¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO #2
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CAPÍTULO #2

Cogió aire, preparándose para lo peor. No es que fuese una dramática, como a veces decía su madre entre risas, pero había recibido suficientes malas noticias en su vida como para saber cuándo su padre estaba preocupado.

Le conocía desde que ella nació; a fin de cuentas, llevaba toda la vida descifrando sus gestos, su tono de voz y ese lenguaje no verbal que anunciaba tormenta.

—No, de trabajar estoy bien. Pero desde que os fuisteis con los abuelos estoy teniendo pesadillas muy raras —se rio, quitándole importancia—. Que os ahogáis en la playa, que os secuestran unas locas vestidas de blanco... ¡Ay, Davi! No tengas hijos, que solo dan preocupaciones.

Davinia se quedó sin aire.

De pronto, toda esa alegría, la fiesta de los días de verano, las playas, excursiones y bicicletas, se esfumaron y, en su lugar, regresaron los malos recuerdos de los primeros días.

Su padre había heredado de su abuela esa especie de sexto sentido, una intuición hiperdesarrollada.

Todos conocían las anécdotas de cuando, de niño, asustaba a la tía Sarah y al tío David porque veía espíritus.

Uno de ellos era un duende pequeño y musculoso que le perseguía hasta la cama y le sonreía con una mueca exagerada.

O el fantasma de la chica morena de rojo que se sentaba a los pies de su cama y le seguía de casa en casa, mudanza tras mudanza.

Sus viajes astrales. O las veces que notaba presencias y dejaba a todo el mundo en vela el resto de la noche.

Cuando Atom, el perro de la tía Sarah, murió, ella lloró y lloró hasta casi consumirse, y su padre le dijo, muy serio, que no se preocupase, que seguía allí, que no se había ido de su lado.

Y claro, ahora no había quien la convenciera de vender el piso de Madrid, convencida de que Atom aún estaba por ahí.

Se dio cuenta de que su familia era un poco rara.

Su abuela y su padre, tan cerca de la magia y de lo que había más allá de la muerte. Su abuelo y sus tíos, en cambio, tan escépticos, tan racionales. Aunque luego, de adultos, encendían las luces por la noche porque les daba miedo que hubiera espíritus.

Su madre no hablaba de esas cosas. No sabía si creía en ellas o no. Davinia nunca conoció a su abuelo materno, pero su madre tenía la esperanza de que él seguía en algún sitio, mirándolos con cariño y cuidando de ellos. No es que fuera religiosa, pero Davi pensaba que sí era creyente.

Ella no sabía qué pensar.

No sabía si creía en la magia, aunque había sido víctima de ella. No sabía si creía en Dios, en las historias de su padre o en la intuición de su abuela. Una parte de ella sí, la otra no. Como si estuviera atrapada entre dos mundos con reglas completamente opuestas.

Se sentía mucho más cómoda en el mundo lógico, en el racional, donde todo tenía una explicación.

Y, sin embargo, una vocecita dentro de ella asentía sin querer cada vez que su abuela fabricaba misteriosas cajas que dejaba escondidas por la casa para atraer la buena suerte.

También le pedía deseos a las estrellas fugaces o a las velas de los cumpleaños, e intentaba negociar con el universo para aprobar el dichoso examen de matemáticas.

Su cerebro le decía que todos esos cuentos de hadas y dientes de león mágicos no eran más que tonterías con las que la gente intentaba recuperar la esperanza o dar sentido a lo inexplicable.

Pero, al mismo tiempo, algo profundo, instintivo, la impulsaba a formular un deseo cada vez que veía las 11:11 en el reloj o lanzaba una moneda a la fuente grande de la plaza.

Además, era demasiada casualidad que su padre hubiese soñado justo con eso: el mar rugiente y unas meigas vestidas de blanco.

Pero las casualidades existían. Y eran mucho más creíbles que la magia, ¿no?

Esa tarde, Mateo no podía salir. No le había explicado por qué, y ella, con orgullo, se negaba a preguntar. Si él quería guardar secretos o no contarle sus cosas, perfecto. Ella podía valerse perfectamente por sí misma.

Aunque sus hermanos se habían ido a la playa con su abuelo y luego pasarían un rato en los columpios de la plaza, un plan que sonaba bastante tentador, decidió no acompañarlos. En su lugar, prefirió ayudar a su abuela a plantar fresas y tomates en la tierra que habían preparado por la mañana.

Lo habían conseguido. Ahora, la casa, de un rojo intenso con marcos blancos y tejado de pizarra, era sin duda la más bonita de todo Cotovelos.

Su abuela había dudado entre dos opciones que habían visto en internet: una en tono azul turquesa, con marcos blancos y multitud de flores fucsias en las ventanas, y la que finalmente escogieron, un tono de rojo llamado Fire Princess , para alegría de Nerea, que ahora insistía en que la llamaran « Princesa de Fuego » en honor a su castillo.

