¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

C uando llegaron a casa, su abuelo ya estaba allí esperándolos y parecía muy triste. Les explicó que Nerea tenía mucha fiebre y habían tenido que darle una medicina para que se pusiera bien. Ahora debía dormir para recuperarse.

No entendían cómo había podido enfermarse, y el médico tampoco había sabido explicarlo. Les pidió que no hicieran ruido. La abuela Blanca estaba en la habitación con su hermana, y todos necesitaban descansar un poco.

Davinia estaba de acuerdo, pero ¿cómo iban a descansar sabiendo que el fantasma de Amelia se les acababa de aparecer junto a esa siniestra figura empeñada en llevarse a Nerea? No estaba loca, su hermano había visto lo mismo que ella.

—¿Puedo dormir contigo, Davi? —preguntó Quique, todavía asustado.

Normal, ella también lo estaba.

—Claro, voy a quedarme un rato con Silver en el jardín y ahora subo. Ve yendo a mi cuarto.

Todavía no se había recuperado del susto como para meterse en la cama a dormirse una siesta.

El sol seguía tiñendo el cielo de naranjas y rosados, como los pinceles manchados de acuarela en los vasos llenos de agua.

Eso era lo que más le gustaba de pintar: ver cómo los colores dibujaban nubes y remolinos de arcoíris luminosos cuando las cerdas empapadas de pintura tocaban el fondo de vidrio.

No iba a poder pegar ojo. A pesar de la mala noche anterior y el sueño acumulado, la adrenalina y la preocupación no la dejarían descansar.

Ni siquiera eran las dos de la tarde y aún faltaban ocho largas horas para que anocheciera.

Silver tampoco parecía entusiasmado con la idea de encerrarse en casa tan temprano, y además tenía hambre.

Al menos el miedo no le había quitado el apetito.

Sería verdad lo que todos decían: que estaba creciendo y necesitaba combustible.

Entró en la cocina con la idea de preparar unos bocadillos y entonces vio la ropa que habían dejado de regalo al trasno tirada en el suelo, con el lazo deshecho.

Recordó lo que le había dicho Mateo: que tal vez las pesadillas no eran culpa del duende, sino de algo mucho peor.

Pero ¿cómo se libraba uno de un tardo? ¿Cuál de los dos seres había aceptado el regalo y, por fin, abandonado la casa?

—¿No subes? —preguntó Quique desde las escaleras.

Davinia cogió su teléfono. Tal vez internet le diera alguna pista.

Abrió la nevera mientras pensaba en sus opciones y sacó un paquete de lonchas de queso y una botella de agua fría.

—¿Prefieres comer algo y luego ir a la playa con Silver? Yo no voy a poder dormir, y él tampoco —contestó señalando a su perro, que aulló en señal de acuerdo.

Quique asintió y se sentó a la mesa, listo para preparar los sándwiches con el pan que su hermana había dejado en el centro.

—¿Comemos aquí o en la playa?

Davinia prefirió hacerlo fuera. No se sentía cómoda dentro de la casa, no hasta que descubriera cómo librarse de esos malditos enanos que los estaban volviendo locos a todos.

Subió rápidamente a su habitación para ponerse el bañador y, antes de salir, miró por la ventana.

Becca seguía allí. Quieta. Observando.

Davinia estaba tan acostumbrada a verla que casi le hubiera asustado más que, de pronto, no estuviera; acechante como siempre. Al menos así la tenía localizada.

¿Por qué estaba tan delgada? ¿Y tan pálida?

¿Y tan... cadavérica?

Se aseguró de que el móvil tuviera suficiente batería, cogió las llaves, los bocadillos, el agua, la correa de Silver y llamó a su hermano.

Ni rastro de Holly, que estaría arriba durmiendo con su abuela y Nerea, ni de los gatos, que seguramente montaban guardia en la puerta.

Su abuelo también se había metido en su habitación.

La casa estaba silenciosa, vacía y, por algún motivo, Davinia sintió que de ella dependía que nada malo ocurriera. Como si al igual que Harry Potter hubiera sido la elegida para librar algún tipo de batalla épica.

Suerte que a ella le gustaba más Hermione. Al fin y al cabo, era la que siempre resolvía todo.

Su hermano se entretenía solo en la orilla con las cientos de conchas esparcidas por allí, seleccionando cuáles seguían enteras para devolverlas al mar, por si aún podían servir de hogar a alguna criatura marina.

Apenas había hablado con ella, y Davinia no sabía cómo tranquilizarlo, porque estaba claro que tenía miedo y no entendía lo que estaba ocurriendo.

Ella tampoco. Sin embargo, había descubierto un par de cosas en internet.

Con la de pegas que le habían puesto para comprarle un móvil, y ahora allí estaba, salvando a su familia gracias a él.

Resultaba que los trasnos y los tardos eran dos tipos de enanos parecidos, pero no iguales.

Los trasnos , efectivamente, eran espíritus de la noche, muy traviesos, dedicados a pequeñas fechorías como esconder objetos y romper vajillas.

No eran peligrosos y podían adoptar formas corpóreas o incorpóreas, como el viento, un rayo de luna o un perro abandonado.

