CAPÍTULO #2
Cuando llegaron, se llevaron una buena bronca.
Nerea los observaba divertida mientras terminaba un Danonino de fresa.
Incluso Silver y Holly estaban sentados obedientes en el suelo, con la cabeza baja y las orejas gachas.
Davinia no sabía si estaban asustados por el tono de las voces de sus abuelos o si se trataba de una especie de apoyo silencioso y solidario.
Los perros siempre eran los mejores amigos; no iban a abandonarlos si la abuela Blanca o el abuelo Enrique decidían amenazarles con una zapatilla, tal y como hacía su madre con su perro cada vez que se comía algo importante: libros, deberes, las deportivas nuevas o unas gafas.
—Es que estábamos jugando y no nos dimos cuenta —mintió su hermano con un descaro sorprendente.
Increíble lo que era capaz de hacer con tal de no quedarse sin sus dichosos videojuegos.
—Ah, ¿no os disteis cuenta de que es de noche? —preguntó su abuela con sorna, alargando la última letra «e».
Quique se encogió de hombros y Davinia lo miró con curiosidad. ¿Desde cuándo su hermano tenía ese supertalento para el engaño?
—Es que acabamos en el otro lado del río y no sabíamos cómo cruzarlo. Al final, nos hemos tenido que mojar —dijo, señalando su ropa empapada.
Menudo artista. Debía de haber ido planeando la jugada de camino, lo tenía todo bien atado.
Su abuela la miró fijamente a los ojos, y Davinia desvió la vista hacia Nerea.
Su abuela siempre sabía cuándo la engañaban.
Nerea, en cambio, seguía concentrada en su petit-suisse , chupando la cucharilla con deleite.
Le encantaban porque eran de color rosa y, aunque Davinia admitía que estaban buenos, le parecía una locura comer algo solo porque fuera bonito.
—¿Podemos ir a dormir? Hemos hecho mucho ejercicio jugando —preguntó a su abuelo, que solía hacer de poli bueno .
—Bueno —concedió él casi de inmediato. Luego, señaló a Davinia—, pero tú antes cámbiate la ropa por una seca y saca a Silver, que lleva toda la tarde aullando y dando vueltas por el jardín. Y de paso, lleva a Holly también, así le da un poco el aire.
Silver le llevaba piedras y palos a los pies, esperando que se los lanzara para salir disparado tras ellos y traerlos de vuelta. Pero a Davinia le pesaba todo el cuerpo, así que se limitaba a dar pequeñas patadas a los guijarros y dejar que el perro corriera a buscarlos entre la hierba.
Estaba agotada y, aun así, no sabía si sería capaz de conciliar el sueño después de todo lo que había pasado. ¿Ese era el dolor y el sufrimiento del que hablaba la cartuxeira ? ¿Era la muerte de su hermano lo que ella creyó ver en su antigua baraja?
Mateo le había dicho que las cartuxeiras nunca se equivocaban, sin embargo, acababan de salvarlo con sus propias manos.
El mar casi se los traga a los tres, y ninguno cayó presa de la feiticeira , así que…
¿significaba eso que ya había acabado todo?
¿Se daría por vencida la meiga o volvería a intentarlo?
Davinia sintió un nudo en el estómago, ese mismo nerviosismo que la invadía cuando tenía que ponerse de pie en clase para responder una pregunta, con todos mirándola, y de pronto se le olvidaban hasta las cosas que mejor se había estudiado.
Cuanto más sabía sobre aquel pueblo, menos entendía lo que estaba ocurriendo.
¿Por qué no iba nadie a poner una denuncia?
¿Por qué no salía nada en las noticias? ¿Es que solo les estaba ocurriendo a ellos?
¿Por qué? Según su abuelo, Cotovelos llevaba veinte años recibiendo gente otra vez.
No eran muchos habitantes, doscientos treinta, doscientos treinta y dos contando a sus abuelos, pero alguien, entre todas esas personas, tenía que saber algo o haber visto algo.
Trasnos, tardos, avenoiteiras, meigas, vedoiras y cartuxeiras … ¿cómo podía pasar todo aquello desapercibido? Solo Martín, el padre de Mateo, y Amelia, su hermana, parecían haber sido víctimas de la brujería y todos darle importancia.
Menos Mateo.
No hablaba del tema, pero Davinia sabía que todavía le dolía y que aún le daba vueltas.
¿Y Becca? Había algo en ella que no le cuadraba. Un misterio que ni la propia Becca ni Mateo querían contarle. ¿A dónde se marchó cuando estuvo tanto tiempo fuera? Tenía dieciséis años. No podía vivir sola ni haberse ido a la universidad.
Estaba claro que algo le ocultaban y, aunque no quería admitirlo, en el fondo le dolía que Mateo no confiara en ella.
Pero Mateo acababa de salvarlos. Se había jugado la vida lanzándose tras ellos, buceando hasta darles alcance y arrastrándolos con las pocas fuerzas que le quedaban hasta la orilla, donde se había desplomado por el esfuerzo. Si no hubiese sido por él, Quique y ella seguirían en el fondo del mar.
Se imaginó el impacto que tendría eso en su familia. En sus hermanos, Nerea y Dani. En sus padres. En sus abuelos. En sus amigos.
Se dio cuenta de que la verdadera tragedia de la vida no era morirse, sino no poder proteger a quienes amas.
Esa fue la noche en que Davinia dejó de ser una niña para siempre.