¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 38
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Capítulo 38

—Damián me contó ayer que se acuesta de vez en cuando con Celia —me dijo Julio.

—¿Y te extraña?

Puse los ojos en blanco.

—Joder, pues sí. Pensaba que solo follaron la noche del reencuentro con los excompañeros de estudios. Desde entonces nunca me ha dicho que siguiera viéndola.

—Era de esperar, Julio. Damián es el prototipo perfecto para Celia.

Guapo, atractivo, pero lo que es más importante y va por encima de todo, tiene dinero y es empresario.

Punto. Si no consigue que su padre le deje la empresa, lo que sería la decisión más acertada que podría tomar ese hombre, pues tendrá una pareja con el suficiente dinero para sus caprichos.

—Y él no se da cuenta de la encerrona que le está haciendo Celia —dijo pensativo.

—Él se da cuenta de lo que quiere, Julio.

Damián no es tonto y si quiere pasar por el aro porque le conviene para tener polvos fáciles, pues allá él.

Es su vida la que va a joder, porque alejarse de Celia, cuando se ha metido tan dentro de su vida, le costará mucho.

Ella hará lo que sea por mantenerlo a su lado.

—A mí no me escucha —habló desanimado.

—Eres su amigo, no su salvador.

—Pero me jode.

—Porque eres un gran amigo, Julio. Lo que no puedo decir de él. Y no vas a convencerme de lo contrario porque por todo lo que me has ido contando desde que nos reencontramos, te aseguro que tengo lo necesario para tirar por tierra todo lo bueno que quieras decir de él.

—Eres implacable —dijo con diversión.

—Con quien se lo merece, sí.

—Sé que tienes razón, pero…

—Llegará el día en el que abrirás tanto los ojos que lo mandes a la mierda. Lo sé.

—Puede…

—Ya te digo yo que sí. Pero hasta que suceda, no te agobies por nada de él. ¿Quiere seguir follándose a Celia? Adelante. Es la vida de ellos dos, no la tuya. Y ambos son mayorcitos para saber lo que les conviene o no. Te aseguro que Celia lo sabe muy bien.

Mi padre salió con una lata de refresco y sonreí. Vino hacia mí y me la dejó al lado del vaso vacío.

Me hizo un guiño, antes de inclinarse para darme un beso en la cabeza. Se sentó en la silla de al lado.

Estábamos en el porche trasero de la casa de mis padres.

—Te dejo. Nos vemos mañana.

—Vale, preciosa. Saluda de mi parte a tus padres. Estoy deseando que llegue mañana, me van a sentar genial las pequeñas vacaciones.

—Ni que lo digas. Te van a sentar de lujo.

Reímos.

Después de otra despedida rápida, colgué y dejé el teléfono en la mesa.

Había venido a ver a mis padres para despedirme de ellos. Mi madre no estaba, por lo que la estábamos esperando donde mejor se estaba de en toda la casa al final de la tarde.

—¿Ya tienes preparado todo lo que vas a llevarte?

—Sí. Tampoco es mucho. No llevo casi equipaje.

Un pijama, varios bikinis y vestidos playeros, pantalones cortos, camisetas, una chaquetita para cuando refresque un poco por la noche y las chanclas.

Lo demás serán mis productos para la cara y el cuerpo y la electrónica. Ya está, no necesito nada más.

—Tu abuela está como loca porque vais mañana.

Sonreí.

—Lo sé. Hablé con ella anteayer.

—Está deseando tenerte allí. ¿Sabes algo nuevo de Sergio?

Les conté a mis padres la relación que tenía con Sergio, cómo nos conocimos y la coincidencia de que fuera el hermano de mi amiga Clara, ni más ni menos.

Se sorprendieron por la noticia y por todo lo demás, pero enseguida se alegraron por mí. Que Sergio fuera policía pareció gustarles mucho.

No lo conocían, era demasiado pronto para eso porque, siendo realista, había pasado más tiempo alejada de Sergio que con él.

A saber, cómo volvería. Lo mismo se echaba para atrás en lo que comenzamos y dejamos parado al inicio de todo.

Esa posibilidad me inquieta. Mucho. Tanto como el no poder hablar con él como yo quería.

—No —le contesté a mi padre—. Desde su última llamada, que duró muy pocos minutos, no ha vuelto a llamarme.

—Debe estar muy liado.

—Ya…

—No queda mucho para que regrese, ¿no? El mes está a punto de cumplirse.

—Ni idea, porque como no me lo dice… El mes puede convertirse en muchos más.

Me encogí de hombros.

—Cariño, él respeta tus horarios y tus guardias interminables.

—Ya lo sé, papá —suspiré, antes de beber un sorbo de refresco—. Y yo también su vida y su profesión, con todo lo que conlleva, pero no es fácil.

