CAPÍTULO
L os abuelos volvieron muy contentos, de la mano de Nerea, que saltaba y se reía como si nunca hubiera estado enferma. Parecía un milagro, o cosa de magia, ¡incluso la atmósfera de la casa había cambiado, como si el aire fuera mucho más ligero!
Davinia estaba tan contenta de que su hermana estuviese bien, que se ofreció a preparar el desayuno, suponiendo que sus abuelos estarían cansados después de pasar la noche en el hospital.
Mateo y Becca se habían ido muy temprano, y Quique acababa de despertarse.
Bajó las escaleras en cuanto escuchó el coche entrando en el jardín.
—¿Habéis tenido pesadillas? —preguntó la abuela, con más que simple curiosidad.
Lo cierto era que los dos habían dormido profundamente. Davinia no recordaba con qué había soñado, pero estaba segura de que no había sido nada parecido a los terribles delirios de los últimos días.
Al llevar la botella de zumo de naranja y el tarro de galletas a la mesa, Davinia se fijó en una especie de cuerno que sobresalía del bolso que su abuela había dejado descuidadamente sobre la silla.
Hizo una foto con disimulo. Estaba segura de haber visto algo así en la guía mitológica de su tía Sarah: un cuerno mágico de jabalí que, raspado sobre la leche, curaba a quienes sufrían dolor tras realizar un conjuro.
Miró a su abuela con interés. Era una bruja, la había pillado.
—Me he tomado un chocolate calentito y la yaya y yo hemos hecho un hechizo, y me he curado de pronto —canturreó entusiasmada Nerea, como si estuviera en uno de sus cuentos.
Su abuelo ponía caras cómicas mientras se comía las tostadas con tomate, abriendo mucho los ojos y subiendo las cejas.
—Suena a broma, pero es que ha sido así —decía mientras masticaba—. Da un poco de miedo vuestra abuela, cada vez es más bruja piruja.
Quique se reía y Nerea protestaba, mientras los abuelos se daban collejas el uno al otro. Davinia iba a decir algo cuando sonó su teléfono.
Era Mateo. Nada más ver su nombre en la pantalla, se le escapó una sonrisa. Su hermano la miró con sorna y, al intentar burlarse, un trocito de galleta con chocolate se le fue por otro lado y empezó a toser.
—Davinia también es bruja, ha hecho que me atragante —se quejó.
Sin embargo, Davinia ya estaba en su habitación, leyendo el mensaje de Mateo, y no llegó a escucharlo.
Mateo ya la estaba esperando en la puerta del jardín poco después de que terminara de comer. Le había dicho que quizá podían probar suerte con la cartuxeira , la meiga que echaba las cartas, y ver si así lograban averiguar algo.
Nerea se había quedado dormida viendo la televisión otra vez, pero Quique le había dicho que iba a acompañarla, y ahora no lo encontraba por ningún lado.
—Se ha ido a la plaza, había quedado para jugar con unos niños —le explicó su abuelo—. Lo acerqué mientras te vestías. ¿Por qué te has puesto tan guapa?
Davinia no contestó y se limitó a decir que volvería en un rato, que iba a dar un paseo por el pueblo, aunque llegaría a tiempo para la cena.
La casa de la cartuxeira estaba bastante cerca, a apenas cuatro villas de la suya, en la calle de las Vírgenes.
Desde fuera parecía una vivienda normal, igual que la de la vedoira , con flores en la entrada y un pequeño huerto donde despuntaban pimientos y varias lechugas de distintos colores: verdes, amarillas y moradas.
A Davinia le parecieron flores gigantes, parecidas a los claveles que las mujeres se ponían en Madrid por San Isidro cuando se vestían de chulapas.
Mateo golpeó la puerta con los nudillos con tanta suavidad que Davinia pensó que no los oirían y que lo mejor sería llamar al timbre. ¿Qué tenía Mateo en contra de los timbres? Justo cuando iba a pulsar el botón negro y blanco, la cartuxeira abrió la puerta de golpe, haciéndola saltar del susto.
