¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

L a ruta en bicicleta la había dejado tan cansada el día anterior que, una vez consiguió quedarse dormida, ya no volvió a despertarse en toda la noche.

Ni siquiera quiso mirar por la ventana para comprobar si aquella chica fantasmagórica seguía vigilándola o si Mateo salía de nuevo de casa.

Después de cenar, se duchó con agua tibia y se fue directa a la cama, mientras los demás jugaban al parchís en el comedor.

Silver la acompañó sin detenerse en el jardín, y a Davi le pareció que lo hacía como si tratara de asegurarse de que ella estaba bien, igual que un perro guardián.

A la mañana siguiente, el bullicio en la parte baja de la casa la obligó a levantarse para ver qué ocurría. Le hubiese gustado seguir un par de horas más bajo las sábanas suaves, pero la curiosidad fue más fuerte que la pereza.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó, al ver a su abuela sujetando un batiburrillo de sábanas encima de la lavadora, con cara de pocos amigos.

—Uf, que hoy el que se ha hecho pis ha sido tu hermano... Vamos, yo es que alucino, lo que nunca ha hecho…

Davi miró a su hermano con incredulidad.

Quique mojaba las galletas en la leche con chocolate, enfurruñado y avergonzado a partes iguales. Estaba pálido, con los ojos enrojecidos, y se encogió de hombros, levantando mucho las cejas antes de hablar:

—Que no me he hecho pis, que había una señora que venía de la playa y me tiraba cubos de agua del mar para que me ahogase. Es que no sé por qué Silver la dejó pasar...

Davinia habría pensado que su hermano se había vuelto loco de no ser por las pesadillas que ella misma había tenido. Miró a su abuela sin saber qué decir. Su abuela, a su vez, miró a Quique, apretando la cucharilla del café con fuerza, conteniendo una rabia inconsciente.

—A ver, amor, que no dejamos pasar a nadie. Eso ha sido un mal sueño —le dijo con una tranquilidad impostada.

Pero Quique negó con la cabeza, convencido.

—Entonces, ¿por qué no podía respirar? Si casi me muero.

Su abuela la miró con cara de « ¿qué voy a hacer con este chico?

» y sonrió, seguramente para tranquilizarla.

Sin embargo, Davinia vio cómo cogió las sábanas y se las acercó disimuladamente a la nariz, supuso que para comprobar si estaban empapadas de orina o de agua salada.

Por la expresión de alivio que puso, Davi dedujo que su hermano estaba teniendo muchas alucinaciones.

—¿Vas a venir a jugar hoy con nosotros? —le preguntó Nerea con la boca llena de galletas, salpicando migas en todas direcciones.

—Prefiero irme un rato en bici a ver el pueblo. Mejor esta tarde —se disculpó.

Animada por la expedición por la ruta roja y el entusiasmo de sus amigas con las fotografías que hizo, Davinia quería recorrer el resto de sendas de colores y descubrir todas las maravillas de Cotovelos.

Solo tenía un mes para verlo todo y quería hacer una segunda visita a sus sitios favoritos antes de tener que volver a la capital, donde, si uno quería encontrar paisajes bonitos, tenía que conducir largo rato hasta la sierra.

Indecisa con las opciones que presentaba el mapa, al final decidió vagabundear, pedalear sin rumbo, cruzando la plaza para ver si encontraba chicos de su edad por alguna parte.

El pueblo seguía sin recibir veraneantes, lo cual la intrigaba muchísimo, y apenas había movimiento por la zona.

Solo dos bares abiertos, el economato, el parque infantil, el edificio de correos y una pequeña farmacia.

Para todo lo demás, los habitantes debían coger el coche y desplazarse hasta Ares, donde ella misma iría con sus hermanos y abuelos por la tarde, a la única playa de la zona en la que estaba permitido el acceso con animales desde mayo hasta octubre.

Ni rastro de colegios, institutos, tiendas de comestibles o de ropa, recreativas o, mucho menos, de ningún centro comercial.

¿Y el médico? ¿Y la policía? No estaba segura de querer vivir en un sitio tan pequeño.

Y aunque sus abuelos tenían coche, ¿qué pasaría si se les estropeaba?

No podrían ni ir a comprar tabaco, y a su abuela le daría un patatús.

En solo quince minutos ya había recorrido todo el pueblo, así que decidió aventurarse un poco más allá por los senderos que bordeaban el mar. Para ello, tuvo que pasar por delante del cementerio, donde reconoció la bicicleta rojo oscuro de Mateo en la puerta.

No se detuvo, pero intentó ver si él estaba dentro.

¿El fantasma de su casa sería alguien de su familia?

Justo al llegar a la altura de la entrada, lo vio acercándose hacia la salida con los ojos llenos de lágrimas.

Pareció sorprendido al verla allí curioseando, y Davinia dio tal volantazo de los nervios que casi termina cayendo de bruces contra los grandes asientos de piedra de su izquierda.

Sin embargo, consiguió sobreponerse y disimular como si nada hubiese pasado en el último segundo.

Aumentó la velocidad para alejarse de allí lo antes posible y evitar que Mateo se diera cuenta de que, una vez más, había conseguido ruborizarla.

Era aún más guapo de cerca, con una camisa vaquera remangada hasta los codos y unos pantalones ajustados de color amarillo.

Sus hombros rectos, su complexión delgada pero fuerte, sus ojos color café y su cabello castaño, corto sobre las patillas y más largo, peinado hacia atrás en la parte alta de la cabeza, le daban un aire de estrella de rock.

