CAPÍTULO
A l fin se distinguía a lo lejos la entrada al pueblo, y ver el final de aquel sendero consiguió tranquilizarla un poco.
Silver hacía rato que ya lo había superado, saltando de nuevo y correteando en círculos alrededor de ella, como si no hubieran estado a punto de morir devorados por bestias salvajes.
Si no hubiera sido por aquella mujer misteriosa. ..
¿Quién era? ¿Por qué no le asustaban los lobos, a los que parecía tener hipnotizados?
Davinia pensaba que algo raro ocurría en aquel pueblo.
Vecinos siniestros en casas enormes y bonitas, una playa preciosa vacía de veraneantes, todos los animales nerviosos y extraños, las pesadillas y los ruidos nocturnos, las mujeres que se había encontrado danzando en corro tras la vereda de detrás de la casa de sus abuelos y, ahora, aquellos lobos sigilosos, amenazadores, obedientes a aquella pelirroja que parecía más un hada o una visión que una mujer real de carne y hueso.
Una fuente entre las rocas la sedujo con su agua cristalina y fresca mientras pensaba en todo aquello.
Su estómago se apretó con esa extraña intuición que había sentido el primer día en el coche, de camino a las vacaciones.
¿Y si ella, como su abuela, también era capaz de adivinar cosas?
¿Y si su intuición intentaba avisarle de algo?
Una mano la agarró con fuerza por el hombro, casi tirándola al suelo. La brusquedad del movimiento la desequilibró hacia atrás sin darle tiempo a gritar.
—¡No bebas de ahí!
Abrió los ojos, sosteniéndose como pudo entre los brazos de Mateo, que la sujetaba impidiendo que cayese tras haberla empujado. Davinia sintió que se sonrojaba y que le costaba respirar. Silver ladraba dando brincos a su alrededor.
—El agua está envenenada —dijo Mateo, mirándola fijamente con las pupilas exageradamente dilatadas.
Davinia carraspeó y se puso en pie, sacudiéndose un poco la ropa y tratando de recuperar la compostura.
—¿Envenenada? —acertó a preguntar apenas tras el susto que le había dado.
Mateo se encogió de hombros, como si dudara sobre si darle una explicación más larga.
—Te he visto antes en el cementerio. Eres la chica que vive al lado, con los de los gatos.
Davinia apretó la mandíbula. Parecía que él también se había fijado en ella. ¿O le había hablado Amelia de su familia y de su nuevo amigo, Quique? Trató de evitar que le temblase la voz.
— Ehm , sí. Mis abuelos acaban de comprar aquí una casa. Mis hermanos y yo hemos venido a pasar un mes de vacaciones y, bueno, a mi abuela le gusta salvar a los gatos malheridos que se encuentra por la calle. Pero no son solo los gatos, también tienen una perra.
—¿Y este? —rio Mateo, acariciando la cabeza de Silver, encantado de rascarle tras las orejas.
—Este es mío, se llama Silver. Me han dejado traerlo.
Mateo tenía hoyuelos que se dibujaban al sonreír y, por un momento, sus ojos brillaron. Pareció un chico alegre y normal, lejos del muchacho taciturno y serio que ella estaba acostumbrada a ver a hurtadillas.
—No hay mucha gente en tu pueblo —dijo ella—. ¿Quién ha envenenado el agua?
Su pregunta quedó un poco rara, como si le costase pensar y ordenar lo que le venía a la mente de golpe.
Por un lado, quería decirle a Mateo que su pueblo era muy pequeño y que ella venía de una gran ciudad para impresionarlo; por otro, quería preguntarle sobre las cosas extrañas que pasaban allí, como, por ejemplo, que alguien envenenase el agua de las fuentes.
Pero estaba algo nerviosa después del encuentro con los lobos y encontrarse con Mateo no la ayudaba a tranquilizarse en absoluto.
Aunque la clase de nervios que sentía con él era distinta. Casi le gustaban.
—Bueno... —titubeó él antes de responder, rascándose la nuca con la mano derecha en un gesto que hizo que Davinia volviese a ruborizarse—.
A ver, te vas a pensar que estoy como una cabra, pero bueno.
.. El agua la ha envenenado Lambirón. Por eso hay tantas avenoiteiras por aquí, porque en este sitio. .. pasan cosas...
Davinia abrió los ojos todo lo que los párpados le daban de sí. No tenía ni idea de quién era el tal Lambirón ni qué podía ser un avenoiteira, pero desde luego entendía aquello de que pasaban cosas. Muchas cosas. Y, por desgracia, ninguna buena.
