¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

L a tarde en la playa de Ares fue la primera realmente tranquila desde que llegaron al pueblo.

El paseo marítimo estaba abarrotado: terrazas llenas, niños con helados, juegos en el parque, chicas tomando el sol y padres gritando advertencias sobre las olas y los balones.

En el horizonte, motos de agua surcaban el mar, y justo frente a la zona donde se acomodaron —el área destinada a quienes iban con perros— se veía el puerto deportivo.

El abuelo Enrique, sofocado por el calor y molesto con la multitud, apenas se animó a sentarse bajo la sombra de una sombrilla.

Mientras tanto, Silver y Holly corrían por la arena, saltando entre la espuma, y Nerea, con sus manguitos rosas de princesas Disney, intentaba bucear junto a Quique, que recargaba una enorme pistola de agua para disparar a su abuela y huir entre carcajadas.

Davinia hizo fotos, se bañó y construyó un castillo de arena con Nerea.

Cuando los perros cayeron rendidos por el cansancio, recogieron todo y se dirigieron a un bar del paseo marítimo a tomar un refresco.

Quique y Nerea la convencieron para que los acompañara al parque mientras sus abuelos se quedaban con los perros, que se refugiaron a la sombra de la mesa.

—Yayo, a lo mejor tú eres un poco perro también —dijo Nerea al ver a Enrique jadear y recolocar la sombrilla con desesperación.

El parque estaba lleno de gritos infantiles, risas y el murmullo constante de la gente.

Davinia se relajó. Por un momento, Cotovelos y sus días inquietantes parecían un mal sueño.

Se subió al tobogán, a los columpios, al subibaja…

pero lo que realmente le interesaba era la torre de cuerdas del centro.

—No, que me da miedo —se quejó Nerea.

—Pues tú no subas, Nere, es que si no yo me aburro. Soy muy mayor para jugar contigo.

Nerea hizo un puchero y corrió de vuelta a la mesa de los abuelos. Quique se encogió de hombros.

—No eres tan mayor, eh, lista.

Sin darle tiempo a responder, se fue al castillo de madera. Davinia frunció el ceño. No era que se sintiera mayor, sino que simplemente no tenía ganas de jugar con Nerea todo el tiempo. Quique no entendía lo agotador que era porque a él nunca lo obligaban a entretenerla.

Comenzó a escalar la torre de cuerdas. Parecía complicada, pero para ella era pan comido. Ágil y sin miedo a las alturas, en menos de dos minutos llegó a la cima.

Las vistas eran espectaculares. El mar se extendía hasta el horizonte, un azul infinito bajo el cielo despejado.

Respiró profundamente, notando el aroma marítimo producto de la mezcla de los pedos de las bacterias del agua que se alimentaban de plancton y las feromonas de las algas hembra, que mezclados con el sudor de los animales del océano componían esa fragancia única y embriagadora.

Allí arriba se sentía libre, como las gaviotas que planeaban sobre la playa.

Desde tan alto, localizó a sus abuelos con facilidad.

Su abuelo, rojo por el calor, parecía una boya flotando en el agua.

Silver y Holly movían el rabo con la esperanza de recibir un trozo de croqueta.

Las cervezas ámbar sobre la mesa le parecieron bonitas, aunque recordaba lo mal que sabían.

Una vez las probó con sus amigas a escondidas y casi vomita.

Rania y Massiel fingieron que les gustaban, pero Davinia sospechaba que solo querían hacerse las interesantes.

Buscó a sus hermanos. Quique charlaba con un par de niños sobre videojuegos, pero Nerea no estaba. Un escalofrío recorrió su espalda.

Bajó con cuidado, sintiendo que las piernas le temblaban. Cuando tenía miedo, le pasaba eso. Recordó a una chica del colegio que se cayó de una estructura similar y se rompió el brazo. Al quitarle la escayola, la piel se le veía arrugada y olía fatal.

Saltó al suelo y escaneó el parque. Con tanta gente, no distinguía nada. Corrió alrededor, sintiendo su corazón latir cada vez más rápido, y enganchó a Quique del brazo.

—¿Dónde está Nerea? No la veo y no está con los yayos.

Quique frunció el ceño y miró a su alrededor. Nada.

Salieron del parque hacia el pequeño pinar contiguo.

Entre las mesas de picnic, las familias, gente con tablas de surf y perros, no encontraron ni rastro de ella.

