CAPÍTULO
U na mano fría sobre la espalda, pequeña, inoportuna, hizo que Davinia se revolviese del susto entre las sábanas cuando aún no había amanecido.
Bajo la sombra oscura de la noche, en la penumbra de su cuarto, donde los muebles blancos reflejaban débilmente los pálidos rayos de la luna, dos ojos brillantes y una sonrisa infantil y tétrica la habrían hecho gritar de terror de no ser porque Amelia colocó su mano derecha sobre su boca, la misma con la que le había rozado la piel desnuda y cálida de la espalda.
Con la izquierda, se llevó un dedo a los labios en un gesto claro: silencio.
Davinia contuvo el grito, pero no pudo evitar que el corazón le latiese desbocado, pidiendo auxilio. Golpeaba con tanta fuerza su caja torácica que no le habría sorprendido que sus abuelos irrumpieran en la habitación, alarmados por lo que bien podría parecer el redoble frenético de un tambor.
Sin embargo, nadie abrió la puerta. Nadie escuchaba su miedo.
Amelia, pálida y delgada, aunque no tanto como su hermana Becca, permanecía inmóvil, como si alguien hubiese pausado una película en el momento exacto en que un primer plano se volvía aterrador.
Davinia no tenía ni idea de cómo había podido entrar en casa.
Holly no había ladrado, lo cual era extraño, porque siempre lo hacía, incluso con quienes conocía.
Silver seguía dormido a los pies de la cama, hecho un ovillo, sin inmutarse por la presencia de la pequeña fantasma.
Se suponía que los animales tenían una especie de radar para detectar lo sobrenatural, pero su perro roncaba y corría en sueños, lloriqueando un poco, tal vez huyendo de los lobos.
Si Amelia era un alma atrapada entre dos mundos, como había dicho la vedoira , Davinia se preguntó qué quería de ella y por qué estaba en su dormitorio.
—Ya no quiere a Nerea —contestó Amelia a sus preguntas antes siquiera de que pudiera formularlas en voz alta—. Y tampoco quiere a Quique.
La voz del espíritu sonaba como la de cualquier niña de su edad.
No era siniestra ni reverberaba en sus oídos.
Era algo aguda y un poco nasal, nada que ver con los gruñidos guturales de la protagonista de aquella película en la que una niña poseída por el demonio bajaba las escaleras haciendo el pino puente con el cuello retorcido.
El vestido blanco acentuaba su piel traslúcida. Su pelo era largo y oscuro; sus labios, rosa pálido; sus mejillas, hundidas y sin color. Y, aun así, Davinia tenía la sensación de estar ante alguien vivo. Muy vivo.
—¿Quién no quiere a mis hermanos? —preguntó, cuando Amelia apartó al fin la mano gélida de su rostro.
—Ella —respondió, borrando su inquietante sonrisa—. La Marimanta.
La Marimanta. No la feiticeira de la que acababan de huir despavoridos, atravesando el mar a nado.
Trató de hacer memoria. Se había leído el diccionario de mitología gallega dos veces, pero eran demasiados seres y no lograba recordar con exactitud quién era esa Marimanta, aunque estaba segura de que se trataba de algún tipo de meiga .
¿Y si eran la misma persona?
Mateo podía haberse equivocado.
Sin embargo, Davinia no creía que la mujer de la playa de Ares que quiso llevarse a Nerea, la anciana que cantaba en las rocas del río al otro lado de la playa e incluso aquella de la que Amelia, viva o no, ahora la advertía, pudieran ser la misma bruja.
Sus rasgos eran demasiado distintos, sus edades, demasiado dispares.
—Entonces, ¿se rinde? ¿Ya se ha acabado todo?
Amelia abrió la boca, pero algo a través de la ventana llamó su atención. Sus ojos se humedecieron de repente, haciéndola parecer más pequeña y vulnerable; más real, más niña y menos aparición.
Davinia se incorporó de un salto y se dirigió a comprobar qué había hecho que Amelia se emocionase de aquella manera. Silver abrió los ojos y pareció sobresaltarse unos segundos, pero enseguida echó la cabeza sobre el colchón y volvió a dormirse. Vaya perro guardián más tontorrón.
Davinia caminó despacio, de espaldas a Amelia, que seguía petrificada y en silencio.
—La Marimanta, ahora te quiere a ti... —la escuchó decir justo antes de ver a Becca, que asomada desde su habitación y con la vista fija sobre ellas, sonreía con malicia como cada noche.
Davinia se giró de golpe hacia Amelia, pero ella ya no estaba.
La puerta de su cuarto permanecía abierta, aunque no había escuchado a nadie bajando por las escaleras. Cuando, después de un rato, consiguió convencer a sus piernas para moverse y pudo asomarse al pasillo, solo encontró silencio.
Los gatos, desperdigados por la casa, dormían plácidamente, con sus lomos bien peinados y sus respiraciones tranquilas, como si la visita de un alma en pena no los hubiese perturbado en absoluto.
