¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

S e habían levantado muy temprano en casa.

Nerea no solo seguía con fiebre, sino que no paraba de llorar, diciendo que una señora de pelo largo y negro intentaba cogerla en brazos en su habitación.

Que Nerea viera a Becca, o al fantasma que se le parecía, dentro de casa significaba que, o bien la fiebre le hacía delirar, o que aquella historia de brujas y enanos se estaba volviendo extremadamente peligrosa.

Sus abuelos ni siquiera habían desayunado cuando tuvieron que salir disparados con su hermana al hospital, encargándole a Davinia que cuidara de Quique y que fuera responsable. « Como si no lo fuera siempre » , pensó, algo ofendida.

Mateo no apareció por allí hasta casi las once de la mañana, y Davinia había tenido tiempo de apuntar toda la información en una libreta, igual que las que usaban los detectives. Enola Holmes al rescate. Su tía Sarah estaría orgullosa.

Ya no tenía miedo, sino una ardiente curiosidad, febril como la temperatura de Nerea. Estaba decidida a resolver aquel misterio. Iba a llegar hasta el final.

De momento, sabía que, tres años atrás, el padre de Mateo había sido dado por muerto en el mar y, poco después, su hermana pequeña, Amelia, desapareció con solo ocho años.

Había investigado en internet y, cuando un niño desaparece en circunstancias sospechosas, se considera una desaparición de riesgo.

Sin embargo, no encontró ningún titular en la prensa sobre el caso en Cotovelos, lo que resultaba sospechoso.

De hecho, le habían dado sepultura, aunque la tumba estaba vacía.

Lo dieron por hecho, detuvieron la búsqueda. Algo del todo inusual.

También sabía que la familia de Mateo había atemorizado a los vecinos lo suficiente como para convertir Cotovelos en un pueblo fantasma, relacionándolos con mitos y seres demoníacos.

No entendía qué había ocurrido con la familia de su padre ni por qué Becca parecía enferma, casi muerta.

Tampoco sabía cómo deshacerse de los enanos invisibles que habían enfermado a Nerea y estaban volviéndolos locos a todos.

—¿Nos vamos? Tu novio está fuera.

Quique la sacó de sus pensamientos. Ya estaba preparado para la excursión a casa de la vedoira , que, según lo que había averiguado Davinia en el manual que le dio su tía, era una especie de meiga capaz de ver la muerte y las desgracias del futuro. Lo que les faltaba, más desastres.

La casa no estaba demasiado lejos, pero caminaban tan despacio y en un silencio tan denso que a Davinia el trayecto se le hizo eterno.

La villa lucía varias macetas con flores y un arbusto de hortensias de diversos colores en la entrada, pero lo que de verdad captaba la atención era la colección de cactus en hileras, alineados en cada ventana y jardinera que rodeaba las paredes de color granate.

No era una casa grande, aunque sí de las más bonitas: estaba cuidada, con los marcos de las puertas pintados de blanco, el césped recortado y un colgante hecho con piedras, cuarzos y cristales que pendía sobre sus cabezas en la puerta principal y repiqueteaba alegremente con la brisa danzarina.

Mateo abrió sin necesidad de llamar al timbre, y Davinia y Quique lo siguieron en silencio. Tal vez había avisado antes de su visita.

Por dentro, parecía una casa de lo más normal, con estanterías normales, mesas normales, cuadros, fotos, televisión y todo normal. Mateo avanzó por el pasillo con la seguridad de quien ya conoce el lugar, sin preguntar si podían pasar, hasta que se detuvo ante una de las habitaciones.

Davinia casi se cae de espaldas al llegar a la puerta.

Había velas por todas partes, escobas, tarros llenos de tierra y hierbas, de las cuales solo reconoció el laurel porque le encantaba echarlo en los macarrones a puñados.

Había fotos en blanco y negro de mujeres vestidas de blanco, con largos cabellos, una enorme mesa de madera y mármol en el centro y un olor extraño, no exactamente a incienso, pero definitivamente peculiar.

