sin darse cuenta, como un reflejo automático.
—Debéis tener cuidado con las Serpes. Están al acecho en el resto de las grutas y llevan demasiado tiempo hambrientas.
Davinia frunció el ceño y puso cara de no entender nada, lo que provocó que aquella extraña criatura la mirase con asombro, como cuando su abuelo le mencionaba grupos de música que supuestamente eran muy famosos y no podía creer que ella jamás hubiese oído hablar de ellos.
—¿De qué mundo vienes tú, niña, que no sabes del peligro de tus enemigos?
El hada hablaba con un tono musical y dulce.
Incluso en su pregunta, donde se adivinaba una mezcla de sorpresa e indignación, su voz recordaba a las sirenas de la laguna de Nunca Jamás en la película de Peter Pan .
Ella no daba miedo, pero lo que decía sobre criaturas peligrosas y hambrientas sí que inquietaba a Davinia.
—Yo... soy de Madrid —acertó a contestar, algo abochornada.
El hada arqueó las cejas y, tras un instante, sonrió sacudiendo la cabeza con energía.
—Eso lo explica todo —dijo. Davinia no supo si debía sentirse ofendida o no, así que solo lo hizo un poco—. Las Serpes me ayudan recorriendo las grutas, impidiendo que los humanos codiciosos se acerquen. A los más imprudentes se los comen de un solo bocado antes de que puedan llegar hasta mí.
—¿Quieren cazarte? —preguntó, sin entender del todo.
Ella sonrió de nuevo y se puso en pie. Era algo más pequeña que un ser humano, pero desde luego mucho más grande que Campanilla.
—A mí no. Yo solo custodio el tesoro.
Al moverse, dirigió la mirada de Davinia y Silver hacia una montaña de monedas de oro y joyas. La luz amarilla y cálida no era la de una hoguera invisible, sino la del cuantioso tesoro que refulgía, compitiendo con el sol que brillaba fuera.
Silver pareció sorprenderse también, y abrió mucho los ojos.
—Por eso no os han visto —les explicó ella—. Vuestro corazón no es codicioso, no buscabais oro. Pero debéis iros antes de que se den cuenta. Os comerán. Aunque no queráis robar, tienen hambre, llevan años sin probar bocado.
Davinia, nerviosa, le colocó la correa a Silver, dispuesta a salir corriendo. Sin embargo, algo en las palabras del hada la hizo detenerse. Las Serpes llevaban años sin comer… lo que significaba que, antes de eso, sí habían comido algo. O a alguien .
—¿Sabes si se comieron a un hombre moreno y fuerte, hará unos tres años?
Martín Losada, el padre de Mateo . Eso explicaría que nunca hubieran encontrado su cuerpo. Un escalofrío recorrió a Davinia.
El hada la miró con extrañeza. Su expresión serena se transformó en una mueca triste, cargada de compasión.
—Creo que me preguntas por lo que hizo Maruxaina, pero no puedo ayudarte, niña. Ahora debes irte.
Un sonido sibilante surgió del agua. A Silver se le erizó el lomo y tensó el rabo, apuntando al frente. Davinia se giró para echar a correr.
—¡¿Eres un hada?! —gritó desde la entrada, donde el sol le acariciaba la espalda.
—Soy una fada . Las hadas son solo cuentos de niños — rio la pequeña mujer a lo lejos.
Silver ya estaba a salvo en la pequeña cala de arena fina. La miraba fijamente, incitándola a saltar.
—¡¿Conoces a la Marimanta?! —preguntó de nuevo alzando la voz.
El agua del río empezó a vibrar y nadie contestó. Silver ladró y se puso a dos patas, ansioso, apremiándola para que se diera prisa.
Davinia intentó esperar unos segundos, pero no había tiempo. Tomó carrerilla, ignorando el temblor en sus piernas, y saltó al otro lado para ponerse también a salvo. Silver resopló, aliviado. Si supiera hablar, seguro que le hubiera echado la bronca.
Las agujetas de los brazos, el cansancio y el calor habían quedado en el olvido.
Necesitaba hablar con Mateo, contarle su posible nueva teoría, encontrar las palabras adecuadas para no herirle, pero seguir con la investigación que había dejado de lado esos días.
No podría apartar aquella extraña historia de su mente si no la comprendía. Y Mateo tampoco.
Comprendió que lo que realmente pesaba sobre Mateo no era solo el dolor de haber perdido a su padre y a su hermana, sino la incertidumbre. Necesitaba entender qué les había ocurrido. Las personas eran así: necesitaban respuestas, aunque a veces conocer la verdad significara sufrir.
En Cotovelos, todos parecían ajenos a aquella tragedia familiar, porque olvidar era mucho más fácil, más cómodo; seguir adelante con las pequeñas redes de rutinas que tejían sus vidas les hacía sentir a salvo.
Cuando ocurría algo malo, los adultos siempre tenían prisa por cambiar de tema y hablar de otra cosa.
Pero algunos no podían olvidar. Algunos no descansaban hasta encontrar la verdad.
Maruxaina, Maruxaina, Maruxaina.
Repetía el nombre como un mantra para no olvidarlo antes de llegar a casa de Mateo.
Silver y ella corrían. El perro, impaciente por la cena; la niña con un nudo en el estómago que le revolvía las tripas.