—Me hago una idea, pero tú eres más fuerte que cualquier miedo e incertidumbre. Sé que deben estar pasándote muchas cosas por la cabeza y ninguna buna.

—Sí —susurré.

—En esos momentos túmbalo todo pensando en que, si Sergio no quisiera estar contigo, ya te lo habría dicho.

Es así de simple. Solo necesita unos segundos para decírtelo en una de las llamadas que te hace cuando puede.

Que no se te olvide esto último, porque es muy importante.

Cuando puede, no cuando quiere o cuantas veces le apetezca.

—Vale —sonreí—. Gracias, papá.

—Ah. Ahí está tu madre.

Sonreímos al escucharla llamar a mi padre. Él no le respondió, por lo que me la imaginé recorriendo toda la casa porque mi padre al salir había dejado la puerta trasera del porche que parecía cerrada.

—Aquí estás —dijo antes de vernos, tirando de la puerta con fuerza—. ¿Por qué no has contestado cuando…? Oh, cariño —dijo cuando me vio.

—Hola, mamá.

Me levanté de la silla para darle un abrazo. Vino hacia mí directa y fue lo que hicimos, abrazarnos y darnos varios besos.

—¿Hace mucho que has llegado?

—Una media hora.

—Esperadme. Voy a por algo fresco que estoy sedienta.

Mi padre y yo le sonreímos.

—¿Preparada para el interrogatorio sobre Sergio? —me preguntó con diversión él.

Mi bufido lo hizo reír.

Cuando mi madre se sentó con nosotros en el porche, respondí a todo lo que quiso saber. Hablamos del viaje del día siguiente y, cómo no, de Sergio. Mi padre no falló.

Pasé con honores otra tanda más de preguntas, saliendo victoriosa.

Después de una hora y media, tiempo en el que cenamos, me despedí de mis padres y me dirigí a mi dirección en el coche. Cuando llegué, dejé el vehículo estacionado en mi plaza del edificio y subí en el ascensor, dispuesta a ponerme el pijama y a dar el día por finalizado.

Me duché cuando terminé de hacer la maleta, antes de ir a la casa de mis padres. La siguiente ducha sería al despertarme a la mañana siguiente, para espabilarme antes de ir a recoger a Tania e ir con ella al hospital.

Fui directamente a la habitación, donde me desvestí y me puse la camiseta ancha que hacía de pijama. Una vez cómoda y después de pasar por el baño, llevé el móvil a la mesita de noche para ponerlo a cargar y dejé activadas las alarmas para el día siguiente.

Me olvidé del móvil poniéndolo en silencio y fui a la cocina a por una botella pequeña de agua. Regresé a la habitación bebiendo de ella.

Una vez saciada la sed, dejé la botella también en la mesita de noche y me puse frente a la maleta pequeña abierta, para hacer un repaso de todo lo que tenía dentro.

Me aseguré de llevar lo más importante y coloqué el neceser encima de todo, para al día siguiente no olvidarme de meter el cepillo del pelo y de los dientes. Hice lo mismo con el neceser donde metía siempre el cargador y el bolso que utilizaría para el viaje.

Dentro de la maleta llevaba otro de un tamaño más pequeño para cuando saliéramos a dar una vuelta por el pueblo.

Cuando terminé de todo, convencida de que no me olvidaba nada importante, caminé hasta la cama y me tumbé en ella.

Me paré unos segundos para comprobar que no tenía ninguna notificación importante en el móvil. Solté un suspiro, cansada de estar pendiente de recibir, aunque fuera un pequeño hola de Sergio. Eso para mí ya era mucho a estas alturas. Triste, pero cierto.

Enredé las piernas en la sábana y cogí una buena postura, cuando apagué la luz y cogí el libro electrónico que ya había cargado para llevármelo también.

Lo abrí, me acomodé mejor y comencé a leer.

Hasta eso me suponía un esfuerzo cuando lo normal en mí era que me relajara leyendo cada noche, hasta que me dormía. Daba igual si era un párrafo, una página o veinte, paraba cuando mi cuerpo me decía basta y me dormía sin darme cuenta.

Y eso había cambiado desde que se fue Sergio. Me costaba mucho concentrarme en la lectura y me daba rabia que toda mi rutina se viese afectada de una manera u otra.

Pero es que contra la mente era muy difícil luchar. Cuando me daba cuenta estaba pensando en Sergio, en cualquier cosa de él.

La noche y el silencio eran muy jodidos para dar rienda suelta a los pensamientos, pero, sobre todo, a los miedos.

Igualmente, como a cabezota no me ganaba nadie, una noche más en la soledad de mi habitación, me esforcé para leer hasta que me quedara dormida.

Me resultó difícil conectar con la historia por todo lo anterior, pero cuando lo hice y me metí de lleno en ella, fui sintiéndome mejor.