CAPÍTULO
S ilver tuvo que darle unos cuantos lametones en la cama, alborotado pero contento, hasta que consiguió despertarla.
Davinia escuchó a su abuelo, el único que ya se había levantado, duchándose en el baño.
Los gatos seguían acurrucados en la puerta de la habitación de Nerea, tan juntos que de lejos parecían un enorme sofá de pelo suave.
Bajó corriendo las escaleras y entró en la cocina, donde tuvo que ponerse a barrer un montón de macarrones desperdigados por todo el suelo. Había muchos, al menos dos paquetes grandes. Su abuela Blanca iba a enfadarse. Dejó una nota:
«Me he encontrado toooodos los macarrones desparramados por el suelo. Los he recogido y me he ido a dar una vuelta en la bici con Mateo. Llegaré a casa para comer. Me llevo el móvil para que me aviséis si queréis que traiga el pan.»
Bebió un vaso de zumo de naranja, cogió un puñado de fresas y tres galletas con chispas de chocolate. Luego se acercó al espejo de pie en la entrada para echarse un vistazo mientras se recogía el largo cabello castaño en una coleta alta.
Se había puesto bastante morena y sus dientes se veían más blancos al sonreír. Llevaba un conjunto de chándal y top verde que dejaba el ombligo al descubierto.
—Nada de chica fresa —murmuró para sí, divertida.
Silver le ladró un par de veces, expresando su aprobación. Aunque, claro, Silver siempre se ponía contento al verla, incluso si llevaba un pijama horrible o tenía la ropa manchada.
Cuando salió, Mateo la esperaba junto a la entrada del jardín. Llevaba una camiseta blanca y unos vaqueros ajustados gris oscuro que parecían cómodos. Nada más verla, sonrió.
—Llevo aquí por lo menos media hora, chica fresa.
—Davinia —lo corrigió con suavidad. En el fondo, el apodo no le disgustaba tanto—. Podías haberme avisado. De momento no tengo poderes para adivinar cuándo llegas.
Mateo se encogió de hombros y rio.
—Me parecía muy temprano para timbrar la puerta. Y no me diste tu teléfono, Davinia .
Pronunció su nombre con exagerada precisión, impostando la voz. A Davinia le ardieron las mejillas y sintió de nuevo ese vacío extraño en el estómago.
Montó en la bicicleta sin mirarlo y le tomó la delantera, con Silver siguiéndola de cerca. No tenía idea de qué dirección tomar, pero tampoco quiso girarse a preguntar. Titubeó un instante en el sendero y Mateo aprovechó para adelantarla, tomando el camino que llevaba al bosque.
El vacío en su estómago se transformó en un nudo de nervios. No quería pasar por allí. Algo le decía que, si volvía a ese lugar, algo malo ocurriría.
Por fortuna, Silver no salió del sendero y no se toparon con ninguna de las mujeres que habían visto la última vez, tan extrañas como inquietantes. Aunque, si lo pensaba bien, ¿qué daño podrían haberle hecho tres mujeres que bailaban de la mano?
Davinia aspiró profundamente el olor de los pinos y los eucaliptos entremezclado con el de las flores, usando de nuevo sus pulmones como una cámara de fotos, pero de aromas.
Era relajante y delicioso, y las vistas le recordaban a un bosque de hadas como los de los vídeos de YouTube que veía Nerea.
Nada que ver con la impresión aterradora que se habían llevado la primera vez.
Al no salirse de la senda, el sol conseguía colarse entre las dos hileras de árboles, proyectando una luz intensa y cálida que contrastaba con las sombras a derecha e izquierda del camino, sombras a las que Davinia procuraba no mirar.
Silver revoloteó a sus espaldas, ansioso, ladrando frenéticamente a lo que parecía otro perro que los seguía.
Davinia temió que fuese un lobo: tenía patas fuertes, el lomo de colores oscuros y una cabeza grande con orejas puntiagudas.
Pero tras unos segundos de pánico, enseguida se dio cuenta de su error.
Era ligeramente más pequeño y menos corpulento que los lobos que los rodearon la mañana anterior y, sobre todo, era visiblemente más dócil. No solo no tenía la cabeza baja en señal de ataque, sino que empezó a menear el rabo con alegría cuando percibió que había llamado su atención.
—Creía que era uno de los lobos de ayer... —reconoció aliviada Davinia.
Mateo miró al perro, que no se atrevía a acercarse todavía. Guiñaba los ojos y Davi no sabía si los entrecerraba por una posible miopía, por el reflejo del sol o por mera desconfianza.
—Eso de ahí es un trasno —contestó muy serio, justo antes de empezar a lanzarle piedras.
Davinia no sabía qué significaba eso, pero imitó a Mateo, aunque con cierta reticencia.
Estaba sorprendida de que Silver no se echase a correr persiguiendo los misiles que flotaban por encima de su cabeza: a su perro le encantaba que le lanzasen casi cualquier cosa, especialmente palos y piedras.
Sin embargo, esta vez se quedó quieto, observando con el lomo ligeramente erizado, hasta que el otro can decidió salir corriendo y darse a la fuga.