A Davinia el corazón le palpitaba muy deprisa y sabía que no era culpa de la bicicleta.

Era extraño. Ya había salido con un par de chicos de su clase.

Su mejor amigo se le había declarado hacía poco, y no era la primera vez que sentía algo por alguien.

Pero con Mateo era diferente: cada vez que pensaba en él, su estómago se convertía en el epicentro de un pequeño terremoto que hacía temblar todo su cuerpo, desde las puntas de los dedos hasta las pestañas.

Pero pronto, las vistas le hicieron olvidarse del muchacho. Árboles enormes de hojas verdes y amarillas, flores, hierbas altas, más pájaros, más mariposas...

Dejó atrás otra pequeña iglesia de color blanco antes de pedalear con fuerza hacia uno de los senderos de tierra, ancho y pintoresco, como la entrada a un mundo mágico desconocido.

A su izquierda veía el mar bramando bajo los grandes acantilados sobre los que ella serpenteaba en un camino de subidas, bajadas y curvas interminables.

Tenía que apretar fuerte el manillar para no caerse. Silver la seguía sin descanso, sin adelantarla, tratando de mantener el ritmo. Debía estar cansado del día anterior. Davinia lo sacaba varias veces al día, pero no estaba acostumbrado a un ejercicio tan intenso. Para qué mentirse, ella tampoco.

Mientras buscaba un claro donde guarecerse un poco del sol y recuperarse de los kilómetros recorridos, Davinia vio, entre los árboles del bosque a su derecha, lo que parecían un grupo de perros grises que le devolvían la mirada de forma desafiante.

Silver, sin dejar de correr, empezó a gemir.

Davinia entendió después de unos segundos que no eran perros, sino lobos, y la estaban cercando despacio.

Se detuvo en seco al darse cuenta de que los lobos eran demasiado rápidos como para huir de ellos en bicicleta. Silver erizó el lomo y se plantó delante de ella, protegiéndola. Davinia tragó saliva. No iba a dejar que le hicieran daño a su perro, pero ¿qué podía hacer?

Los lobos, cada vez más cerca, avanzaban lentamente sin enseñar los colmillos todavía.

¿Eso era buena señal? Miró a su espalda y consideró la idea de trepar a uno de los árboles cercanos, pero sabía que no podría cargar con el peso de Silver, y no pensaba dejarlo solo ante ellos.

Además, seguramente los lobos fueran mejores trepadores que ella.

Buscó piedras, palos, algo con lo que asustarlos.

Eran cada vez más grandes y fieros. Sus abuelos no le habían dicho nada de que hubiese lobos por allí.

El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que se le saldría por la boca.

Tenía miedo. Miedo de verdad, no como el que sentía por comenzar el instituto.

¡Madre mía! Ojalá pudiese empezar el instituto, ahora le parecía un sueño.

¿Y si no podía? ¿Y si ya no volvía a casa? ¿Y si ya no veía más a sus amigas?

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, incapaz de contenerlas más.

Silver empezó a lamerle las piernas. Para él, que Davinia estuviese triste era mucho peor que el hecho de que una manada de lobos estuviese a punto de devorarlos. Leal y bobalicón, adoraba a ese perro y no, no iba a permitir que le hicieran daño.

Eran por lo menos nueve, y entre ellos había tres cachorros.

Lo extraño era que sus pelajes eran distintos, como si no formaran parte de la misma manada.

Algunos eran pardos, claros y oscuros; otros, grises.

Con sus bigoteras blancas, sus orejas triangulares enmarcando la cabeza y sus grandes ojos amarillos, la observaban fijamente sin pestañear.

Se movían sincronizados, como los ejércitos en las películas, esperando una orden de ataque.

Agacharon la cabeza y tensaron los músculos del pecho y las patas delanteras, preparándose para abalanzarse sobre ellos.

Davinia cerró los ojos y se agachó para abrazar a Silver. El perro le lamía la cara y gimoteaba nervioso en su regazo.

Pero no ocurrió nada. Segundos, minutos... El sol terminó por secarle las lágrimas del rostro. Nada ni nadie les atacaba.

Davinia decidió abrir los ojos, despacio. El bosque claro y despejado se mostraba ante ella con sus flores y árboles, sin rastro de ninguna bestia acechante. Miró a Silver, que también parecía sorprendido. ¿Acababa de tener una alucinación?

Las piernas aún le temblaban cuando recogió la bicicleta. Se sentía incapaz de pedalear. Silver seguía a su lado con el rabo entre las patas. Decidió que era hora de volver a casa y comer algo. Estaba confusa y todavía un poco asustada.

Echó un último vistazo por encima del hombro en dirección al bosque. Y entonces la vio.

Una mujer de pelo largo y rojizo, del mismo tono que algunos de aquellos lobos, la observaba desde la distancia, rodeada por la manada, que se mantenía a su alrededor como un escuadrón obediente.

Llevaba un collar de serpientes y sostenía una antorcha elevada al cielo.

A pesar de la distancia, Davinia distinguió con claridad su rostro, en cuya frente brillaba el símbolo de la luna creciente.

La mujer sonreía. Y Davinia dejó de sentir miedo, porque de pronto entendió que aquella joven no solo parecía proteger el bosque y sus criaturas, sino que también parecía vigilarla a ella, asegurándose de que estaba a salvo.