¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
53%

CAPÍTULO

D avinia nunca había corrido tanto en su vida.

Sentía los músculos de las piernas protestar con cada zancada mientras sus pies golpeaban la arena con tanta fuerza que casi esperaba ver abrirse una grieta gigante en el suelo, como las que hacía Vegeta al aterrizar furioso en esos dibujos animados que su padre seguía viendo los sábados por la mañana.

Ojalá su padre estuviera allí.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Si algo le pasaba a su hermano, no habría bolas del dragón a las que pedirles que lo resucitaran.

Aumentó la velocidad. Escuchaba las conchas crujir bajo sus deportivas y el viento silbar en sus oídos.

Casi parecía que alguien cantaba. ¿También había sirenas en ese lugar?

Estaba harta de los cuentos, de la magia, de los monstruos.

Estaba harta de las vacaciones. Solo quería volver a casa y sentirse a salvo, de una vez por todas.

El agua era fresca, pero menos fría que por las mañanas.

El sol la había templado durante todo el día.

La ropa le dificultaba avanzar y las zapatillas, de pronto, pesaban como dos bloques de hierro, arrastrándola hacia el fondo con cada brazada.

Siguió gritando, pero Quique no reaccionaba. Apenas se le veía ya la cabeza.

Con un esfuerzo titánico, Davinia gritó una vez más y se sumergió bajo las olas. Intentó nadar sin que la marea la empujara de vuelta a la orilla. Una corriente helada la envolvió por la espalda y la acercó a su hermano, que todavía estaba a varios metros de ella.

La inercia del mar cambió y Davinia agradeció que ahora las olas la mecieran en la dirección correcta, impulsándola hacia Quique, que ya se había hundido por completo. Tenía los brazos extendidos, como si intentara alcanzar a alguien que lo llamaba justo delante de él.

Pero no había nadie.

Davinia sintió un escalofrío al darse cuenta. Exacto. No había nadie, y ella había gastado casi todas sus fuerzas en llegar hasta allí. Dudó. ¿Sería capaz de arrastrar a su hermano hasta la arena, que ahora parecía estar a kilómetros de distancia?

¿Dónde estaba Mateo?

No quería morir allí, en el mar oscuro, sujetando a Quique como bien podía para mantenerlo a flote.

—¡Quique! ¡Quique, por favor, contesta! —sollozó.

Él seguía mirando al frente, sin nadar, sin luchar, sin verla.

Una ola los hundió de nuevo, y Davinia se aferró con todas sus fuerzas a la camiseta naranja de su hermano.

No podía perderlo. Si lo soltaba, no sería capaz de encontrarlo en aquella oscuridad profunda, en ese lugar donde hacía tiempo que ya no hacían pie.

Quique era como una cometa en un día de mucho viento: empeñado en volar, en irse, empujando con fuerza en dirección contraria a ella.

Bajo el agua, Davinia sintió que él tiraba con más determinación para soltarse.

Se giró hacia él, desesperada. ¿Por qué hacía aquello?

Necesitaba que la ayudara, que despertase del trance.

Les estaba llevando a la muerte, y era una muerte horrible.

En su lista de formas terribles de morir, ahogarse estaba entre los primeros puestos.

Davinia pensó en el padre de Mateo y en Amelia. En que alguien o algo se los había llevado y ahora quería hacer lo mismo con ellos.

Pero no lo iba a permitir.

La corriente los empujaba en diagonal, hacia la pared de rocas al otro lado de la playa. Si lograban agarrarse a alguna de las que sobresalían, tal vez podrían mantenerse a flote hasta que alguien los viera y los rescatara.

Solo necesitaban aguantar. Resistir un poco más.

Una nueva ola se alzó sobre sus cabezas y los lanzó hacia el fondo. Davinia sintió la arena arañarle las rodillas en medio de la oscuridad y entendió lo que iba a ocurrir: si no conseguía nadar en dirección opuesta y salir de esa corriente, el mar los estrellaría contra las rocas.

Y ninguno de los dos sobreviviría.

Durante un segundo, Davinia se planteó soltar a su hermano.

No podía salvarlo. Los brazos le dolían, apenas lograba mantener la cabeza fuera del agua para respirar. Para que Quique pudiera tomar aire, tenía que colocarse debajo de él y empujarlo hacia la superficie. Pero al hacerlo, era ella quien se hundía.

Los pulmones le ardían. Tragó agua. Perdió la orientación.

Una guerra empezó a librarse en su interior al comprender que, si quería sobrevivir, debía dejar ir a su hermano, que seguía sin reaccionar, preso de algún tipo de conjuro diabólico.

Un nudo de angustia le cerró el pecho.

Davinia cerró los ojos y tomó una última gran bocanada de aire.

No podía rendirse.

No iba a dejarle morir, no se lo perdonaría jamás. Solo necesitaba un momento para descansar.

Dejó de pelear contra el agua y trató de mantenerse a flote, aunque resultaba difícil sostener el peso inerte de Quique para que no desapareciese como la pasta de dientes deslizándose como un torbellino por el desagüe bajo el grifo abierto del lavabo.