La abuela Blanca pensó que ese tono sería menos sucio y más fácil de mantener, así que todos se pusieron brocha en mano para cubrir el viejo color yema que tanto deslucía las paredes.

A ella, junto con su abuela, le había tocado subirse a la escalera y pintar las partes altas, porque sus hermanos eran demasiado pequeños y su abuelo tenía problemas de rodilla.

Pintar ahí costaba el doble… no, el triple de esfuerzo, mejor dicho y, aquella mañana, Davinia sentía unas agujetas terribles en la parte interna de los brazos, como las que debía de tener su padre cuando se pasaba la tarde levantando las enormes pesas cubiertas de polvo de la habitación de invitados y luego se quejaba durante días cada vez que tenía que coger el azúcar de la estantería más alta de la cocina.

Desde luego, ese verano se estaba poniendo más en forma que nunca.

La villa, reluciente frente al pinar de verdes oscuros y marrones, parecía una mansión sacada de un catálogo. Había merecido la pena, pensó mientras subía por el sendero que bordeaba la playa con Silver correteando a su alrededor cuando salió a darle un paseo.

Un par de kilómetros más adelante, donde ya no se veía ni a sus hermanos ni a su abuelo en la playa, comenzaba un nuevo acantilado vertical, cubierto de flores amarillas y malvas típicas de la zona.

Más abajo, una pequeña cala de arena casi blanca la tentaba con su agua cristalina, que se mecía suavemente en forma de luna creciente.

Hacía calor y el camino había sido cuesta arriba. No tenía intención de bañarse ni de nadar teniendo en cuenta que sus brazos estaban agotados, pero tal vez sí pudiera refrescarse los pies en la orilla y lavarse un poco la cara.

Silver, que parecía estar muy de acuerdo con la idea, se lanzó rocas abajo antes de que ella siquiera le hubiera contado el plan.

Debía de estar sediento. Davinia corrió tras él para asegurarse de que no intentaba apagar la sed con agua salada.

Las veces que no había logrado detenerlo, Silver había acabado vomitando un montón de baba blanca con espuma o, peor aún, haciendo unas cacas muy raras y asquerosas que Davinia prefería no tener que recoger otra vez.

Para su sorpresa, Silver no se detuvo en el agua al llegar abajo, sino que siguió corriendo a toda velocidad hasta el otro extremo de la playa. Allí, igual que en el lado frente a la casa de sus abuelos, un pequeño río de agua dulce desembocaba en el mar.

La diferencia entre ambos ríos, y entre ambas playas, estaba en la distribución de las piedras que formaban los diques rocosos.

Mientras que para acceder al río de la playa de sus abuelos no quedaba más remedio que cruzar a nado, pues una empinadísima pared de piedras afiladas bloqueaba el paso, en esta otra cala el paisaje era distinto.

La arena era más limpia, la playa más pequeña y redondeada, y el río nacía de las cuevas que se hundían en el muro escarpado.

Silver, tras beber del riachuelo de agua dulce, debió de sentirse aventurero, porque quiso explorar la cueva de donde provenía el manantial.

Saltó al otro lado sin dificultad alguna.

Davinia titubeó. Sentía que se estaba metiendo en problemas otra vez, agotando sus golpes de buena suerte.

Pero el perro desapareció en la oscuridad de la gruta, y ella no iba a abandonarlo. Jamás. Además, tenía curiosidad.

Al principio, la cueva estaba demasiado oscura para ver nada, así que sacó el móvil y activó la linterna.

Pronto, sus ojos se acostumbraron a la lobreguez y fue consciente del aire sombrío, incluso triste, que llenaba la cueva, con el suelo cubierto de piedras que se le clavaban en la fina suela de sus zapatillas de lona.

Reconoció el jadeo alegre de Silver y guiñó los ojos en dirección a la respiración del perro, hasta verlo moviendo la cola de un lado a otro, igual que cuando alguien estaba a punto de ofrecerle una de esas galletas con forma de hueso que tanto le gustaban.

Fue a su encuentro y, al llegar a su altura, la vio.

Era hermosa. Tenía el cabello largo y dorado, deshecho en bucles decorados con esas flores amarillas y malvas que ya le resultaban tan familiares.

Sus ojos eran enormes, de un color acuoso, y sonreía con amabilidad.

La piel rosada y tersa asomaba por los tirantes de un vestido largo, verde esmeralda y vaporoso.

Iba descalza y el aire a su alrededor brillaba, cargado de algo que en un principio parecía purpurina, pero que Davinia pronto entendió que eran diminutos cristales de piedra y arena, tan ligeros que flotaban.

—No debes entrar aquí, pequeña —dijo la desconocida.

No sonaba amenazadora, pero Davinia se puso en guardia al saberse descubierta.

Dio un paso al frente, donde ambas pudieran contemplarse con claridad.

La mujer, o quizá muchacha, pues Davinia no podía calcular su edad, chasqueó los dedos y, de pronto, una luz amarilla y cálida, como la de una hoguera invisible, disipó las sombras.

—Ha sido mi perro, tenía sed.