Davinia sintió lástima por el pobre animal. No le gustaba nada lo que acababan de hacer.
—Dices cosas muy raras siempre: avinotaras, lambirón, trasno ... No sé si es gallego o te estás inventando palabras para reírte de mí.
Mateo la miró sorprendido y soltó una carcajada. Agarró la bici que había dejado caer en el suelo y se subió, decidido a ponerse a pedalear de nuevo.
—Vamos, chica fresa, que no hemos empezado todavía y a las dos tengo que dejarte en casa —repuso burlón—. Y se dice avenoiteiras , no lo que sea que hayas dicho tú, que sí que te inventas las palabras.
Davinia tuvo que admitir que, si el pueblo no era para tirar cohetes, los alrededores de Cotovelos seguían impresionándola como el primer día.
Bosques, acantilados, naturaleza... Kilómetros y kilómetros de una amalgama de ocres y verdes, margaritas, dientes de león, calas salvajes y pequeñas flores azules y blancas que contrastaban con las camelias, hortensias y trompetas de ángel de las casas de la zona.
Todo ello acompañado por los sonidos de decenas de estorninos, mirlos, gaviotas, urracas, cornejas y vencejos, que lamentaba enormemente no poder capturar en su cámara.
Le encantaban las fotografías, pero ninguna imagen podía transmitir la sensación de embriaguez de los sentidos al pedalear por aquellos senderos.
Los músculos de las piernas le ardían con rabia.
Las cuestas eran algo nuevo para ella, y Mateo no parecía darse cuenta del esfuerzo que tenía que hacer para seguir su ritmo.
Además, su bicicleta no era la adecuada para sortear las innumerables piedras del suelo, que parecía estar cubierto de purpurina o cristales diminutos.
Pensó en lo mucho que le gustaría ese suelo a su hermana.
Al final llegaron a unas ruinas de piedra con vistas al mar, que se extendía como un enorme espejo en el horizonte.
El sol se reflejaba en la superficie del agua, brillante, dejando a la izquierda la ría de Betanzos y su costa, y a la derecha la de Ferrol y sus castillos, en el puerto exterior, donde unas enormes grúas blancas esperaban recibir instrucciones como soldados en posición.
«Baterías do Alecrín», rezaba el cartel. Silver se tumbó sediento en la sombra, panza arriba. Tenía mucho calor.
Mateo cogió la botella de agua de su bicicleta y le dio de beber.
Luego le animó a seguirle mientras trepaba por el muro de lo que quedaba del fortín, apoyándose en algo que debió ser una suerte de escaleras antaño, hasta que consiguió auparse al tejado, a unos dos metros del suelo.
Allí los dos la contemplaban expectantes, esperando a que se decidiera a subir con ellos.
El aire les azotaba con fuerza y casi hizo que perdiera el equilibrio, pero el tejado de piedra era plano y rugoso, lo que facilitaba la tarea. Mateo la cogió por los hombros una vez arriba y la giró de nuevo hacia el mar:
—Estás de suerte, chica fresa, fíjate bien.
Davinia siguió con la mirada el dedo que apuntaba a lo lejos, donde unas manchas diminutas saltaban fuera del agua una y otra vez.
—¿Son delfines? —preguntó, forzando un poco la vista.
Mateo sonrió, orgulloso. Casi no podían distinguirse desde la posición en la que estaban, pero eran como la guinda del pastel en esa estampa mágica.
El viento desestabilizó de nuevo a Davinia y Mateo le tendió los brazos instintivamente, dándole la mano, que no retiró una vez recuperó el equilibrio.
—Te ha costado llegar hasta aquí. La ciudad te ha hecho debilucha —le dijo con una voz más grave de lo habitual.
—Tú tienes una bici de montaña —repuso Davinia, con esa sensación extraña en el estómago cada vez que él estaba cerca.
Mateo sonrió sin retirarse y se acercó más a ella, con los ojos grandes enmarcados por las largas pestañas oscuras, entornándose suavemente.
Iba a besarla, y ella quería que la besase.
Iba a ocurrir en ese momento, bajo el sol, con el viento danzando a su alrededor, con el océano Atlántico de fondo jugando con los diminutos delfines casi imposibles de distinguir, con las flores, con los acantilados abruptos y los altos eucaliptos, con las gaviotas celebrándolo en el cielo azul y despejado sobre ellos.
Iba a besarla y era perfecto. Sentía el calor de su rostro, su mano suave acariciándole la mejilla y, entonces. ..
Silver saltó entre ellos con un aullido corto, impaciente. Movía el rabo contento, queriendo ser el centro de las caricias, y los miraba a uno y a otro para ver quién era el primero en rascarle el lomo. Mateo dio un paso hacia atrás para dejarle sitio y se rio:
—Aquí llega tu guardaespaldas...
Davinia no sabía qué decir, así que se rio también y se soltó de la mano de Mateo. Cogió su móvil y disparó unas cuantas fotografías que después mandaría a sus amigas, a las que se moría por contar lo que acababa de ocurrir. Maldito Silver, suerte para él ser tan mono, que si no...