Davinia sintió un nudo en el estómago. Pensó en avisar a sus abuelos mientras seguía avanzando con desesperación por la arboleda hasta llegar al extremo de la playa, donde la multitud era aún mayor. Su hermana tampoco estaba allí.

—Hay que avisar a los yayos —anunció Quique con voz tensa—. Lo mismo la ha cogido alguien… como en las noticias.

Davinia tragó saliva. ¿Y si era verdad que alguien se la había llevado?

Sintió que se le humedecían los ojos, el corazón desbocado por el pánico, las piernas temblorosas.

Por favor, que nadie se hubiese llevado a Nerea.

Por favor, por favor, por favor . Prometía jugar más con ella, hacerle más caso, ser mejor hermana.

Por favor, por favor, por favor .

Entonces, por fin, la vio. Hecha un ovillo bajo un árbol, junto a un pequeño puente sobre el riachuelo. Tiró a Quique del brazo y corrieron los dos hacia ella. La abrazó nada más alcanzarla.

—Quería coger una flor para la yaya —sollozó Nerea—, pero vino una señora y me quiso llevar.

Nerea no dejaba de llorar sin consuelo, empapándose la ropa de mocos. Cuando lloraba, lo hacía con todas sus fuerzas: hipo, saliva y un desastre completo. Davinia no recordaba a ninguna de las princesas de Disney que tanto le gustaban a su hermana derrumbarse así.

—¿Cómo era esa señora? ¿Se ha ido ya?

—Tenía el pelo largo y negro, era muy delgada y estaba pálida, como un fantasma. Seguro que era un espíritu, ¡menudas manos más frías!

Davinia sintió un vuelco en el estómago. Su hermana acababa de describir a Becca. Pero Becca estaba muerta. Seguía encerrada en la habitación de la casa de enfrente… ¿o no?

Su abuela había intentado restarle importancia, diciendo que seguro se trataba de una mujer que había visto a Nerea sola y solo quería ayudarla a encontrar a sus padres. Pero Nerea no dejaba de llorar, insistiendo en que aquella señora era un fantasma. O una bruja.

Davinia no abrió la boca en todo el camino de vuelta.

Cuando por fin llegaron a casa, los animales estaban inquietos, más de lo normal.

Se movían todos a la vez, encogidos, con el pelo del lomo erizado.

De alguna manera, habían logrado abrir las alacenas y romper un par de platos, pero lo más extraño era que después habían vuelto a cerrar los armarios.

Nerea tenía fiebre. Su abuela la subió en brazos hasta su habitación y se quedó con ella para cuidarla.

—Seguro que ha sido tanto sol. ¡Qué calor hacía! La próxima vez todos con gorra, que os vais a quemar —dijo su abuelo, sin enterarse de nada.

¿Qué sol ni qué tonterías? A Nerea casi la secuestra un fantasma.

—¿Tenéis hambre?

Nadie quiso cenar. Estaban agotados del mar, del bochorno, del susto. Se fueron temprano a la cama.

Los gatos hacían guardia frente a la puerta de Nerea. Siempre dormían con la abuela Blanca, pero aquella noche solo Holly tuvo permiso para entrar en la habitación con ellas. Silver subió las escaleras con Davinia, siguiéndola de cerca.

—Oye, Quique, ¿qué te ha contado tu amiga Amelia?

Quique se detuvo antes de entrar en su habitación. Frunció el ceño, como si lo hubieran arrancado de otro mundo.

¿Estaría pensando en videojuegos? ¿O en lo que le había pasado a Nerea? Davinia se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo que pasaba por la cabeza de su hermano. Como si, a medida que crecían, estuvieran cada vez más lejos.

—Pues que a su padre lo mató una bruja en el mar —dijo finalmente Quique—. Lo ahogó. Y desde entonces su hermana Becca se volvió muy mala. Empezó a tratar fatal a su madre, a gritarle, a no querer jugar con Amelia y hacerle cosas feas. Y entonces, un día, estaba muerta.

—¿Muerta?

Quique asintió.

—Un día su madre le dijo: « Tu hermana está muerta. No hagas caso si la ves. No es más que un fantasma de mal genio » .

—¿Y no se puso triste? —preguntó Davinia en un susurro.

—No —respondió Quique con seriedad—. Ya te he dicho que era muy mala con ellos.

