¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

S u padre y su abuelo habían quedado a mitad de camino para hacerse el relevo con los coches.

Su padre conducía trescientos kilómetros en dirección a Galicia, y su abuelo otros trescientos en dirección a Madrid.

Se encontrarían a las dos de la tarde en un restaurante de La Bañeza, en la carretera n-vi.

Durante la parada, Davinia comió un sándwich con patatas fritas y bebió una soda bien fría. El gas le burbujeó en la nariz más de la cuenta y casi la hace atragantarse. Nerea, por su parte, insistió en que quería otro refresco, pero su padre se lo negó:

—Tú eres muy pequeña para beber eso. Mejor agua, o si quieres, un zumito.

Aquello terminó de poner de buen humor a Davinia, porque pocas veces le negaban algo a Nerea.

Después de haber pasado toda la tarde y la noche anterior al borde de las lágrimas, su padre, en un intento de reconciliarse con ella, había ido a buscar a Silver a casa de su madre para que pudiera acompañarlos en las vacaciones.

A Davinia se le había ido pasando el disgusto por haberse quedado a cargo de Nerea en el último momento.

No solo porque ya no tendría que pasar un mes entero sin ver a su perro, sino porque además Silver le daría la excusa perfecta para desaparecer de vez en cuando, sacándolo a pasear cuando necesitara un respiro.

Se despidieron de su padre y continuaron el viaje rumbo a Coruña, aún a tres horas de distancia.

—Yayo —preguntó Quique—, ¿a que es verdad que en la Torre de Hércules había un espejo mágico?

A su abuelo Enrique le encantaba Galicia. Había nacido en Madrid, pero en cuanto se jubiló, convenció a la abuela Blanca de mudarse a A Coruña, gatos incluidos. A Davinia le había dado pena que se marcharan, pero ahora siempre tenía una casa cerca de la playa donde pasar las vacaciones.

—¿Quién es Hércules? ¿El de los dibujos? —preguntó Nerea.

—A ver, Nerea, Hércules existió, por eso hicieron la película, ¡que no te enteras! —se desesperó Quique.

Davinia tuvo que contener la risa desde el asiento delantero.

—No, a ver chicos, hay una cosa que se llama mitología, que son como una especie de cuentos para mayores —intervino su abuelo, bajando el volumen de la radio—.

Hércules es un personaje de esos cuentos.

Y en una de sus historias se dice que en la antigua Coruña vivía un gigante malvado de tres cabezas llamado Gerión.

—¿Tres cabezas? Pues sí que necesitaría almohadas. ¿Y por qué era malo, yayo? —preguntó Nerea, intrigada.

—Porque obligaba a sus súbditos a entregarle todos sus bienes, incluso a sus propios hijos. —Su abuelo sonrió satisfecho al ver cómo Nerea abría la boca de sorpresa. Hacía mucho que no tenía un público tan interesado—. Así que la gente tuvo que pedir ayuda a Hércules.

—¡Como un superhéroe! —interrumpió Quique.

—Ah, ya lo entiendo. —Nerea asintió convencida—. ¿Y tenía capa?

—No, pero tenía una fuerza increíble. Luchó contra Gerión durante tres días y, al final, lo venció. Luego mandó construir una torre sobre su cabeza, y la llamaron la Torre de Hércules.

Nerea arrugó la nariz. Davinia y Quique se reían.

—¿Enterraron su cabeza ahí? ¡Puaj!

hablaban muy raro —respondió Quique—. Ahora ya lo dicen bien: Coruña.

—Yo he visto la película de Hércules en la televisión y no iba a ninguna Cruña, ¿eh, yayo? —insistió ella.

Silver, que dormitaba en el asiento trasero, lanzó un gruñido soñoliento, como si también estuviera opinando. Davinia le rascó detrás de las orejas.

—¿Y el espejo? —preguntó Quique impaciente.

—Ah, eso fue obra del sobrino de Hércules, Espán —respondió su abuelo—. Era muy sabio y mandó construir un espejo enorme en la cima de la torre para ver a los barcos enemigos antes de que llegaran.

—¿Y qué pasó con él? —preguntó Nerea con los ojos brillantes.

Davinia había escuchado la historia tantas veces que podría recitarla incluso dormida, así que intentó desconectar del sermón que se avecinaba y cerró los ojos.

A Nerea le gustaban los espejos, un poco porque era presumida, pero sobre todo porque le recordaban a la madrastra de Blancanieves y a Alicia en el País de las Maravillas . Ella también había pasado por esa fase, aunque ahora le interesaban otro tipo de series, como Violeta o Soy Luna .

—Pues pasó que unos invasores, oyeron hablar del espejo y planearon destruirlo —siguió su abuelo Enrique en su clase improvisada de historia—.

Pintaron sus barcos de verde para que parecieran islas flotantes y engañaron a los vigías.

Cuando llegaron a la ciudad, rompieron el espejo y lo conquistaron todo.

Los tres se quedaron en silencio, imaginando los cristales rotos esparcidos por la torre. Entonces, Silver lanzó un aullido inesperado que los hizo saltar en sus asientos. El susto se transformó de nuevo en más carcajadas.

—¡Silver, no nos asustes así! —exclamó Davinia, riéndose con nerviosismo.

Sin embargo, la historia se había quedado dando vueltas en su cabeza. Recordó un programa que solía ver con su abuela, donde hablaban de misterios y cosas de miedo. Decían que los espejos eran un vínculo con el Más Allá. Un escalofrío le recorrió la espalda y sintió un mal presentimiento.

Para distraerse, fijó la vista en las flores rojas y amarillas que asomaban a los lados de la carretera hasta que, poco a poco, se quedó dormida.