¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

D avinia se entretuvo con el móvil un rato sentada en la cama.

El colchón era nuevo y mullido, y las sábanas olían al detergente de flores que usaba su abuela.

Aunque apenas eran las once de la noche y el cielo acababa de oscurecerse, decidió que lo mejor era descansar bien para aprovechar el día siguiente en la bici y conocer el pueblo.

Además, quería llevar a Silver a la playa.

En verano la entrada a perros no estaba permitida, pero por lo que había visto desde el coche no parecía haber nadie para impedírselo.

Apenas se veía gente por las calles. Qué rabia le daba eso; nunca eran los perros ni los animales quienes ensuciaban los parques, la sierra, los pantanos o las playas y, aun así, solo las personas tenían acceso a esos espacios.

Como si el mundo les perteneciera y los demás animales existieran solo como entretenimiento, comida para ellos o ayuda en el trabajo.

¿Por qué el ser humano se creía tan especial?

Lo era, de acuerdo, pero igual que el resto de los seres que poblaban La Tierra.

Sus tíos, Sarah y Breogán, eran vegetarianos.

Solo comían espaguetis, macarrones, arroz, frutas y verduras.

Incluso sus pizzas y hamburguesas estaban hechas de lentejas o soja, un sabor que a Davinia no le gustaba nada de nada.

Ellos decían que los animales no estaban en el mundo para sufrir ni para que las personas los usasen en su provecho.

Davi estaba de acuerdo en parte, pero por otro lado le encantaban los filetes empanados de pollo y el helado de chocolate para comer de postre, así que se consolaba pensando que ya tendría tiempo de mayor para analizar todo aquello.

Por ahora, tenía que comer lo que le mandaban sus padres.

Silver había decidido dormir en el jardín, entre las flores.

Davinia estaba algo preocupada por si pasaba frío, sed o miedo, pero supuso que, si luego quería entrar en algún momento a lo largo de la noche, se pondría a ladrar en su ventana y ella podría levantarse para dejarlo pasar dentro.

Nerea no se había asustado con las historias de fantasmas y se quedó dormida nada más cenar.

Quique tampoco tardó en irse a la cama. El viaje les había dejado agotados.

Se asomó a la ventana para buscar la luna, pero no se veía desde su habitación, debía quedar al otro de la casa.

Sin embargo, quedó impresionada por la cantidad de estrellas que brillaban en el cielo azul marino.

Parecía como si alguien hubiera tropezado y derramado un puñado de diamantes en el aire, suspendidos, titilantes y majestuosos.

Nunca había visto un cielo así, ni en Madrid ni en la ciudad de Coruña.

En ese pueblo, sin contaminación ni luces artificiales que lo opacaran, el cielo era un espectáculo tan impresionante como el mar, que rugía rítmicamente, entonando una nana que se mezclaba con el susurro de las ramas altas del bosque.

Bajó la vista hacia el jardín de la casa de enfrente, de donde salía un chico de su edad.

Era castaño, delgado, vestía unos vaqueros grises y una camiseta roja de manga larga.

Davinia sintió un hormigueo en el estómago y se ruborizó al verle coger la bicicleta y desaparecer por la parte de atrás de la casa, en dirección al bosque.

Parecía guapo, al menos de lejos, aunque al estar tan oscuro no podía asegurarlo.

Iba a girar la manivela de la persiana para evitar que la luz matutina la despertara demasiado temprano, cuando de repente tuvo que taparse la boca para ahogar un grito que se le quedó atravesado en la garganta, igual que cuando comía pan demasiado rápido.

La chica de cabello oscuro seguía allí, inmóvil en la ventana, mirándola fijamente, sin parpadear, con esos ojos redondos y enormes.

Bajo la luz de la noche, su piel parecía aún más pálida, casi fantasmagórica.

La sonrisa extraña que esbozaba dejaba entrever sus dientes blancos, como si estuviera congelada en el tiempo.