Se despertó con la sensación de que todo había sido un sueño y casi logró convencerse de ello al bajar a la cocina.
El abuelo Enrique había puesto música de los Beatles, la abuela Blanca servía zumo de naranja y terminaba de preparar las tortitas, Quique mordisqueaba tostadas y galletas, incapaz de decidirse ante el banquete que tenía delante, con las pupilas dilatadas como cuando hablaba de Minecraft .
Nerea pintaba, masticaba y canturreaba. Los perros movían el rabo, los gatos pululaban tranquilos, desperezándose, acercándose con curiosidad a la mesa en busca de caricias.
Nadie había tenido pesadillas. Todos estaban descansados y contentos. Por un momento, Davinia olvidó la visita de Amelia, la presencia acechante de Becca y la sombra de la Marimanta.
No quería arruinarles el día. Todos parecían felices y proponían planes para pasar la jornada, comían, se reían y hablaban ruidosamente, como hacen las familias felices, porque la felicidad siempre hace ruido.
Eso era lo que más miedo le daba de la muerte y la soledad: el silencio espeso que lo envolvía todo.
Y era justo lo contrario a lo que ocurría aquella mañana en casa: movimiento, luz, el sol en lo alto, los pájaros cantando, el mar azul y brillante, tan distinto de aquel mar oscuro y amenazador en el que la noche anterior casi se habían ahogado.
Desde la enorme ventana de la cocina, las flores del jardín resplandecían.
Tal vez todo había sido un sueño. Las pesadillas de los primeros días habían sido demasiado realistas, quizás su mente le jugaba una mala pasada.
Lo que sí tenía claro era que allí ya nadie estaba cansado, triste o enfermo, y no había ni rastro de meigas ni duendes.
De repente, incluso olía a verano, a vacaciones, como si la felicidad tuviera un aroma propio que ahora impregnaba cada rincón de la casa.
Esa sensación de normalidad duró días enteros.
Fueron de excursión a sitios que Mateo conocía de memoria, convertido en una especie de guía turístico improvisado.
Sabía dónde comer, desde dónde podían ver mejor las estrellas, dónde recoger piñas y castañas en invierno, dónde avistar delfines o pájaros raros.
Conocía los usos de algunas hierbas silvestres, los platos típicos, los lugares que merecía la pena visitar: baterías militares, castillos, iglesias con encanto, parajes naturales protegidos. ..
El abuelo lo apuntaba todo en el bloc de notas del móvil y sacaba muchas fotos. La abuela fumaba menos y canturreaba más. La casa ya estaba casi terminada, salvo por el jardín y el huerto, que iban arreglando poco a poco al volver de cada salida.
Hicieron un espantapájaros entre todos. Volaron cometas. ¡Incluso subieron a un barco! Luego Davinia y Mateo desaparecían después de la comida con sus bicicletas y se sentaban en los miradores de los acantilados, cogidos de la mano, observando el cielo.
Durante días, Davinia fue una chica normal viviendo su primer amor.
Chateaba con sus amigas, pensaba en el instituto, veía televisión, daba largos paseos con su perro y hasta pintaba y grababa bailes con Nerea, que de pronto se había vuelto mucho menos fastidiosa.
Ya no la molestaba a todas horas. Jugaban juntas un rato y, cuando Davinia quería marcharse, nadie la obligaba a quedarse con ella.
Nerea tampoco se enfadaba: simplemente sonreía y se iba a hacer otra cosa.
No volvió a hablar con Quique sobre lo que ocurrió en la playa, ni con Mateo sobre la visita, real o no, de Amelia a su habitación.
Al fin pudo disfrutar de sus vacaciones y se sintió feliz, segura. Ni siquiera se asomaba ya a la ventana para comprobar si Becca seguía acechando. Como si nada hubiera ocurrido, julio pasaba ligero y divertido, tal y como debía haber sido desde el principio.
—¿Estás ayudando a los abuelos? —le preguntó su padre por teléfono. Sonaba cansado.
Seguro que esos días estaba teniendo mucho trabajo con el coche y casi no dormía.
Su padre trabajaba casi todo el día y, cuando llegaba a casa, todavía tenía mil cosas que hacer.
De las horas que le quedaban para descansar, pasaba la mitad viendo dibujos japoneses en la televisión o echando una partida a la Nintendo.
Por eso nunca regañaba a Quique por el tiempo que pasaba jugando: eran iguales y no quería llamarle la atención por algo que él también hacía.
—Sí, ya tienen la casa prácticamente lista. Solo falta un poco en el jardín. Además, nos estamos portando muy bien —añadió antes de que él pudiera preguntarlo—. ¿Tú estás muy cansado de trabajar?
Su padre titubeó antes de responder.
Seguro que iba a darle una mala noticia.
A lo mejor había discutido con Elena, o tenían que cambiarse de casa, o vender el coche, o se había peleado con su madre y debían volver antes de tiempo.
O no tenía plaza en el instituto donde querían ir sus amigas, y tendría que ir al otro, donde no conocía a casi nadie. ..