Para ahuyentarlos, solo había que dejarles cada noche un montón de legumbres o semillas esparcidas por el suelo, así se entretenían contándolas y ordenándolas hasta que se aburrían y, al fin, decidían marcharse.

El tardo era otra historia. Era un genio malvado, un enano sádico y barbudo que se sentaba sobre el pecho de las personas mientras estas dormían para causarles dolor y pesadillas.

A él había que dejarle las semillas en un cuenco, y solo sabía contar hasta cien.

Una vez alcanzaba esa cifra, debía empezar de nuevo, una y otra vez, y así hasta el amanecer, cuando los primeros rayos del sol lo obligaban a huir a su refugio.

Pero Nerea no solo tenía pesadillas como los demás, sino que además estaba enferma, y eso tal vez fuese cosa de otro tipo de duende: el tangomango .

Tangaraños , canouros , rabenos , sacaúntos .

.. Había cientos de seres desconocidos tratados como meras leyendas antiguas, campando a sus anchas en aquel pueblo pequeño y encantador.

Ahora entendía por qué se había quedado sin habitantes.

Y eso sin mencionar a las meigas , los lobos y todo lo que aún ignoraba.

A su tía Sarah le encantaba la mitología griega.

Con suerte, tal vez ella pudiese ayudarla, así que le envió un mensaje vago, sin detalles, preguntándole distraídamente si sabía algo sobre historias gallegas.

Ella llevaba años viviendo allí porque su marido, Breogán, que tenía el nombre de un rey celta, había nacido en una parroquia de una aldea de un municipio de la ciudad de Coruña.

Qué lío. Su hermano tenía razón: estaban locos estos gallegos.

Los carteros debían cobrar mucho dinero por entender las direcciones.

Su tía contestó enseguida:

—Sí, es una mitología muy bonita. Hice una guía recopilando toda la información que encontré. ¿Quieres que te la pase en un PDF?

No, lo que quería era que Mateo le explicase todo aquello, que le contara lo que estaba sucediendo, que la dejara hablarle de Amelia, de lo que alguien muy parecido a Becca le estaba haciendo a su hermana pequeña. Sacar a los duendes. Limpiar la casa de magia. Dormir un poco.

Se suponía que había ido a relajarse con sus abuelos, a pensar en el nuevo curso en el instituto, a tomar el sol, a patinar y a comer bizcocho de yogur.

Pero aquel verano estaba siendo una auténtica catástrofe.

La verdad, estaba empezando a hartarse de esa sensación de angustia, de no entender nada de lo que pasaba a su alrededor.

Notaba cómo el enfado iba apoderándose poco a poco de ella.

Nadie iba a hacer daño a sus hermanos. Y nadie, nadie, iba a arruinarle las vacaciones.

El miedo estaba dando paso a la ira. Se iban a enterar todos esos monstruos, ¡habían elegido meterse con la preadolescente equivocada!

La guía que su tía le había mandado en menos de cinco minutos era muy práctica, casi como un diccionario mágico que explicaba qué era cada cosa, qué hacía y si había alguna forma de combatirla.

Sin embargo, después de un rato hojeándola, se dio cuenta de que, aunque para entretenerse un rato estaba bien, nada de lo que decía servía para cambiar las cosas.

La tarde pasó muy rápido. Se habían bañado, construido un castillo de arena, echado unas carreras, tomado el sol y escalado las rocas cubiertas de pequeños moluscos incrustados, simulando que estaban en otro planeta.

Y, en realidad, así se sentía ella. Como si hubiese aterrizado en un sitio muy, pero que muy lejos de su casa y de su vida de siempre.

—¿Me quiere matar?

La pregunta de Quique la pilló desprevenida.

—Es una niña, quiere jugar —respondió, aunque sin creérselo del todo—. Necesitamos averiguar quién es la mujer de blanco que la lleva de la mano.

—Seguro que la asesinó ella.

Su hermano le pareció más pequeño que nunca.

Era extraño: solo le llevaba dos años, pero cuando pensaba en sí misma a su edad, se veía mucho mayor, mucho más fuerte.

En el colegio ocurría lo mismo cada vez que cambiaba de curso.

Por ejemplo, acababa de terminar sexto, y cuando veía a los de quinto, le parecían tremendamente infantiles, mucho más que ella y sus compañeros cuando estaban en quinto, como si nunca hubiesen sido tan pequeños como ellos.

Además, con Quique y Nerea se sentía en la obligación de protegerlos. La diferencia de dos años con Quique, o de seis con Nerea, a veces parecía un abismo.

De pronto, una mano la agarró del hombro y la giró.

—Mateo...

Mateo la miraba con tristeza. Sin embargo, la furia de la noche anterior había desaparecido por completo. Parecía llegar en son de paz, y Davinia sintió que su propia ira se deshacía bajo el sol que ya comenzaba a hundirse en el remolino azul oscuro del horizonte.

—Quería hablar contigo y pedirte disculpas —empezó él—. Lo de mi hermana es un tema que todavía me afecta mucho.

—¿Qué hermana de las dos?