¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

T enían una valla de madera de color rojo teja y un caminito de esos que uno dibuja cuando es pequeño y alguien le pide que haga una casa en una cuartilla de papel.

El césped, sin cortar y de un verde brillante, invitaba a echarse una siesta; esponjoso y aterciopelado.

En el jardín crecían muchas flores amarillas en forma de campanilla, otras de tono malva con apariencia de estrellas de cinco puntas, y un enorme limonero al lado derecho de la casa, que miraba de frente al mar.

Davinia sabía que su abuelo, que odiaba las casas grandes y con escaleras, solo había accedido a comprar una de aquellas villas porque no pudo resistirse a la idea de despertarse contemplando el Atlántico en toda su inmensidad.

Su abuela la recibió con un abrazo que casi le parte las costillas, pero Nerea pronto se interpuso agitando los brazos para pedir su beso.

Davinia echó un vistazo a su alrededor. La casa era impresionante.

Holly ladraba nerviosa desde la entrada, sin atreverse a acercarse al notar la presencia de Silver.

Pero este salió disparado hacia ella con ganas de jugar, y pronto se hicieron amigos.