CAPÍTULO
C uando por fin consiguió levantarse de la cama porque el jaleo que hacían en la cocina era insoportable, Davinia se dio cuenta de que estaba agotada, más cansada incluso que antes de dormir.
Había tenido pesadillas horribles, como ahogarse en el mar tratando de salvar a Quique, o correr tras Nerea por el bosque, a quien una mujer vestida de blanco llevaba de la mano.
Silver había estado también muy inquieto y, las dos veces que reunió valor para asomarse a la ventana, la chica de enfrente seguía allí, observándola.
Nunca había tenido tanto sueño; le pesaba el cuerpo y bajar las escaleras parecía un desafío casi imposible.
Llegó a la planta de abajo sosteniéndose contra la barandilla de madera de las escaleras, agarrándola fuertemente con las manos, mientras su perro la seguía de cerca con el rabo escondido entre las patas.
—¿Quién le ha abierto la puerta de casa a Silver? —preguntó al aire, antes de entrar en la cocina, donde todos desayunaban en silencio.
Quique masticaba despacio una tostada untada en mantequilla, con los ojos cerrados, y Nerea se había quedado dormida sobre la mesa.
—Le has abierto tú, Davi, estabas tan grogui que ni te acuerdas —le dijo su abuela, mostrándole con desgana las opciones de desayuno. El abuelo Enrique había salido al pueblo a por el pan.
Davinia miró a su alrededor. Ni rastro de los gatos, y Holly dormía debajo de la mesa, cuando lo habitual era que ladrara sin parar hasta que alguien cedía y le daba un poco de comida.
Silver se echó a sus pies cuando Davinia se sentó con un vaso de zumo de naranja y un bol de yogur y frutas.
Necesitaba algo fresco para espabilarse.
—¿Y tus gatos, yaya?
La abuela Blanca se encogió de hombros y meneó la cabeza con mala cara, esforzándose en vencer el evidente cansancio. Algo no iba bien.
—Es que, entre tu hermano, que se ha puesto a gritar como un loco de madrugada; tu hermana, que se ha hecho pis en la cama; tú, que al bajar a por Silver has tirado el jarrón de la entrada sin querer… Vaya nochecita hemos pasado todos. Los gatos estarán por ahí escondidos.
Davinia no daba crédito. Normalmente se despertaba con cualquier cosa, con el ruido de una mosca, según su madre, y esa noche no había escuchado llorar ni gritar a ninguno de sus hermanos.
Nerea nunca se hacía pis en la cama. Tampoco recordaba haber bajado las escaleras, abierto la puerta al perro y subido de nuevo a la cama, ni, mucho menos, haber tirado ningún jarrón.
—Yo no he sido, yaya. Lo habrá tirado Rony, que le encanta subirse a las estanterías y ver cómo se caen las cosas al suelo.
Ese gato estaba como una cabra, ¿cómo iba ella a tirar un jarrón y no darse cuenta?
Su abuela asintió en silencio, casi sin escucharla, con esa cara que ponía cuando le estaba dando vueltas a algo, concentrada sin mirar a ninguna parte en concreto, sobre todo cuando tenía ese presentimiento de que algo malo iba a ocurrir.
Aunque lo dijera en broma, su abuelo tenía razón: la abuela Blanca era un poco bruja.
—¡Nos vamos a la playa! —El abuelo Enrique irrumpió en la cocina con sendas ojeras marrones y profundas, pero de buen humor, despertando a Nerea y a Quique del letargo en el que estaban sumidos.
Silver corrió hasta él a saludarlo y Holly ladró alterada como siempre que alguien llegaba a casa, poniendo por fin algo de normalidad a la mañana. Quique abrió los ojos como platos.
—¿Me puedo llevar la consola?
Nerea se puso un poco triste cuando Davinia decidió no acompañarlos y quedarse en casa a ayudar a su abuela con la mudanza y a terminar de limpiar y decorar los baños y el salón.
La abuela Blanca limpiaba el polvo abstraída, colocando todo lo que Davinia iba sacando de las cajas que poblaban las estanterías tras pasarlas un trapo húmedo hasta dejarlas relucientes, sin sus canturreos de costumbre y sin preguntarle cosas sobre el colegio, sus amigos o sus padres.
Estaba muy extraña, aunque no tanto como los gatos, que se movían todos juntos, en un bloque defensivo, muy cerca unos de otros, con los lomos erizados.
Holly y Silver jugaban en el jardín, pero de vez en cuando corrían para ladrar a la casa de enfrente, muy agitados. Davinia miraba una y otra vez sin encontrar nada que pudiera ponerlos nerviosos.
Se acordó del chico de la bicicleta y volvió a ruborizarse sin querer. ¿Sabría él que vivía con un fantasma?
—Ve a buscar a estos a la playa con Silver y así os dais un paseo y te refrescas un poco —le dijo su abuela después de tres horas de trabajo intensivo—. Pero no te alejes del camino, ¿vale?
Davinia asintió, ya estaba harta de limpiar tanto.
Sin embargo, no le apetecía bajar con sus hermanos hasta la cala, sino explorar un poco los alrededores, así que cuando llegó hasta ellos y los vio correr por la orilla mientras su abuelo trataba de sacar alguna foto, pasó de largo en dirección contraria al pueblo y se adentró por uno de los senderos que llevaban al bosque.
Silver galopaba desatado entre los matorrales, comiendo hierbas y masticando flores. Saltaba como un cervatillo y Davinia, que no podía seguir su ritmo, terminó soltándolo para que fuera a su aire sin la correa. Total, no había nadie por allí, lo que era raro en pleno verano.
Porque qué bonito era, la verdad. Los pinos se elevaban en su verde oscuro hasta el cielo claro y luminoso, apenas salpicado por nubes blancas y esponjosas.
Las aves volaban arriba y abajo en círculos.
El olor del mar se mezclaba con el de la madera de los árboles y no se oía nada, excepto las olas rompiendo en el acantilado y los palos y piñas secas crujiendo bajo sus deportivas.
Parecía el escenario de un cuento de hadas.
Hasta que llegó al bosque.
Los árboles tenían ramas tan densas que bloqueaban la luz del sol.
De pronto, se puso todo oscuro y empezó a hacer mucho frío, y a Davinia se le puso la piel de gallina bajo la camiseta roja de tirantes.
Ya no se oía el mar ni a los pájaros, solo el silbido que hacía el viento recorriendo los rincones del laberinto vegetal.
Silver salió del sendero marcado y se adentró en la espesura sin atender los gritos de su dueña, que corrió tras él sin pensarlo mucho para no perderlo de vista.
Lo alcanzó cuando el perro paró en seco de repente.
Sentado, inmóvil, sin ladrar ni mover el rabo, como si fuese otro perro diferente al suyo, miraba de frente sin pestañear.
Tres mujeres de pelo largo, larguísimo, al menos hasta la cintura, los observaban con curiosidad, cogidas de las manos formando un círculo. Eran demasiado mayores para andar jugando al corro de la patata y Davinia sintió el estómago desplomarse hasta los pies, había algo siniestro en ellas.
Ató a Silver y salió corriendo hacia casa sin mirar atrás, como si su vida dependiera de ello. Porque presentía que, de hecho, su vida realmente dependía de ello.