Capítulo 39
—Qué bonito —dijo Ingrid.
Sonreí.
Después de agarrar mi maleta, me giré hacia ella.
Al final éramos bastante más que los que íbamos a venir en un principio. El único que faltaba era Sergio, porque Ingrid, Matías y Mauro no habían querido perderse los cuatro días de desconexión en el pueblo costero.
Matías se autoinvitó en cuanto Tania le dijo que se iba. Después me llamó para preguntarme si podía venir, con voz de bueno. Nos reímos mucho.
Ese fue el inicio para que después se apuntaran Ingrid y Mauro.
Por sitio en la casa de Marga no había problema. Había espacio suficiente para todos, aunque tuviéramos que compartir alguna habitación o el salón. A nosotros nos daba igual, todo nos parecía bien.
Lo importante era estar juntos y disfrutar.
Mi abuela, Marga y Mabel estaban muy ilusionadas por nuestra visita. Les encantó saber que seríamos más. Julio cerró el maletero de mi coche y tiró de su maleta, para ponerse a mi lado.
Cerré el coche con el cierre y caminamos hacia donde estaban los demás.
Habíamos venido en dos coches, repartidos entre ellos. Los conductores éramos Matías y yo.
—Me encanta —comentó Clara.
—Joder, vámonos de aquí porque el mar está tirando de mí y estoy a nada de salir corriendo para lanzarme de cabeza. Vestido y todo —dijo Mauro.
Todos lo miramos divertidos, pero de acuerdo con él.
Comenzamos a caminar con las maletas, con Tania y conmigo marcando el camino. Éramos las únicas que sabíamos dónde estaba la casa de Marga, por lo que fuimos en cabeza.
La mayor parte del recorrido fue el paseo de la playa, hasta que a cierta distancia giramos hacia la izquierda y llegamos a la primera calle. No tuvimos que ir más lejos, Tania y yo nos miramos sonrientes, cuando vimos a lo lejos a mi abuela con sus amigas a los lados.
Las tres sonreían, mientras nos acercábamos. En cuanto estacioné, le envié un mensaje a mi abuela para avisarla de que acabábamos de llegar. Por eso nos estaban esperando.
—Abuela…
—Hija.
Nos dimos un fuerte abrazo que duró bastante y después fue el turno de Tania y Clara. A Clara Mabel no la conocía, por lo que se la presentamos. Una vez que pasamos por los brazos de las tres, llegó el momento del resto de presentaciones y de abrazos.
—Bienvenidos —dijo Marga, señalando con una mano la entrada de una casa.
—Qué bonita —dijo Ingrid y todos reímos—. ¿Qué? —preguntó extrañada.
—Hoy todo es bonito para ti —le dijo Julio—. No dejas de repetir lo mismo.
—Pues será porque me gusta todo lo que digo.
Se cruzó de brazos ella.
—Claro que sí, preciosa. Todo es muy bonito.
—Y tú muy idiota —le dijo Ingrid, con las cejas elevadas.
Julio soltó una carcajada que hizo reír a Ingrid también. Los demás los observábamos sonrientes.
Julio le rodeó los hombros con el brazo y la acercó a ella, para darle un beso en los labios. Eso calló a Ingrid. Se agarró a la camiseta de Julio para no separarse pronto.
—Vamos dentro —dijo mi abuela, sonriendo.
Me agarró del brazo y nos miramos con cariño. Fuimos las primeras en entrar en la casa, seguidas por todos los demás.
—¿De cuánto estás? —le preguntó Mabel a Ingrid.
—De cinco meses.
—Tienes una barriga muy bonita —le dijo mi abuela, haciendo hincapié en el bonita.
Todos soltamos una carcajada.
—A pesar de la broma que he hecho para que nos riéramos, lo he dicho muy en serio —volvió a hablar mi abuela—. Estás preciosa.
—Gracias.
Ingrid se ruborizó y Julio la miró embobado.
Mi amigo nos había dejado claro a Tania, a Clara y a mí que su interés por Ingrid era muy fuerte y que su embarazo no era impedimento para que le gustara tanto como para tener una relación con ella.
Aún no era oficial, pero lo que había entre ellos saltaba a la vista para todo el mundo que los viera. Julio iba a por todas con Ingrid y su bebé, del que haría el papel de padre encantado. Aunque esto último le diera un vértigo horrible hoy día.
Tiempo al tiempo. Había cosas que era mejor no planearlas ni pensarlas. Sabía que en cuanto Julio tuviera en brazos al bebé, todo cambiaría por sí solo.
A Ingrid se la veía encantada con el nivel de compromiso que le mostraba Julio. Y eso que no habían hablado de nada serio de sus vidas. Sexo habían tenido. Y mucho. Risas también. Lo demás estaba por venir y no faltaba mucho para ello por cómo estaban.
Les pedimos a mi abuela, a Marga y a mi abuela que nos esperaran en el salón, para que no se molestaran en llevarnos a las habitaciones.
Nos encargamos de todo Tania y yo y, una vez decidimos cómo íbamos a dormir, dejamos las maletas en las habitaciones y volvimos al salón para encontrarnos con las mujeres que nos esperaban sonrientes.
—Hemos reservado mesa en el restaurante de marisco que os gusta tanto —nos informó Marga, dirigiéndose a Tania y a mí.
Nosotras éramos veteranas en este pueblo y en esta casa. Mi amiga y yo incluso habíamos estado aquí solas.
Las veces que Marga no podía venir en verano, por diversos motivos, siempre nos ofrecía las llaves de su casa para que la aprovecháramos nosotras.