—¿Hemos venido a la casa de una bruja?

La voz de Quique sonó más aguda de lo habitual.

Davinia miró a Mateo con expresión interrogante, aunque él no se molestó en contestar, concentrado en la cortina de flecos que empezó a moverse.

Una mano atravesó las hileras de cuentas de madera, abriéndose paso.

A Davinia se le encogió el estómago. Se preguntó si alguien podía sufrir un infarto a los doce años.

Pero la mujer que se asomó no se parecía en nada a una bruja. Al menos, no a una bruja malvada. Al contrario, era delgada, sonriente, con una cascada de cabello rojizo sobre los hombros y unos enormes ojos verdes que centelleaban desde lejos; tan guapa que parecía un hada, o una princesa.

Davinia se acordó de Nerea y apretó los puños.

—Hola, Mateo, hace mucho tiempo que no te veo. ¡Cuánto has crecido! Y qué guapiño estás.

Mateo seguía sin hablar, pero Davinia notó cómo el tono cariñoso de la mujer conseguía atravesar la coraza del chico. Su expresión se relajó ligeramente.

—¿Tú sabes dónde está Amelia?

La mujer pareció sorprendida. No demasiado, como si no esperara que Mateo fuera tan directo, pero sí la pregunta en sí, una que habían tardado mucho en hacerle y que ella se moría de ganas por contestar.

Se sentó muy despacio en la enorme mesa y colocó una mano sobre la otra. Tenía la piel pálida, muy pálida, delicada. Sus gestos eran lentos, como si, en lugar de moverse, flotara. Mirarla resultaba hipnótico. Davinia y Quique se quedaron en trance.

—Está conectando con el más allá —explicó Mateo, como si aquello tuviera algún sentido.

Davinia la observó atentamente. Respiraba con los ojos cerrados, llenando los pulmones del todo y dejando escapar el aire muy despacio. Aunque las cortinas estaban echadas casi por completo, desde algún sitio un rayo de luz caía sobre ella.

Tardó un buen rato en volver a abrir los ojos y, cuando lo hizo, las lágrimas se precipitaron por sus mejillas.

—¿Qué? —preguntó Mateo, nervioso—. ¿Está... está en el infierno?

Quique apretó la mano de Davinia con mucha fuerza. Ella tampoco daba crédito a lo que acababa de escuchar.

Miró a la mujer, que sollozaba en silencio, hermosa y temible, todo a la vez, mientras sacudía la cabeza en señal de negación.

—No. Tampoco ha ido al cielo —contestó tragando saliva—. Mateo, tu hermana sigue viva.

Davinia dejó escapar un bufido. Pues vaya novedad, ¡eso no aclaraba nada! Lo que necesitaban saber era quién la tenía atrapada y por qué nadie la buscaba.

¿Qué clase de madre daba por muertos a su hija y a su marido a la primera de cambio, con tanta prisa? La misma que tampoco busca a sus hermanas desaparecidas, ¿y si estaba detrás de todo aquello también?

El supuesto fantasma se parecía mucho a Becca, y Davinia nunca había visto a la madre de Mateo. Ni una sola vez desde que llegó.

Las piezas empezaron a encajar de golpe.

Nadie había buscado a Amelia porque Amelia seguía con su madre. Pero entonces... ¿por qué el nicho en el cementerio? Y si Amelia estaba viva, ¿por qué la mujer de pelo rojo lloraba así, mirando a Mateo con esa tristeza infinita?

Mateo no hizo más preguntas. Sorbió por la nariz, dio media vuelta y salió de la casa sin preocuparse por si Davinia o Quique lo seguían.

Pero lo hicieron.

Claro que lo hicieron.

Davinia estaba totalmente fuera de sí, no entendía que hubiesen ido allí solo para que les dijeran algo que ya sabían y que, además, él no hubiera preguntado lo más importante.

