¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
39%

CAPÍTULO

N adie pegó ojo aquella noche. Quique se había hecho pis dos veces y Nerea pasó la noche con fiebre. Los animales seguían despavoridos, nerviosos, y alguien se había dedicado a abrir y cerrar las puertas de todas las habitaciones con fuerza.

Davinia pensó que ni los garbanzos por el suelo ni la ropa de regalo habían sido suficientes para echar al trasno . Sin embargo, después de la discusión con Mateo y lo que este le había revelado, no sabía qué más hacer ni a quién pedir consejo.

Se sentía cansada, asustada y triste. Becca no era ningún fantasma. Tenía dieciséis años, tres más que Mateo, y, salvo una temporada en la que tuvo que irse a vivir fuera, nunca, o casi nunca, había abandonado su casa.

La hermana de Mateo, a quien todos daban por muerta, no era Becca, sino Amelia. Tres años atrás, Amelia desapareció sin dejar rastro, justo después de que su padre falleciera en el mar.

Mateo no quiso seguir hablando del tema y terminó por echarla de su casa, reprochándole que había faltado a su promesa de no hacer preguntas sobre su familia.

Lo que había ocurrido en su hogar no era asunto de nadie, tampoco suyo, y no entendía a qué venía que ella trepara hasta su cuarto a husmear.

No pudo explicarle lo que le había ocurrido a Nerea, ni que su hermano Quique jugaba con una niña llamada Amelia que, seguramente, fuese su hermana. Tampoco pudo pedirle disculpas ni decirle nada más.

Davinia corrió a encerrarse en su cuarto, donde tampoco pudo llorar ni desahogarse porque los gatos, los perros, Nerea y Quique la tuvieron ocupada toda la noche.

Cuando por fin se levantaron todos, ya bien entrada la mañana, la abuela Blanca y el abuelo Enrique decidieron llevar al médico a Nerea.

Se quejaba de un fuerte dolor en el pecho y aún tenía algo de fiebre.

Dejaron a Davinia a cargo de la casa y de su hermano, que mordisqueaba un trozo de tostada con mantequilla empapada en cacao caliente con la mirada perdida en la pared de la cocina.

Era el único con ganas de comer algo, aunque no parecía disfrutarlo en absoluto.

—Quique, te tengo que contar una cosa, y creo que vas a pensar que estoy loca.

Su hermano dejó de masticar y la miró con curiosidad.

—Mateo me ha dicho que quien murió no fue su hermana Becca —continuó—, sino Amelia...

Él no se movió ni para parpadear. Se quedó en silencio mientras Davinia, impaciente, esperaba su reacción. ¿Estaba loca?

Entonces, Quique soltó una carcajada y negó con la cabeza antes de volver a sumergir el trozo de pan en el chocolate. Resopló, divertido:

—Pero ¿qué dices? Si la he visto y he hablado con ella. ¿Acaso crees que he jugado con un fantasma y no me he dado cuenta? ¿Soy tonto o qué?

Davinia no supo qué responder. Desde luego, la historia era bastante increíble.

¿Y si el que se había vuelto loco era Mateo?

Le había llenado la cabeza de mitos, leyendas, de tonterías sobre meigas , hadas y duendes traviesos que se ofendían al recibir ropa de regalo.

.. Pero su hermana estaba enferma. Aquella noche hubo ruidos y jaleo.

Aunque, seguro que habían sido los gatos, enfadados por el cambio de hábitat.

No parecía cosa de magia. O, al menos, no se había solucionado con los consejos de Mateo, por mucho que él se diera aires de experto.

Becca no estaba muerta, y Amelia tampoco. O tal vez estuviesen muertas las dos. Madre mía... ¿y si Mateo también era un fantasma? ¿Podría ser?

Davinia se puso de pie, enfadada y cansada de no entender nada de lo que estaba pasando.

—¿Qué haces? ¿Dónde vas?

—Nos vamos —contestó, señalándolos a ambos—. Tú también. Estoy harta.

Cogió el vaso de cacao y la tostada de Quique y los dejó sobre la encimera, junto al fregadero. Luego, tiró del brazo de su hermano y lo arrastró hasta la puerta.

—Pero ¿a dónde? —se quejó él.

—Al cementerio.

Llevar a su hermano, que rondaría los treinta kilos, a cuestas en la bici durante la larga subida de la calle y atravesar el pueblo no supuso un gran esfuerzo para Davinia, a pesar de las agujetas por los paseos que había estado dando con Mateo por los alrededores.

Sin embargo, al llegar a la entrada blanca del pequeño cementerio, junto a la valla de forja, sintió que se quedaba sin aire al contemplar los muros de nichos y flores que les recibían.