Bajo sus dedos, la tela de su camiseta se sentía resbaladiza.

Qué lejos estaban de casa…

Y, entonces, la escuchó.

Una voz dulce, melancólica, irresistible.

Alguien cantaba una nana, y la melodía se clavó en su cerebro como un anzuelo, llenándola de calma. De luz.

Tal vez era una sirena, como esas de los cuentos de Nerea.

¿Por qué no los ayudaba?

El mar los arrastraba suavemente hacia la pared de piedras y, por primera vez, Davinia creyó que podían lograrlo. La furia del agua había cesado. El vaivén de las olas los mecía con la delicadeza de los brazos en el aire de una bailarina.

Sobre las rocas, en el extremo de la cala, donde el pequeño río Pomeiro cruzaba la arena antes de fundirse con el mar, una anciana los observaba. Sonreía con los brazos extendidos hacia ellos, mientras seguía cantando.

Para llegar hasta ella, tendrían que atravesar la bahía de lado a lado.

Davinia miró la playa en forma de «u» abierta.

Hacía solo unos días habían estado jugando allí.

Ahora, iban a morir.

El cielo se oscureció mientras el sol se ocultaba en el horizonte, como si no quisiera ver lo que estaba a punto de suceder.

Un recuerdo de cuando era pequeña le arrancó una sonrisa amarga.

Vio a sus padres en el sofá, viendo una película de terror llamada Expediente Warren .

Su padre se tapaba los ojos con las manos entreabiertas, queriendo mirar y no mirar al mismo tiempo, mientras su madre se reía de él, burlándose por ser portarse como un gallina.

Eso nunca volvería.

Davinia se sintió más mayor que nunca.

La nana de la anciana se mezcló con la tristeza que la inundó su corazón y Davinia sintió que se quedaba sin fuerzas mientras el agua la tomaba de las zapatillas y la arrastraba hacia esa oscuridad fría.

Aun así, se negó a soltar a Quique.

Y entonces, una fuerza mucho más poderosa los atrapó y tiró de los dos hacia la superficie.

Davinia notó el oxígeno llenando de nuevo sus pulmones y salió del trance.

Mateo luchaba por arrastrarlos a ella y a Quique, con gran dificultad, hasta el otro lado de la playa.

Como si el mar se hubiera enfurecido, remolinos de agua caían a su alrededor, llenos de sombras oscuras que se alargaban hacia ellos, tratando de atraparlos.

—¡Háblame! ¡No la escuches! —le gritó.

Pero Davinia no sabía qué decir, así que llamó a su hermano.

—Quique, ¿estás bien?

Empezó a bracear, intentando aliviar la carga de Mateo, y nadó con determinación por encima y por debajo de la corriente hasta que, agotados, alcanzaron la orilla, salpicada de conchas rotas y afiladas que relucían bajo el cielo, ahora ennegrecido y tachonado de estrellas.

Mateo jadeaba con fuerza, y Davinia sentía la bilis quemándole desde la boca del estómago hasta la garganta, hasta que una náusea la hizo girarse y vomitar toda el agua salada.

Se sintió mejor casi de inmediato y corrió hacia Mateo, que practicaba la respiración boca a boca sobre el cuerpo laxo y pálido de Quique.

Pasaron unos segundos interminables hasta que el niño se estremeció en pequeñas convulsiones y terminó vomitando en la arena.

Los tres se quedaron tumbados boca arriba, con los brazos y las piernas estiradas, mirando en silencio el manto de diamantes que parecían los astros, mientras recuperaban fuerzas.

El móvil de Davinia sonaba sin descanso a varios metros de allí. Sus abuelos debían de estar tremendamente preocupados. Hizo un esfuerzo por ponerse en pie, aunque las piernas aún le temblaban por el esfuerzo. Mañana iba a tener agujetas.

—Es mejor que no le digamos a nadie lo que ha pasado —dijo Quique con su vocecilla aguda una vez se recompuso del susto.

Davinia se giró hacia él, alarmada. ¿Cómo no iban a decir nada? ¿Y si hubieran muerto? ¿Por qué había atravesado el mar para acercarse a esa mujer? ¿Quién demonios era aquella señora? Desde luego, no se imaginaba así a las sirenas.

—Es una feiticeira —explicó Mateo, como si le leyera el pensamiento—. Es una meiga que suele vivir en los ríos de agua dulce, es raro verla por aquí. Canta para atraer a los niños… y hacer que se ahoguen.

Mateo tragó saliva y bajó la mirada hacia sus pies. Davinia pensó en Amelia. Tal vez la feiticeira la hubiese llamado también a ella.

—¿Solo a los niños? —preguntó entonces, evitando mencionar a su padre.

Él asintió, se sacudió la arena mojada y ayudó a Quique a ponerse en pie.

—¿Crees que si lo contamos te van a tomar por loco?

Quique los miró y suspiró hondo.

—Me ha dado bastante miedo, la verdad —admitió—, pero primero se van a preocupar y luego se van a cabrear. Me van a castigar y me voy a quedar todo el verano sin consola. Así que no, gracias. Estoy vivo y tengo que pasarme ese juego como sea.