—Ya, casi nos comen unos lobos, pero una mujer... —Se arrepintió de hablar al instante. Si le contaba aquello, sería él quien pensase que estaba chiflada—. Da igual, es una locura...
Mateo sonrió y pareció ruborizarse también. Respiró hondo y la miró de nuevo, poniéndose serio:
—Me llamo Mateo y me ofrezco a hacerte de guía para enseñarte las maravillas del pueblo.
Sé un montón de rutas para la bici y sitios secretos.
Ya te habrás dado cuenta de que no hay mucho más que hacer por aquí.
Además, tengo que hablarte de los peligros de la zona.
No me gustaría que te pasase nada, chica fresa.
¿Chica fresa? ¿Perdona?
—Me llamo Davinia —le corrigió.
—¿Davinia? Pero ¿qué nombre es ese? —se rio burlón.
—Mi madre se llama así también —contestó sin pestañear, acostumbrada a que su nombre sorprendiera a algunas personas—. ¿Por qué me llamas chica fresa?
Mateo señaló su camiseta de manga corta, rojo brillante y salpicada de agua de la fuente.
—Vas de rojo y hueles bien, como las fresas —contestó él, recogiendo su bici—. Si quieres, quedamos mañana y empezamos el tour por el precioso pero peligroso Cotovelos .
Davinia se echó a reír con la voz de locutor de anuncio cutre que puso Mateo en la última frase. Tenía muchas ganas de irse de aventuras con él, aunque por la tarde le tocaba plan familiar.
—Esta tarde voy con mis hermanos y mis abuelos a la playa, ¿te parece bien que lo dejemos para mañana?
Mateo asintió, ya montado en la bicicleta, en dirección contraria al pueblo.
—A las once en punto en la puerta de tu casa, chica fresa. Dile a tu abuela que llegarás a tiempo para la hora de comer.
Eso parecía una cita, y tenía que compartirlo cuanto antes en el chat con sus amigas.
Davinia no pudo dejar de sonreír en toda la comida. Ni siquiera le importó que Nerea se empeñase en hacerle una trenza con las manos llenas de salpicones de mayonesa de la ensaladilla rusa que todavía no habían terminado de comer.
—Nerea, siéntate y os peináis después.
—Es que no podemos ir a la playa sin trenzas que se nos enreda el pelo, yayo, mientras la peino estoy masticando, ¿ves?
Nerea abrió la boca dejando a la vista una pasta amorfa de colores desperdigada por la lengua y entre los dientes.
—¡Qué asco Nerea! Cierra la boca que vomito —se quejó Quique sin dejar de reírse.
Todos estaban de buen humor. Hasta su abuela, que no le gustaba nada ir a la playa, parecía contenta.
—Venga, todos en vuestro sitio mientras termináis de comer y después os echáis una siesta en la que el abuelo y yo recogemos los platos antes de ir a la playa —dijo tirando del vestido azul marino de algodón de Nerea para que se sentase de una vez—. A ver, ¿qué habéis hecho esta mañana?
Davinia no estaba segura de si contarles lo sucedido con los lobos, si se asustaban tal vez no le dejasen ir en bici al día siguiente con Mateo, pero tampoco quería que sus hermanos se fuesen a jugar un día por los caminos del bosque y se encontrasen rodeados por la manada.
—Yo he quedado mañana para ir con Mateo a que me enseñe sitios chulos en bici —dijo quitándole importancia.
Silver pareció mirarla de reojo sorprendido por no contar lo otro, pero si sus hermanos siempre estaban en el parque o en la playa con su abuelo, no había motivo ninguno para alarmar a nadie, ¿verdad?
—La Davi tiene novio, la Davi tiene novio...
Ya estaba Nerea dando por saco. Davinia resopló y amenazó con quedarse en casa y no acompañarlos a la playa si no dejaba de incordiarla.
Nerea dejó de canturrear y se quedó quieta y callada frente al plato de ensaladilla, parecía que de verdad le apetecía que Davinia fuese con ellos y que iba a portarse bien.
—Pues en el parque estaba Amelia, y es hermana de Mateo.
—Eso ya lo sé —dijo Davi, todavía algo a la defensiva.
—Dice que tenía una hermana mayor, que se llamaba Becca, pero que era malvada y ahora está muerta.
Todos dejaron el tenedor sobre la mesa y parecieron dejar de masticar y de respirar un poco.
Sobre todo, Davinia. Mateo tenía una hermana mayor, que al parecer era malvada, y que ahora estaba muerta.
Se acordó de la chica de pelo oscuro y piel pálida que la observaba desde la ventana de enfrente. Davinia miró a Quique.
—Eso también lo sabía —mintió a medias, porque conocía a la chica, aunque nadie le había contado quién era.