Ya no le importaba herir sus sentimientos, necesitaba que él le dijese la verdad, así que ignoró sus lágrimas y le preguntó con impaciencia lo que ya temía:

—¿Quién tiene a Amelia, Mateo? Tú lo sabes, ¿verdad que sí?

Cuando llegaron a casa, los gatos estaban desperdigados por el salón y la cocina, a sus anchas, como en el antiguo piso antes del traslado a Cotovelos.

Ya no se movían en bandada, no tenían el lomo erizado ni maullaban desesperados a puntos invisibles de la pared.

Bostezaban, olisqueaban y curioseaban por las estanterías y los sofás, simplemente haciendo el gato.

Holly y Silver entraron con ellos hasta la cocina después de recibirlos efusivamente en el jardín.

Parecían contentos también, incluso Holly, lo cual era raro, porque siempre que la abuela Blanca salía de casa, se ponía triste y nerviosa hasta que ella volvía.

Esta vez no. Parecían haber estado jugando y se lanzaron a la fuente de agua y al pienso con voracidad.

Davinia pensó que en todos los días que llevaban allí no había visto comer a ninguno de los animales, así que tal vez aquellos malditos enanos mágicos se habían marchado definitivamente y todo había vuelto a la normalidad.

Mateo no había contestado a la pregunta sobre el paradero de Amelia, y Davinia estaba algo molesta. A pesar de esa manía de los gallegos de no responder preguntas directas, no quería volver a discutir, así que decidió en el camino de vuelta resolver el misterio ella sola, sin ayuda de nadie.

Tenía su libreta con las pistas, el manual con las historias de los seres mitológicos y tenía internet. No necesitaba más. Estaba más que preparada para descubrir todos los secretos.

Se acercó a las alacenas buscando algo que hacer de comer y trató de alcanzar el paquete de espaguetis del segundo estante, rozándolo con los dedos.

Mateo lo bajó sin problema; le sacaba media cabeza en altura y se lo tendió sin soltarlo cuando ella lo cogió.

—¿Te quedas a comer? —preguntó Davinia con indiferencia.

Él iba a responder cuando llamaron a la puerta.

Silver y Holly se pusieron a ladrar y saltar como locos hasta que Quique consiguió abrir entre ellos.

Era Becca. Llevaba unos vaqueros y una camiseta azul oscura, y se había recogido el pelo en una larga trenza azabache.

Casi parecía una chica normal, de no estar tan pálida y delgada y con esas ojeras. ..

—¿Puedo comer con vosotros?

Quique miró a Davinia, que miró a Mateo, que dijo que sí sin preguntar mientras rebuscaba una olla en los armarios.

«Esto es el colmo», pensó Davinia, indignada, sin decir una palabra.

La comida fue más agradable de lo esperado.

Hablaron de cosas triviales: los puntos de interés del pueblo, sitios nuevos por descubrir, dónde soplaba fuerte el viento para volar cometas, dónde se veían estrellas fugaces casi cada noche, qué programas veían en televisión, videojuegos y otras cosas que podrían haber surgido en la conversación de cualquier niño, en cualquier casa, en cualquier parte del mundo, menos allí.

—¿Te has intentado llevar a mi hermana, Becca? —soltó Davinia, incapaz de fingir más.

El ruido de los cubiertos cesó. De pronto, ya no estaban jugando a ser niños normales en una comida de vacaciones normal.

Becca la miró de frente.

—¿Os han hablado ya de la Marimanta?

Davinia asintió. Venía en el diccionario mágico que le había dejado su tía: una meiga que secuestraba niños y los hacía desaparecer.

Pero ya estaba harta de tantas tonterías. No creía en brujas ni en magia. Alguien había hecho desaparecer a Amelia y ahora iba a por Nerea.

—Yo tampoco creo en las meigas ni en nada —dijo Becca con tristeza—. Pero alguien está empeñado en que lo hagamos. Y ese alguien se llevó a mi hermana hace tres años.

