CAPÍTULO
P ara la hora de la comida, todos parecían estar animados y haber olvidado las pesadillas de la noche anterior.
Comieron macarrones al horno gratinados con pan de hogaza, bebieron agua fresca del pozo y hablaron sobre lo que habían hecho por la mañana.
Davinia no mencionó su encuentro en el bosque; no quería que la regañaran ni que le prohibieran salir sola de nuevo.
Su abuela, aunque disimulaba sonriendo de vez en cuando, seguía ensimismada.
—He cogido un montón de conchas preciosas y he nadado sin manguitos, yaya. Y he saltado las olas con el yayo —contaba Nerea emocionada.
—Luego pasamos por la plaza a por el pan, estuvimos en el parque y conocí a una amiga que se llama Amelia —continuó Quique.
Su abuelo se reía sin decir nada, con la cara colorada, como siempre que le daba un poco el sol. Intentaba convencer a su abuela para que le sirviera otro plato de macarrones, sin mucho éxito.
—Tienes que perder un poco de barriga, hombre —le repetía ella.
—Tú lo que quieres es matarme de hambre —contestaba él.
Quique carraspeó y golpeó el vaso con el tenedor igual que habían visto hacer en las películas cuando alguien quería tomar la palabra.
—Amelia era el nombre de una mujer piloto, y ella también quiere volar para marcharse de este pueblo —dijo antes de hacer una pausa para masticar un trozo de pan demasiado grande—. Vive en la casa de al lado y tiene un hermano que se llama Mateo.
Mateo. El chico de pelo castaño de la bicicleta.
Davinia casi se atragantó. ¿Por qué, cuando pensaba en él, sentía ese cosquilleo?
Al menos ya sabía su nombre y que tenía una hermana.
Solo faltaba descubrir quién era el fantasma que se asomaba a la ventana por las noches para vigilarla.
Si ellos vivían allí, debía de tratarse de un fantasma inofensivo.
Tras el postre, todos se echaron una siesta improvisada en el sofá chaise longue color gris marengo, frente al televisor de sesenta y cinco pulgadas del salón.
—Mejor que el cine —decía su tío David cada vez que pasaba unos días en Navidad.
Nerea se había empeñado en poner una película de dibujos y, entre la mala noche y la comida pesada, acabaron los cuatro roncando unos encima de otros, gatos y Holly incluidos.
Davinia se rio para sí misma. Parecía la escena de La bella durmiente , cuando todo el pueblo cae bajo el conjuro de sueño justo en el momento en que Aurora se pincha el dedo en la rueca embrujada.
Silver estaba en la puerta, señalando la correa con el hocico.
Él no quería dormir, y Davinia tampoco. Querían irse de aventuras, así que se dirigieron al garaje donde dormía su bicicleta.
Tenía las ruedas infladas, estaba limpia, sin óxido y con la cadena engrasada.
No quería ir al bosque ella sola otra vez ni en broma, así que pedaleó hasta los senderos de la entrada del pueblo, donde daba el sol y había gente. Allí estarían a salvo.
Llegó hasta la parada de autobús, que lucía un tablón con todas las rutas de senderismo y btt recomendadas de la zona.
En total eran seis, todas circulares, como había dicho su abuelo, así que no se perdería.
Eligió la de color rojo al azar, porque de color blanco, que era su color favorito, no había ninguna: quince kilómetros y medio, lo que equivaldría a unas dos horas pedaleando aproximadamente, tal vez algo más si se paraba a hacer fotos en los sitios más bonitos.
Le fascinaban las fotos y quería enviárselas a sus amigas: a Bea, a Masiel y, sobre todo, a Isabel, a quien le encantaba la naturaleza. Estaba segura de que alucinaría al verlas.
Y vaya si encontró sitios donde hacer fotos: antiguos lavaderos de piedra, enormes casas abandonadas cubiertas de trepadoras y flores silvestres, pequeñas ermitas blancas, pendientes de pinares, mar, cielo infinito.
Casi cinco horas le llevó completar el recorrido en lugar del par que tenía previstas. No había contado con las cuestas, los desniveles ni la poca señalización. A veces era difícil entender por dónde debía seguir y se pasaba un buen rato parada, recuperando el aliento.
Casi llegó tarde a cenar y, aunque avisó por teléfono para que no se preocuparan, se dio cuenta de que sus abuelos la recibieron con alivio cuando al fin entró en casa.
—¿Qué habéis hecho vosotros por la tarde? —preguntó a sus hermanos, que ya tenían la boca llena de puré de calabaza.
—Dar un paseo con Holly y luego hacer un bizcocho de yogur con la yaya —contestó Quique.
Nerea dejó el tenedor en la mesa y tragó con prisa para decir algo importante:
—Lo he hecho casi todo yo y me ha salido muy rico, ¿a que sí, yaya?
Davinia se fue a la cama con el chat de sus amigas echando humo. Todas querían acompañarla el próximo verano, enamoradas de las imágenes del mar batiendo contra los acantilados, el verde intenso de los pinares, las curiosas fortificaciones en ruinas.
—¡Qué bonito, Davi! ¡Qué suerte! —le escribió Isabel.
—Jo, ojalá estuviésemos todas allí contigo —suspiró Beatriz.
Ojalá. Llevaba apenas una semana sin verlas y ya las echaba terriblemente de menos. No había nada tan bonito en el mundo como tener amigas.