Quique se colocó tras ella, todavía indeciso.

—¿Tú estás segura? Porque, si quieres, te creo y así no entramos, que da un poco de miedo.

Davinia no quería reconocer que ella también estaba aterrada.

¿Y si al leer los nombres de las tumbas encontraba el de Becca?

¿Y si el nombre que veía era el de Mateo?

Había hecho muchas cábalas y se le habían ocurrido muchas teorías para explicar lo que estaba ocurriendo, pero ninguna la convencía.

Como Mateo no quería explicárselo, no le quedaba más remedio que armarse de valor e investigar por su cuenta.

Si el fantasma de Becca no estaba tratando de secuestrar a Nerea, entonces el de Amelia estaba jugando a los aviones y pilotos con Quique.

—No te preocupes, es de día, no va a pasar nada. Solo vamos a mirar el nombre de la tumba —trató de sonar decidida.

—Ya... ¿Y tenemos que mirarlas todas? ¿Cómo vamos a encontrarla rápido?

Ella también quería tardar lo menos posible allí dentro y, por suerte, sabía casi con exactitud dónde buscar.

Había visto a Mateo allí mismo hacía cuatro días, cuando aún no habían hablado ni se habían cogido de la mano.

Cuando él todavía no la había besado y nada de aquello importaba.

Sacudió la cabeza para apartar la tristeza que intentaba posarse en sus mejillas y dio el primer paso.

Quique la seguía pegado totalmente a ella, y Davinia podía notar que tiritaba de miedo.

Sin embargo, no era momento ni para la tristeza ni para ser cobardes.

En realidad, el lugar era incluso bonito.

Había césped y ramos de flores por todas partes, molinillos de colores como los que hacían en clase de artes plásticas en el colegio.

Pequeños pájaros azules y marrones revoloteaban por las piedras y cantaban, y el sol lo llenaba todo de una luz templada, serena, que transmitía paz.

En la última fila de la tercera pared, en línea recta desde la puerta, Davinia encontró lo que buscaba, justo a la altura de sus ojos.

—Martín Losada Gutiérrez, 1982-2017. Amado hijo y padre —leyó en voz alta.

Era el padre de Mateo, quien tres años atrás había sido engullido por el mar.

Qué extraño que no hubieran añadido la categoría de esposo en la lápida: « amado hijo, marido y padre » habría sido lo más correcto, ¿no?

Davinia pasó la yema de los dedos por las letras grabadas en relieve.

Justo debajo, vieron el nombre que les heló la sangre.

—Amelia Losada Abelleira, 2010-2017. Tu madre y tu hermano te recordarán siempre.

Davinia torció la boca en un gesto de extrañeza. Su madre y su hermano... ¿Y su hermana? ¿Y el resto de la familia?

¿Por qué daban por hecho que había muerto?

Si estaba desaparecida, lo lógico habría sido remover cielo y tierra hasta dar con ella.

Si Nerea se desvaneciese como por arte de magia, nadie celebraría un entierro.

Todos los días, sin descanso, saldrían a buscarla, empezarían a preguntar a la gente, llamarían a la televisión, harían lo que fuese.

Sus padres, sus abuelos, hasta Quique y ella, que solo eran unos niños, no descansarían hasta saber dónde estaba, quién se la había llevado o por qué se había ido.

—Todo esto es muy raro, Quique. Si yo desapareciese, ¿cuánto tiempo intentaríais encontrarme antes de daros por vencidos?

Su hermano estaba petrificado, pálido y con los ojos tan abiertos que parecía la caricatura de sí mismo.

Abrió la boca intentando hablar, pero como no lo conseguía apretó con la mano el brazo izquierdo de Davinia y con su mano libre señaló tras ella.

Davinia se giró muy despacio, conteniendo la respiración.

Bajo la sombra de uno de los cipreses, a escasos dos metros de distancia, una niña vestida de blanco y de pelo castaño los miraba sin parpadear de la mano de una mujer de largo cabello oscuro, excesivamente delgada, a la que no se le distinguía el rostro, sumido en la penumbra que proyectaban las enormes ramas.

Un escalofrío le erizó la piel desnuda bajo el sol que no la protegió del frío ni del miedo súbito que sintió entonces.

Con el corazón desbocado y la adrenalina por las nubes, agarró a su hermano de la camiseta verde de manga corta que llevaba y tiró de él para obligarlo a correr hacia la bicicleta que habían dejado tirada en la entrada.

—No teníais que haber venido aquí —fue lo último que escucharon justo antes de lanzarse calle abajo sin mirar atrás, gritando a coro, presos del pánico, hasta que llegaron a casa.