La mujer, que parecía tener al menos doscientos años, los observó en silencio. Tenía grandes bolsas bajo los ojos y el pelo canoso recogido en un moño alto. Tras un instante, se echó a un lado y, levantando un brazo, les señaló la entrada para que pasaran.
El interior estaba repleto de estanterías con imágenes de vírgenes y crucifijos. Las paredes estaban decoradas con lienzos que retrataban mujeres vestidas de blanco danzando en corro en medio de un bosque. Un escalofrío recorrió la espalda de Davinia.
La cartuxeira se sentó a la mesa de madera maciza, donde ya tenía una baraja de cartas preparada sobre un paño granate de apariencia aterciopelada.
Los naipes llamaron la atención de Davinia: eran tres veces más grandes que las cartas normales, más numerosos y de un dorado brillante, con motivos pintados a mano sobre cartón.
Mateo dejó un colgante de oro sobre la mesa. ¿Era un pago o quizá un objeto que pertenecía a Amelia y que la meiga necesitaba para su vaticinio? Davinia no lo sabía.
La cartuxeira comenzó a barajar con la destreza de un crupier de casino. Pero allí no se jugaban dinero, sino algo mucho más importante.
—¿Conoces el tarot, niña? —le preguntó con voz ronca, como traída del más allá.
Davinia negó con la cabeza. La cartuxeira sonrió, mostrando unos dientes amarillos y ennegrecidos.
—Esta es una baraja Mamluk, los naipes más bellos y antiguos que existen. Hay muy pocos en el mundo. Se dice que vienen de Egipto —explicó la anciana mientras extraía algunas cartas de la parte superior y las volteaba sobre la mesa—. Tûmân, Jawkân, Suyûf y Dirham.
Davinia distinguió símbolos parecidos a las copas, los bastos, las espadas y los oros, aunque no eran exactamente iguales a los de las barajas que usaban en Navidad para jugar con sus tíos David y Sarah al mentiroso. Siempre ganaba su tío David, y eso que mentía fatal.
La cartuxeira recogió los naipes y los barajó de nuevo.
Luego les pidió que cortaran la baraja con la mano izquierda.
Cerró los ojos, respiró hondo y pareció entrar en trance, aunque no tanto como las videntes de los programas de madrugada, que claramente sobreactuaban para atrapar a los desesperados.
Davinia observaba los naipes, intentando asociar sus dibujos con los del tarot que había visto en otras ocasiones: los Enamorados, la Torre, el Sol.
—Sufrimiento, dolor... —la voz tétrica de la meiga hizo que Mateo y Davinia se agarraran de la mano con fuerza bajo la mesa—. Mucha tristeza. MUERTE.
La anciana abrió los ojos de golpe, dando un efecto dramático a la última palabra. Si no hubieran estado sentados, Davinia estaba segura de que ambos se habrían desmayado.
—¿Muerte? ¿De quién? —preguntó con un nudo en la garganta, pensando en Nerea.
—Es necesaria para que luego haya calma.
Mateo seguía en silencio, sin soltarle la mano. Posiblemente pensaba en su hermana o en su padre. Tal vez ya estaban muertos, o al menos desaparecidos, y la meiga hablaba del futuro.
—Os voy a dar un amuleto. Necesitáis protección, meus filliños .
Filliños significaba « niños » , y escuchar el apelativo cariñoso en labios de aquella mujer inquietó a Davinia. ¿Eran ellos quienes corrían peligro? ¿De qué debían protegerse?
La meiga les entregó una pequeña joya de color negro con forma de puño a cada uno. Davinia la tomó con curiosidad, pero cuando Mateo tocó la suya, esta se quebró en el acto.
La mujer ahogó un gritito de sorpresa. Por primera vez, parecía asustada. Le tendió otra rápidamente, y Mateo la acarició con cautela.