—¿Por qué no la buscasteis? —preguntó Davinia, desafiante. Al menos Becca hablaba claro.

Mateo se removió en el asiento, visiblemente incómodo. Quique escuchaba sin entender nada, y Silver y Holly movían el rabo con la esperanza de que alguien les diera algo de comida.

—Nosotros sí que la buscamos —Becca señaló a Mateo—. Hicimos todo lo que pudimos. Amelia es mi hermana pequeña. ¿Crees que me quedé de brazos cruzados?

—Dice que eras muy mala con ella y que te odia —interrumpió Quique—. Nos dijo que la que se había muerto eras tú.

Becca soltó una carcajada, sin embargo, nadie más se rio con ella. El ambiente se volvió tan denso que costaba moverse.

El teléfono de Davinia empezó a sonar, haciendo que todos diesen un brinco en sus sillas. Era su abuelo. Tenían que quedarse a pasar la noche en el hospital con Nerea, que parecía estar ya mejor, pero debía permanecer en observación para asegurarse.

—La hermana de Mateo está con nosotros, tiene dieciséis años, no te preocupes, yayo —respondió para tranquilizarlo.

Al fin, una buena noticia. Nerea se recuperaba. Quique y Davinia se sonrieron con complicidad.

Mateo intentó tomarle la mano, pero ella lo evitó.

—Oye, a ti te gusta mi hermana, ¿a que sí?

Davinia dio un respingo. Su hermano miraba fijamente a Mateo, que se puso colorado.

—Eh... sí, me gusta mucho —balbuceó él.

Davinia se sonrojó también. Eso sí que no se lo esperaba.

—Pues cuidadito, ¿eh? Que si le haces daño te la cargas, chaval —amenazó Quique con su voz de pito.

Mateo y Quique se habían ido al salón a jugar a videojuegos y, al final, se quedaron dormidos.

Por fin se podía conciliar el sueño en aquella casa donde ahora todos roncaban: su hermano, Mateo, los gatos, Holly y Silver.

Solo Becca y Davinia seguían despiertas, en el otro sofá, con demasiadas cosas en las que pensar.

—Estaba convencida de que mi hermana era un fastidio —confesó Becca—. Es que soy cinco años mayor y ella quería estar conmigo a todas horas, ¿sabes? Cogía mi ropa, mi colonia, mis cosas... Llamaba a mis amigas por teléfono, me robaba el móvil y me perseguía a todas partes. No me dejaba respirar...

Davinia sabía de qué hablaba, pero no pensaba bajar la guardia. Todavía no confiaba en esa chica y, desde luego, no iba a hacerse amiga suya.

—No pensé que fuera a pasarle nada —Becca contuvo el llanto, que amenazaba con desbordarse como si sus ojos fuesen dos bañeras a punto de rebosar—.

Pero mi madre empezó a llenarle la cabeza de locuras y tonterías suyas.

Yo me llevaba fatal con ella, y como no creía en ninguna de esas idioteces de magia negra, magia blanca y tradiciones estúpidas, fue a por Amelia, que tenía solo ocho años y se creía cualquier cosa. La echo tanto de menos...

Davinia sintió que se le encogía el corazón. Ella también había pensado que su hermana era un fastidio. Se chivaba de todo, le quitaba cosas sin permiso, la perseguía a todas partes. Pero era su fastidio, y tampoco quería que le pasara nada malo.

Había pasado mucho miedo viéndola tan enferma, más del que jamás habría imaginado. Si una semana atrás alguien le hubiera preguntado si la quería, habría respondido con un «no» rotundo. O quizá no tan rotundo, pero, desde luego, nunca habría pensado que pudiera quererla tanto.

Menos mal que Nerea estaba mejor y que, al día siguiente, volvería a casa. Davinia se sorprendió al darse cuenta de las ganas que tenía de verla.