¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

D avinia había escuchado muchas veces decir que quienes nacían y crecían cerca del mar ya no sabían vivir lejos de él, como si el océano se metiera en su corazón.

No recordaba con exactitud la primera vez que vio aquella inmensa extensión azul brillar en el horizonte, pero sí la sensación de que algo la llamaba desde allí, la atraía, como si también ella hubiese llevado siempre un pedazo de mar dentro, a pesar de haber nacido tan lejos.

Bajó la ventanilla para que el olor a salitre inundara el coche y, unos minutos después, vio a través del retrovisor cómo la que hasta ahora había sido la casa de sus abuelos se hacía cada vez más pequeña. Todavía quedaba un buen rato de camino hasta la casa nueva.

—¿Cuánto falta? —preguntó Nerea, impaciente.

—Nada, una media hora, que se pasa enseguida. Ya verás qué bosques y qué paisajes más bonitos —respondió su abuelo.

Davinia chasqueó la lengua sin querer. No entendía por qué habían decidido alejarse de la ciudad, con sus centros comerciales, tiendas y restaurantes, para irse a vivir en medio de la nada.

Tal vez aquel verano estuviese gafado desde el principio, incluso antes de que Nerea decidiera acompañarlos.

¿Qué iba a hacer en ese pueblo en el que ahora vivían sus abuelos?

—¿Es cierto que el pueblo estuvo abandonado? —preguntó, tratando de hacerse una idea de cuántos chicos de su edad habría por allí.

—Sí, fue muy raro. Es un pueblo precioso, pero, como era pequeño, casi todos los habitantes pertenecían a las mismas familias.

Con el tiempo, muchos se fueron mudando, hasta que no quedó casi nadie allí.

Hace unos años ocurrió justo lo contrario.

Alguien se dio cuenta de lo bonitas que eran las casas y de lo bien situado que estaba, entre el bosque y la playa.

Se mudó allí con su familia y, poco a poco, más gente fue llegando para ocupar las casas vacías, que eran muy baratas.

Así, el pueblo volvió a tener vida, y ahora viven allí unas doscientas treinta personas —contó el abuelo Enrique, como si fuera otra de esas historias que tanto le gustaban—.

Bueno, doscientas treinta y dos con vuestra abuela y conmigo.

Aunque no tenía muchas esperanzas puestas en aquellas vacaciones, Davinia reconoció que, cuanto más se acercaban a la casa nueva, más le gustaba lo que veía.

Castaños, tejos y pinares kilométricos bordeaban los acantilados afilados y orgullosos sobre un mar rugiente que parecía bailar de alegría al recibirlos.

Entre la vegetación, cientos de toxos amarillos salpicaban el paisaje.

Las casas, tan distintas de los edificios señoriales de Madrid o de Coruña, le recordaban a ese juego de internet con el que su abuela se distraía horas.

Se sucedían huertas y espantapájaros, el canto incesante de insectos y aves, y el olor penetrante de espuma de mar y arena, ese aroma que tanto había echado de menos.

Desde la carretera, en la misma entrada del pueblo, se veía un pequeño cementerio de muros blancos que parecían recién pintados.

La verja de forja estaba abierta. Unos metros más adelante, una plaza cuadrada, con tres castaños gigantes en el centro, albergaba un parque infantil donde dos niños de la edad de Nerea probaban sus patinetes entre los columpios.

Justo enfrente, un modesto economato tenía a algunas mujeres haciendo fila, conversando animadamente.

Subiendo una cuesta empinada, pasaron junto a una iglesia de piedras blancas cuya entrada estaba llena de flores de colores.

Más arriba, una rotonda conectaba con varios senderos de tierra que partían hacia el bosque.

En una parada de autobús, un mapa detallaba las rutas de senderismo y ciclismo, clasificadas por longitud y dificultad.

El enorme Citroën c5 negro de su abuelo tomó la tercera salida, adentrándose en una calle con un cartel que decía Rúa das Vírgenes .

A medida que avanzaban, Davinia se fijó en los nombres de las enormes e impresionantes villas que iban dejando atrás: Virgen de la Macarena, Virgen del Rocío, Virgen Tenebrosa. .. ¿Tenebrosa? Espera, ¿qué?

—Vuestra abuela lo buscó en internet y solo encontró una canción de rock argentino que se llamaba así: Virgen Tenebrosa —comentó el abuelo—.

Pero una vez me encontré con el dueño y me contó que él no cree ni en vírgenes ni en iglesias ni en nada de eso.

Le encantaba la casa, y como los antiguos dueños se negaban a vendérsela si no le ponía el nombre de una virgen, eligió ese.

Quique se echó a reír, y Nerea lo imitó.

—Estos gallegos están un poco locos, Nere, aunque son muy graciosos —le dijo a su hermana con cariño.

Davinia vio a un hombre de pelo blanco y ojos oscuros observándolos desde la ventana de aquella villa. No sonreía. Era la última casa de la calle, justo antes de la maravillosa playa de agua cristalina y arena dorada que se extendía frente a ellos.

El abuelo giró a la derecha y señaló por la ventanilla.

—Mirad, ahí está la yaya. Esa es nuestra casa, ¿os gusta?

Silver aulló con entusiasmo, moviendo el rabo de un lado a otro frenéticamente, como si respondiera en nombre de todos.