—Puedo dejarte la bici de mi hermana Becca. Total, ya no la usa nunca...
De pronto, las mariposas en su estómago volvieron a enredarse, y Mateo, cabizbajo, se giró de espaldas a ella.
—Tu hermana pequeña... Amelia, ¿no? —empezó Davinia, tratando de explicarle que ya le habían contado lo que le sucedió a su hermana mayor, aunque no sabía muy bien cómo acabar la frase para preguntarle sobre su padre y Becca.
Mateo se volvió entonces con una mirada diferente, altiva y dura, con unos ojos acerosos y desconocidos.
—Sé lo que vas a preguntarme —la cortó, tajante—. Si quieres que seamos amigos, nunca, pero nunca, debes preguntarme ni por mi hermana ni por mi padre. No quiero hablar de eso. No es asunto de nadie.
Davinia asintió sin decir una palabra, sintiéndose inoportuna y bocazas.
No quería que Mateo pensase que intentaba inmiscuirse en sus asuntos, pero necesitaba saber qué le había ocurrido a Becca.
Necesitaba contarle que su fantasma la observaba desde su habitación; que había tratado de llevarse a Nerea en la playa de Ares y que algo iba mal en casa de sus abuelos.
.. Quería decirle muchas cosas, pero decidió esperar; aquel no era el momento, y el día estaba siendo tan bonito. ..
Bajaron a por las bicicletas y caminaron por las pistas de vuelta.
Mateo pareció haberse repuesto del momento incómodo y le contaba anécdotas del lugar.
Como que, antiguamente, la playa estaba varios metros más lejos, pero que el mar fue creciendo hasta tragarse un cementerio de animales improvisado en el pueblo.
O que, a veces, cerca de sus casas, en la parte del bosque, podían ver luciérnagas y libélulas si seguían el sendero de la playa.
Libélula, en gallego, se decía cabaliño do demo , y le gustaba cómo sonaba.
Pedalearon un poco hasta el Convento de Santa Clara, ya en ruinas, con un jardín tan bonito que algunos turistas esperaban en fila a la entrada, posando para sus álbumes de recuerdos.
Caminaron de nuevo, esta vez cogidos de la mano, y cerca de las dos llegaron a casa.
Silver entró corriendo; debía de tener muchísima hambre. Mateo se apoyó en la puerta.
—Todo eso es culpa del trasno —le dijo—. Las llaves del coche, la vajilla rota, la comida en el suelo... Son pequeños duendes, muy traviesos. También se les llama diaños . Son inofensivos y fáciles de echar.
—¿Y las pesadillas también son culpa suya? —preguntó Davinia, todavía escéptica. ¿De verdad estaban hablando como si nada de que un duende vivía en su casa y se había hecho pasar por un perro abandonado para poder seguirla por la mañana?
Mateo frunció el ceño en señal de preocupación y negó con la cabeza. Chasqueó la lengua:
—No. Lo de las pesadillas es otra cosa. Suena más a cosa de un tardo . Esos sí que hacen daño...
Davinia suspiró, sin entender nada. ¡Era demasiado!
Las avenoiteiras eran simples cuervos. El Lambirón, un ser maligno que envenenaba las fuentes.
La mujer que la salvó de los lobos era un hada llamada Peeira .
Las mujeres del bosque eran meigas , que se distinguían de las brujas porque estas, además de tener conocimientos de magia, actuaban movidas por la maldad. ..
Todo era complicado en Cotovelos. Muy complicado.
Mateo se despidió con un beso tímido en la mejilla tras quedar en verse por la tarde en la playa para tomar un poco el sol. Después de tanta bicicleta, tocaba descansar. Se lo habían ganado.
Cuando Davinia entró en la cocina, muerta de hambre, la mesa ya estaba puesta. Había pan en el centro, agua, refrescos y una olla hasta arriba de pescado con patata cocida.
—Hombre, Davinia, ya era hora —saludó su abuelo, que ya hundía el cazo en el caldo, ligeramente anaranjado—. Si llevas toda la mañana en bici, te hace falta doble ración de caldeirada ...
—A mí no me gusta el pescado, yaya —se quejó Nerea—. ¿Me puedes hacer macarrones?
El guiso estaba tan rico que Davinia repitió tres veces, y estaba de tan buen humor que consiguió que Nerea se comiera su plato prometiéndole que, por la tarde, irían todos juntos a la playa, donde había quedado con Mateo.
Ni siquiera se enfadó cuando Quique y ella empezaron a reírse de nuevo, diciendo que era su novio.
Les contó lo de los delfines, las vistas increíbles desde las baterías militares, el monasterio de Santa Clara, tan bonito..., mientras su abuelo iba apuntando mentalmente la lista de sitios para poder hacer luego excursiones en familia.
—Si hay purpurina por el suelo, seguro que hay hadas... —dijo Nerea.
—Las hadas no existen, tonta —se burló Quique.
Pero Davinia ya no estaba tan segura.