Davinia no era mala con sus hermanos. Un poco impaciente, sí, pero eso era normal en cualquier familia.

Su padre tenía dos hermanos, su tía Sarah y su tío David, y a veces también discutía con ellos.

Su madre, en cambio, tenía tres: la tía Yoli, el tío Iván y el tío José, y lo mismo ocurría.

Porque los hermanos hacían esas cosas: discutir, hacer las paces, volver a discutir, reconciliarse otra vez.

Era parte de la vida, algo que cualquiera que tuviera hermanos entendía.

Con Dani nunca se peleaba porque todavía era un bebé.

Con Quique y Nerea, en cambio, sí. Y no porque no los quisiera, sino porque, al ser la mayor, siempre la hacían responsable de todo.

Tenía que dar ejemplo, entenderlos, apoyarlos, ceder en casi todo y, además, cuidarlos.

A veces sentía que no le quedaba espacio para ella misma, como si ellos fueran más importantes, como si necesitaran toda la atención.

Cuando quería tiempo para sí misma, pero Nerea estaba aburrida, tenía que ponerse a jugar con ella aunque no le apeteciera.

O prestarle su ropa, sus pinturas, sus juguetes…

lo que fuera. Como Nerea era la más pequeña, todos debían ser comprensivos con ella.

Incluso cuando se ponía mandona o caprichosa, siempre lo disculpaban con un: «Es tu hermana, Davi, déjala, la tienes que querer».

Claro que la quería. Y a Dani. Y a Quique.

Pero también necesitaba encontrar su propio lugar en el mundo, entender quién era sin ellos, disfrutar de momentos a solas, tener algo suyo, solo suyo, sin que tuviera que compartirlo o prestarlo a nadie.

Quería, aunque fuera por un rato, dejar de ser la responsable de todo.

Que dejaran de echarle la culpa por cada llanto o pelea en casa.

Si algo pasaba, ella siempre salía perdiendo.

Hasta la castigaban cuando ni siquiera tenía la culpa.

De alguna manera, lo entendía. Sus padres no fueron padres hasta que llegó ella, así que tuvo que ser el conejillo de indias.

Cuando nacieron Quique, Nerea y Dani, ya estaban entrenados, ya sabían qué hacer, todo era más fácil.

Con ella, en cambio, habían experimentado, aprendido sobre la marcha.

Como era la mayor, siempre le pedían ayuda.

Y ella entendió muy pronto que cada cosa que hacía no solo le afectaba a ella, sino que sus hermanos la imitarían, para bien o para mal.

Pero, por algún motivo, con Nerea todo había sido más difícil desde el principio. Con Quique no tanto. Apenas le llevaba dos años y, además, era un chico. Sin embargo, con Nerea…

Si Davinia se peinaba de una forma, Nerea quería peinarse igual.

Si se ponía a bailar, Nerea también. Si quería pintar, Nerea la imitaba.

Si quería ir al parque, ver una película, llamar a sus amigos o a sus abuelos, allí estaba Nerea, como un pequeño clon.

Era agotador. Irritante. Y, además, muy difícil de explicar.

Su tía Sarah se reía y le decía que tenía alma de influencer , que Nerea solo la admiraba y quería ser como ella, pero que con el tiempo encontraría su propia personalidad y dejaría de copiarla.

Solo que, a veces, Davinia sentía que no podía esperar tanto tiempo. Estaba harta.

Eso no significaba que deseara que le pasara algo malo. Ni a Nerea, ni a Quique, ni a Dani. Todo lo contrario. Se sentía responsable de ellos, obligada a protegerlos. Por eso se había asustado tanto en el parque cuando Nerea desapareció.

¿Y si alguien se la hubiera llevado?

Ese pensamiento la dejó aturdida. Desde que habían llegado a casa tenía una sensación extraña, un mal presentimiento que se escondía en lo más profundo de su mente.

Estaba tan agotada que no quería seguir pensando más en eso, así que no iba a mirar por la ventana para comprobar si la hermana muerta de Mateo seguía espiándola; no iba a preocuparse por las pesadillas ni por las cosas raras que pasaban por las noches en aquel pueblo extraño.

Mañana tenía una excursión con Mateo.

Y solo entonces, al pensar en él, una sonrisa se dibujó en sus labios y se quedó, al fin, dormida.