CAPÍTULO
M erendaron tortitas caseras y zumo de naranja. Estaban cansados del viaje y la sobremesa transcurrió con una calma perezosa. Sin embargo, su abuelo no dejaba de mirar por el jardín, rebuscando en los bolsillos de la chaqueta.
Ni rastro de las llaves del coche.
—A ver si te las has dejado en el restaurante cuando habéis parado a comer —sugirió su abuela.
—A ver, Blanqui, entonces no hubiese podido arrancar el coche para venir hasta aquí.
Las buscaron sin éxito, pero, como el sol ya se estaba ocultando, decidieron dejarlo para el día siguiente. Su abuelo, encogiéndose de hombros, les habló de una puerta en la parte trasera del garaje que daba a un cobertizo donde había guardado las bicicletas.
—Nunca se sabe cuándo va a llover en Galicia, así no se oxidan —explicó—. Podéis ir a explorar los senderos, pero sin salir de los caminos, no os vayáis a perder.
—¿Y si nos perdemos igual por el camino? —preguntó Quique sin apartar la vista de su tablet.
Su abuelo negó con la cabeza, a medias por la pregunta y a medias para demostrar su desaprobación por las horas que su nieto pasaba pegado a la pantalla.
—No te puedes perder porque los senderos son circulares. Si no sabes dónde estás, sigues pedaleando y acabas regresando aquí —le dijo—. Eso sí, prohibido salir de noche.
La abuela Blanca frunció el ceño. Le parecían demasiado pequeños para ir solos por el bosque.
Podía aparecer algún desalmado o podían sufrir un accidente.
Su abuelo protestó: cuando él era niño se iba a rodar kilómetros y nunca le había pasado nada.
Cotovelos era un pueblo tranquilo donde todos se conocían, y por los caminos de hierba apenas circulaban coches.
—Mejor eso que estar todo el día con el teléfono y el ordenador, que se van a quedar tontos…
Quique siguió jugando sin inmutarse, mientras Nerea se reía. Su abuela chasqueó la lengua.
—Como sean verdad las historias que cuentan y les pase algo a mis nietos, te la cargas.
Davinia sintió un escalofrío. Aún no se había olvidado de la chica de la casa de enfrente. Preguntó por aquellas historias, pero en cuanto lo hizo se arrepintió.
Su abuelo se encogió de hombros.
—Tonterías. En este pueblo la gente es muy supersticiosa —respondió—. Hasta dicen que las personas empezaron a marcharse pensando que había meigas por la zona.
—¿ Meigas ? —preguntó Nerea.
—Sí, brujas, como tu abuela —se rio su abuelo de su propio chiste—.
Leyendas, como la de la virgen de Chanteiro, a la que le llevan flores y velas en la romería de primavera para agradecerle que les librase de la peste hace seiscientos años.
Lo mejor de la fiesta es que suenan gaitas y reparten empanada y rosquillas.
Nerea lo miró muy fijamente.
—Leyendas… ¿qué es eso? ¿Como Hércules?
Su abuelo asintió, pero Quique se adelantó:
—O como la de los barcos fantasma que siguen navegando por el mar.
—¿Barcos de fantasmas? —chilló su hermana pequeña.
Davinia suspiró. Era otra de esas historias locas que su abuelo les había contado hasta la saciedad.
—Algo así —empezó a explicar él—. Esta costa se llama la Costa Ártabra y aquí, durante siglos, los barcos que salían a navegar no siempre volvían, era como si el mar se los tragase.
—Tonterías —le interrumpió su hermano, poniendo la voz solemne y grave que usaba cuando se hacía el listillo—. Porque estas aguas tienen corrientes cruzadas y hay mucha niebla. Es normal que haya accidentes marítimos, nada de que el mar se los tragase. Aquí, el único tragón es el yayo.
Davinia y la abuela Blanca se rieron a carcajadas, dándole la razón.
—Pero ¿y los fantasmas? ¿Qué pasa con eso? —preguntó Nerea preocupada.
—Pues pasa que alguna gente de la zona dice que, en las noches de temporal, se ven luces sobre el agua, como la de los barcos desaparecidos… pero no hay barcos —siguió el abuelo Enrique.
Davinia bufó y Quique volvió a interrumpir:
—Vamos, linternas de pescadores, Nerea.
—Puede ser —admitió Enrique—. O reflejos del agua, o miedo de la gente que ve cosas donde no las hay.
Nerea se encogió de hombros, todavía intranquila.
—¿Y si son barcos fantasmas, qué?
La abuela Blanca hizo un ademán para acabar la conversación.
—Tu abuelo está intentando asustarte, no le hagas ni caso, que no sabe gastar bromas.
—Pero… ¿y si un fantasma del barco viene hasta casa? —insistió Nerea.
Davinia suspiró, ya arrepentida de contarle esas leyendas a su hermana e intervino para relajar el ambiente:
—Entonces le dices que ayude a reformar la casa, que menudo trabajo nos espera.
Todos se rieron, pero Davinia sabía que a Nerea no le había hecho ninguna gracia y estaba tratando de disimular el miedo.
—Qué tonterías se cree la gente, la verdad. —Quique meneó la cabeza—.
Nerea cruzó los brazos, algo más calmada.
—Vamos, que es una mentira como un palacio de grande —dijo.
Davinia frunció el ceño, no del todo convencida. En realidad, todas las cosas que les contaba su abuelo sonaban un poco a invento, pero una nunca podía estar del todo segura de si no había algo de verdad en todas ellas.
—Pues yo sí que me creo que haya barcos fantasmas —intervino el abuelo Enrique en tono de guasa.
La abuela le dio un codazo. Nerea tenía seis años y no necesitaba escuchar más bromas de ese tipo, bastante miedo le daba tener su propia cama y tener que dormir sola todo el verano.
Davinia rodó los ojos algo indignada ante la prudencia de su abuela, ya que cuando ella tenía esa misma edad nadie parecía preocupado por las cosas que le contaban a ella; y la propia abuela Blanca la sentaba con ella a ver programas de fantasmas en la tele, ¿por qué siempre la habían tratado como si fuese más mayor de lo que era en realidad?
Pensó un momento en lo que había dicho su abuelo antes: que personas mayores, adultos, dejaron atrás sus casas y sus vidas porque tenían miedo de unos cuentos tontos, y entendió que la edad no importaba para comportarse como un cobarde.
Ella, desde luego, era valiente, muy valiente, y ningún cuento de marineros perdidos le iba a robar el sueño que le había dado de pronto.
Subió las escaleras y, de alcanzar el primer escalón, se detuvo en seco.
—Abuelo, ¿no son esas las llaves del coche?
Las habían buscado por todas partes y resulta que estaban allí, a plena vista, en el vaciabolsillos de la entrada en el que Davinia habría jurado que había mirado tres veces por lo menos.