CAPÍTULO
S u abuela les hacía fotos desde la arena y, a ratos, paseaba por la orilla recogiendo conchas, mientras sus hermanos, los perros y su abuelo disfrutaban del agua helada bajo el sol abrasador.
La pequeña cala, con forma de concha, estaba protegida del viento, y Davinia echaba en falta algo de brisa para aliviar el calor intenso que le hormigueaba en la piel embadurnada de crema solar.
Mateo la miraba y sonreía mientras corría con Silver, lanzándole piedras. A veces cogía a Nerea en brazos para alzarla por encima de las olas, que tanto miedo le daban, o perseguía a Quique con su propia pistola de agua.
Después de un rato, todos regresaron a casa para ducharse, quitarse la arena y la sal y prepararse para ir al parque. De nuevo, Davinia y Mateo se quedaron a solas.
—Me lo he pasado muy bien hoy, Davi —dijo Mateo, sentándose a su lado.
—Sí, yo también... aunque no sé si podré dormir sabiendo ahora todo lo que pasa aquí.
Mateo pasó un brazo por sus hombros y apoyó la cabeza contra la de ella. El sol se hundía en el mar, y el sonido hipnótico de las olas parecía marcarles la respiración, como en esas meditaciones de yoga que su tía ponía a veces para relajarse.
Estaban solos. Esta vez, Silver no saltaría entre ellos. Davinia sintió cómo su corazón se aceleraba de nuevo.
Iba a vivir un momento inolvidable. Daba igual lo que pasara después, aquel primer beso con Mateo quedaría grabado en su memoria: la piel caliente, los labios hinchados y ligeramente salados por el mar, la arena cosquilleándole los pies descalzos, la ternura, la sensación de flotar, las ganas de sonreír. La magia.
A Mateo también le brillaban los ojos al separarse, y una sonrisa se le escapó sin que pudiera evitarlo.
Había sido un día increíble. Desde luego, le costaría dormir, pero no por miedo. Le daban igual las brujas, los duendes y los lobos. Ya nunca más iba a dormir tranquila... porque no podía hacer otra cosa que pensar en Mateo. Como si, de verdad, hubiera sido víctima de un embrujo.