¡Cuidado con las meigas! (Verano en Cotovelos 1)
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CAPÍTULO
T odos los niños del mundo sueñan alguna vez con vivir una gran aventura: de piratas, de princesas, de brujas o de magia.
Si Davinia hubiera sabido todo lo que iba a ocurrir aquel verano, no se habría pasado las seis horas del trayecto en coche enfadada y sin hablar con sus hermanos.
Tener hermanos pequeños era un auténtico fastidio, algo que cualquiera que los tuviera sabía bien.
Acababa de finalizar el curso, y el sol se desparramaba como un huevo frito muy amarillo por el cielo, anunciando los días de playa y libertad de los meses de vacaciones.
Aunque la mudanza de sus abuelos a la nueva casa había dejado en el aire hasta el último momento la posibilidad de veranear con ellos, al final había conseguido convencer a su abuela, que también se moría de ganas de verlos desde la última vez.
Todo iba bien hasta que, el día antes del viaje, mientras terminaba de hacer las maletas en su habitación y esquivaba los muñecos de peluche que sus hermanos pequeños se lanzaban como si fueran munición de guerra, su padre le dio una noticia terrible:
—Este año Nerea también se va con vosotros. Elena y yo trabajamos los dos, así que tienes que cuidar de ella, que para eso eres su hermana mayor.
Quiso quejarse, pero no lo hizo. Sabía que cuando su padre tomaba una decisión, nadie podía hacerle cambiar de idea. Así que contuvo las lágrimas y se despidió de sus planes con el estómago encogido de rabia. Cargar con Nerea lo estropeaba todo.
Porque a Davinia le gustaba leer, bailar, ir en patines, pasear por el borde de la playa y hacer el pino allí donde cubría el agua fresca.
Le gustaba pintar, escribir cartas, sacar fotos y hablar con sus amigas por el móvil.
Iba a empezar el instituto el próximo curso y, aunque no quería admitirlo, estaba un poco preocupada.
¿Cómo serían las clases, los profesores, sus nuevos compañeros?
Se sentía en una edad en la que nadie la entendía: demasiado pequeña para unas cosas, demasiado mayor para otras, como si siempre estuviera fuera de lugar.
Se suponía que ese iba a ser un mes para ella, sin estudios ni responsabilidades, y de pronto le decían que todas esas cosas que pensaba hacer ya no serían posibles porque tendría que cuidar de su insufrible hermana pequeña.
A Quique parecía no importarle. Se pasaba el día con sus videojuegos, absorto en su universo digital, sin enterarse de quién había o dejaba de haber a su alrededor.
Sus padres se separaron cuando ella apenas tenía cuatro años y Quique no había cumplido los dos.
Tanto su padre como su madre rehicieron sus vidas por separado y, desde entonces, Davinia tenía la sensación de vivir en varias realidades alternas, como los mundos de los superhéroes que le gustaban a su tía Sarah.
En cada realidad ella era una niña distinta.
De lunes a viernes, Quique y ella vivían con su madre.
En esa vida tenía su propia habitación, iba al colegio, pasaba las tardes con sus amigas en el parque y, además, tenía un hermanito de diez meses llamado Daniel y un perro, Silver.
Quería mucho a Daniel y a Silver, pero la verdad era que daban mucho trabajo y casi no le dejaban tiempo libre.
Nada de tiempo libre, en realidad.
Los fines de semana, en cambio, Quique y ella iban a casa de su padre y Elena. Allí compartían habitación con su hermana Nerea, de seis años. Casi nunca salían de casa, pero al menos ella no tenía que preocuparse de fregar los platos o preparar la cena, y la casa estaba limpia y ordenada.
Cada una de sus dos vidas tenía cosas buenas y malas, y Davinia intentaba concentrarse en lo mejor de cada mundo. También tenía otros universos: el del colegio con sus amigas, el de sus tíos… y en cada uno de ellos podía comportarse de un modo diferente.
Pero su universo favorito era el verano en casa de sus abuelos.
Allí podía comer lo que más le gustaba, le compraban ropa nueva, lápices y cuadernos, bajaba a la plaza a patinar, veía la tele hasta tarde y, sobre todo, tenía tiempo para ella.
Sin responsabilidades, sin que su padre le obligara a jugar con Nerea, que solo hablaba de princesas.
Nerea siempre se quedaba en Madrid porque un mes era demasiado tiempo para estar lejos de casa, y si le daba por llorar, su padre tendría que conducir seiscientos kilómetros solo para ir a buscarla y otros seiscientos para llevarla de vuelta. Y Nerea lloraba mucho.
Davinia quería a sus hermanos, sin duda, pero tenía sus propias preocupaciones y no quería estar pendiente de ellos. El verano era cuando ella podía ser simplemente Davi y hacer lo que realmente le apetecía.
—Tu hermana también quiere ver a los abuelos y no ha ido nunca, así que pórtate bien con ella —le regañó su padre cuando finalmente protestó—. Y ayuda a tus abuelos en la casa nueva, que tienen muchas cosas que hacer.
Davinia apretó los dientes. Siempre era a ella a quien le daban órdenes.
«Baja al perro», «Barre un poco», «Recoge tu cuarto», «Juega con tu hermana y haz los deberes», «Vete a comprar»…
Quique, en cambio, podía jugar sin que nadie le pidiera que hiciera nada, porque era un chico.
Y no es que ella fuera una experta en el tema, pero le parecía que la vida para los chicos era más fácil.
Nadie esperaba que fueran responsables, y por eso mismo, no lo eran.
Nerea, aunque era una niña, también se libraba de todo porque era pequeña. Ser la mayor era un incordio, y Davinia se vino un poco abajo al pensar en un mes de julio con su hermana, obligándola a jugar con muñecas o aguantando sus rabietas.
—Davi, te tienes que portar bien conmigo, y nada de patinar, que yo todavía no he aprendido, ¿eh?
Quique la miró de reojo, pausó su videojuego y resopló:
—Uf, menudo verano te espera… Menos mal que yo tengo allí la consola.
Y siguió jugando sin más.