—Es una figa , o puñeta. Si se rompe, significa que ha absorbido el mal de quien la llevaba —les explicó—. Ahora debes enterrarla y quedarte con esta nueva. Si se te vuelve a romper, repite el proceso: entiérrala y ven a por otra.
Mateo no parecía muy convencido. Sus ojos avellana parpadeaban con nerviosismo, incapaces de disimular el miedo.
—Debéis tener cuidado —advirtió la meiga , abriendo la puerta para que se marcharan ya.
Davinia se sintió frustrada, porque aquella señora insistía en advertirles sobre un peligro, sin embargo, no decía de qué peligro se trataba.
—Ni siquiera es un trisquel, una espiral o el nudo perenne… —se quejó Mateo una vez fuera—. Y esas cartas… ¡no son ni celtas ni gallegas! Ha sido una completa pérdida de tiempo.
Davinia no sabía qué decir; verle romper el amuleto la había impresionado bastante. ¿Qué importaba la procedencia de esos objetos mágicos?
Caminaron cabizbajos y en silencio, sumidos en sus propios pensamientos, mientras el atardecer teñía el cielo de naranjas y rojos en un espectáculo de colores sin igual.
De pronto, Davinia se sintió en paz. Un nuevo presentimiento la invadió, como si su voz interior intentara convencerla de que todo iba a salir bien.
Esa voz interior se llamaba intuición, y sabía que debía confiar en ella, pues pocas veces se equivocaba. No le había fallado al principio de toda aquella aventura, cuando aún no había motivos para sospechar que algo malo ocurriría y, aun así, acertó.
Mateo le dijo que no podían hacer nada para evitar la muerte o el dolor que vaticinó la cartuxeira , porque resultaba que las predicciones de las cartuxeiras siempre se cumplían.
Davinia lo ignoró; sentía que iban a averiguar qué pasaba y que pronto podrían dejarlo atrás.
Estaba convencida, y ninguna bruja de doscientos años iba a hacerla cambiar de opinión.
Mateo le cogió la mano, cálida y algo más grande que la suya, y ella notó cómo el corazón le saltaba en el pecho, loco de contento.
Ajeno a historias de meigas y sufrimientos, él estaba embriagado de otro tipo de magia.
Se miraron furtivamente, con los ojos brillantes, y se detuvieron frente a la playa, justo antes de girar por el sendero de la derecha para volver a casa, donde ya debían de estar esperándolos para cenar.
La respiración entrecortada de Mateo tranquilizó a Davinia al darse cuenta de que él también estaba nervioso.
Sonrieron antes de juntar los labios, con los pájaros arriba, las flores abajo, el mar a la izquierda y los altos árboles a la derecha. Sin querer, Davinia pensó en los cuentos de hadas de su hermana pequeña: tal vez, después de todo, fuesen un poco verdad.
El teléfono de Davinia empezó a sonar, sobresaltándolos. Se miraron y rompieron a reír.
—Son mis abuelos. Estarán pensando dónde me he metido —dijo Davinia, alejándose un poco de él, lista para despedirse hasta el día siguiente.
Mateo asintió con los ojos entrecerrados.
—Sí, yo también me tengo que ir —contestó, dando un paso adelante, camino de su casa—. ¿Nos vemos mañana temprano, chica fresa?
No pudo dar ni dos pasos más cuando escuchó a Davinia gritar con auténtico pánico y la vio saltar la pequeña muralla de piedra, descendiendo a toda velocidad, de tres en tres, por las enormes rocas que bajaban hasta la playa.
A lo lejos, Quique avanzaba con los brazos extendidos, completamente vestido, como un sonámbulo atrapado en un trance.
No reaccionaba a los gritos desgarradores de su hermana, entrecortados por un llanto agudo y desesperado, mientras ella le suplicaba, con el miedo atenazándole la voz, que regresara.
Él seguía caminando, dejando que el agua del mar le cubriera ya por encima del pecho, decidido a no detenerse hasta desaparecer en el inmenso azul.