CAPÍTULO #2
Quique no tenía ningún tacto. Davinia apretó los dientes y miró de reojo a Mateo, que sonrió ampliamente y se llevó la mano izquierda a la nuca, en ese gesto que tanto le gustaba a ella.
—Perdona, es que no sé cómo decirte esto, pero... —En serio, no tenía ni idea de cómo hacerlo—. Es que Quique conoció a una niña en el parque, y le dijo que se llamaba Amelia...
Mateo frunció el ceño y su expresión cambió. No parecía sorprendido. Davinia tenía cada vez más claro que él sabía lo que estaba pasando y empezó a perder la paciencia. Debería haberla avisado. Por su culpa, ahora Nerea estaba enferma.
—Mira, Mateo —siguió con rudeza—. Esa niña que se llama Amelia va de la mano de una mujer de pelo negro y piel muy pálida, está muy delgada y se parece mucho a tu hermana Becca, que no deja de mirarnos fijamente por la ventana desde que llegamos.
Y, por cierto, Amelia —que no sé si será tu hermana o una niña loca que se hace pasar por ella— nos contó que era malvada y que murió hace tres años.
—¿Quién dijo Amelia que murió? —preguntó Mateo sin inmutarse.
—Pues tu hermana Becca. Dijo que se volvió malvada y que luego murió.
Y, la verdad, no sé si está muerta, pero parece un fantasma.
En cualquier caso, no deja de espiarnos por la ventana —resopló Davinia, un tanto nerviosa—.
Mi hermana está enferma y con fiebre, por culpa del trasno, del tardo o del tangomango , o lo que sea que viva en esta casa y que tiene a los gatos asustados.
Y la mujer que estaba con Amelia en el cementerio intentó secuestrarla cuando fuimos a la playa de Ares.
Luego lo intentó otra vez en el parque de la plaza.
Repito que no sé si será tu hermana Becca o no, pero ya te digo yo que se parecen mucho.
Mateo se dejó caer sobre la arena, mirando al mar. Inspiró hondo y pareció profundamente triste y derrotado.
Davinia apartó la vista. No iba a manipularla ni a darle lástima. Necesitaba respuestas, y las necesitaba ya.
—Ya os habréis dado cuenta de que Cotovelos no es un pueblo muy normal que digamos —dijo casi en un susurro.
Davinia tuvo que acercarse para asegurarse de poder oírle bien—.
Hace muchos, muchos años sí que lo fue. No era muy grande, pero todas las casas estaban ocupadas por familias que trabajaban y vivían como en cualquier otro lugar.
Entonces llegó mi familia que, por desgracia, no es una familia común.
Según les explicó, sus abuelos llegaron a Cotovelos expulsados de su anterior hogar.
Las malas lenguas decían que eran adoradores del diablo, y todo el mundo los temía.
Tuvieron nueve hijas; los dos únicos hijos varones que engendraron murieron.
Vivían apartados del resto, casi en el bosque, y celebraban fiestas en las que se vestían de blanco y danzaban alrededor de una hoguera.
Se decía que habían traído el mal con ellos, porque, poco después de su llegada, comenzaron a ocurrir cosas extrañas.
Cotovelos se llenó de cuervos, la gente tenía pesadillas y algunos afirmaban haberse cruzado con diantres , una especie de duendes que se aparecen en los caminos para ofrecer ayuda y luego cobrar el favor con algo terrible.
Incluso hubo quienes aseguraron haber escuchado los ladridos de Urco, el perro del Alén, el infierno en el que creían los lugareños.
Poco a poco, las familias comenzaron a marcharse.
Las nueve hijas de los abuelos de Mateo tenían fama de meigas . Cinco de ellas se casaron. Muchas desaparecieron y nadie preguntó por ellas.
Su madre fue una de las cinco que sí contrajeron matrimonio.
La familia de su padre era escéptica; no creía en la magia ni en habladurías.
Trabajaban como pescadores y marineros y no participaban en los corrillos que demonizaban a la familia de su madre.
Por eso, nunca se interpusieron en la relación entre ellos, que se casaron y tuvieron tres hijos: su hermana Becca, de dieciséis años; él mismo, que ahora tenía trece; y Amelia, que debería haber cumplido los once.
Pero Amelia desapareció poco después de la muerte de su padre en el mar.
—¿Tu padre se ahogó? —preguntó Quique, atento a la historia.
Mateo negó con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—No, mi padre no murió. Y Amelia tampoco —dijo enigmáticamente.
Davinia se giró hacia su hermano, que le devolvió la mirada, perplejo. Ambos habían visto los nichos en el cementerio con sus nombres: el de su padre y el de su hermana. ¿Cómo no iban a estar muertos?
—Explícate —pidió Davinia, impaciente. No quería ser dura, pero parte del problema con esa historia era que nadie hablaba claro.
Hablar hasta encontrar la verdad, siempre.
Mateo se encogió de hombros, abatido. Parecía buscar respuestas en su cabeza, igual que cuando una página de internet tarda en cargar y el cursor da vueltas sin cesar. Cuando hay demasiada información, es necesario liberar espacio; si no, la mente puede colapsar, igual que un navegador web .
—Yo tampoco lo entiendo bien, chica fresa.
Solo sé que mi hermana desapareció y nunca volvió a casa.
Algunos dicen haberla visto, pero en este pueblo todos hablan de espíritus y fantasmas.
Mi madre quiso celebrar un funeral por los dos, para despedirse.
Aquí no hay policía, todos nos conocemos y, al final, se hace lo que quiere la mayoría.
Y adivina qué: de los que viven en el pueblo. ..
—Casi todos son familia de tu madre —terminó la frase Davinia. Su voz sonó más áspera de lo que pretendía—. ¿Entonces tu hermana está viva y nadie la busca?
Los tres se quedaron en silencio, mirando el horizonte. Davinia sabía que Mateo no estaba contándole todo. Había demasiadas piezas que no encajaban en esa historia absurda. Aun así, decidió no insistir por el momento.
Tenía que repasar toda la información, usar la lógica, no dejar que el miedo nublara su juicio.
—¿Nos vamos a casa a cenar, Davi? —Quique se puso en pie y se sacudió la arena del bañador. Davinia pensó que todo aquello también era demasiado para su hermano.
—Sí, vamos a ver qué tal está Nerea.
Mateo los acompañó hasta la puerta en silencio.
Dejaron que Quique entrara en casa; la luz de la cocina estaba encendida, y seguro que sus abuelos ya habían puesto la mesa.
Sin darse cuenta, se les había hecho casi las diez de la noche.
Aun así, el cielo seguía azul. Al sol le quedaba casi una hora antes de desaparecer por completo, resistiéndose a irse a dormir, como un niño pequeño que lucha contra el sueño para no ir a la cama.
—Mañana podemos ir a ver a la vedoira . Ella sabrá dónde está Amelia.
Davinia decidió no preguntar quién era esa tal vedoira ni por qué nadie había ido a verla en los tres años que Amelia llevaba desaparecida. Si de verdad podía ayudar, ¿por qué no lo habían hecho antes?
Estaba agotada, confundida. Y, por encima de todo, quería saber cómo se encontraba Nerea.
Asintió, encogiéndose de hombros.
—Como tú quieras —respondió, soltándole la mano, que, de pronto, ya no le parecía tan cálida.