Tania y yo aceptábamos encantadas y felices, y, viajábamos hasta aquí todas nuestras semanas cortas. Sin excepción. Esos días de desconexión total nos servían para recargar las pilas al máximo.
Por eso este lugar para nosotras era muy especial. Teníamos muchos recuerdos, tanto solas como con mi abuela, Marga y Mabel.
—Joder. A eso le digo yo llegar por todo lo alto —rio Tania—. Os va a encantar —les dijo a todos nuestros amigos, mirando de manera especial a Matías.
Él le hizo un guiño, antes de rodearle la cintura con un brazo.
—Podemos ir ya, dando un paseo tranquilo —comentó Mabel—. Si llegamos un poco antes, igualmente podremos ocupar la mesa.
—Estupendo —comentó Ingrid.
El día fue genial y nos lo pasamos de maravilla todos juntos.
Fuimos a comer al restaurante de marisco que se encontraba en el mismo paseo de la playa, con vistas al mar.
Comimos de lujo. La calidad de ese restaurante era insuperable, al igual que su ubicación. Todo el marisco y el pescado eran frescos y una delicia. A todos les encantó.
A mi abuela, a Marga y a Mabel les salió mal la jugada porque cuando quisieron pagar para invitarnos a todos, se encontraron con que Julio se había adelantado.
El plan inicial era pagarlo entre todos los amigos. Sin embargo, Julio nos dijo que quizás algún día conseguiríamos que nos dijera cuánto había subido la cuenta.
Después de comer volvimos a la casa para descansar un rato y sobre las seis y media fuimos a la playa.
En ella estábamos.
Ingrid se encontraba sentada a mi lado, en la toalla, mientras que los demás continuaban en el agua. Nosotras acabábamos de salir.
Me escurrí el agua del pelo y después me lo recogí con una pinza.
—¿Cómo llevas lo de Sergio? —me preguntó, sin mirarme.
Mantuvo la vista en el agua, en nuestro grupo de amigos.
—Hay días mejores y otros peores, pero como lo lleve yo no cuenta.
—¿Por qué dices eso?
Frunció ligeramente el ceño, con la cabeza girada hacia mí.
—Porque da igual como me sienta yo, Ingrid. Igualmente, no va a cambiar nada.
Me encogí de hombros.
—Si lo llevabas tan mal, ¿por qué no me has buscado para hablar?
—me preguntó sorprendida—. No quiero dármelas de nada, pero soy una de las personas que más conoce a Sergio y trabajo con él.
Es lógico que Clara, por ser su hermana, también esté muy unida a él, pero no conoce tan bien como yo al Sergio policía.
—Te habría molestado con mis paranoias.
—Anda que… —Negó con la cabeza—. Todos las tenemos, Gloria. Y los amigos están para eso, para que los molestemos, porque si lo hacemos es porque no estamos bien.
Le sonreí.
—Gracias, Ingrid.
—No me las des.
—Lo echo mucho de menos —dije en tono más bajo—. No sé cómo ha podido pasar tan rápido, pero…
—Ya… —me interrumpió—. ¿Qué vas a decirme a mí?
Reí cuando señaló hacia el agua, refiriéndose a lo que le había pasado con Julio. Era a él a quien quería señalar realmente.
—Lo último que pensaba era en pillarme de un tío —dijo riendo—. Y encima de uno que con el tiempo se quedará calvo —comentó en broma.
Nos miramos y soltamos una carcajada.
—Pero las cosas pasan cuando una menos las espera. Mírame, estoy embarazada de cinco meses, de un imbécil. No te imaginas las gracias que doy cada día porque se cagara y se largara, renunciando a todo.
—Pues sí. Te hizo el favor de tu vida, aunque algo me dice que tú no hubieras durado mucho a su lado.
—No —sonrió de medio lado—. Lo que quería decir con todo esto es que no existe un tiempo para enamorarse de una persona. Cada caso es diferente. Un día, sin más, alguien llega a tu vida y te la trastoca de tal manera que ya nada vuelve a ser lo que era sin ella.
—Y no se ve venir —añadí.
—Para nada. Si me hubieran dicho que estaría con un hombre que conocí en el calabozo, me habría reído en la cara de quien fuera.
Se encogió de hombros y nos quedamos en silencio.
—Julio es un hombre increíble —le dije.
—Lo sé.
—Y es de lo que lo dan todo cuando se enamora.
—Ya lo veré.
—Lo ves cada día.
Sonreí cuando se movió nerviosa encima de la toalla.
—¿Tú crees…? Quiero decir… ¿Tú crees que Julio está enamorado de mí?
—Está en el inicio de ese camino, sí. Como lo estamos nosotros.
—Joder —susurró, buscándolo con la mirada.
—¿Tanto te sorprende?
—A ver… Está muy pendiente de mí y nos lo pasamos genial juntos, pero no he querido pensar mucho en eso para no…
—Ya, hacerse falsas esperanzas es una de las peores cosas.
—No es tu caso, Gloria.
Le sonreí.
—Lo digo en serio. No hay nada falso de Sergio hacia ti y que esté tan desaparecido no significa nada en vuestra relación.
—No sé si tenemos una.
—Pues claro que lo sabes —me sonrió con cariño—. La negación es una buena defensa, pero termina cayendo por su propio peso.
La miré agradecida cuando me dio un beso en la mejilla, antes de levantarse.
—¿Te apetece otro baño?
—Ahora no.
—Vale. Pues yo voy a darme el último, porque dentro de poco nos iremos.
—Sí —le confirmé—. Tenemos que ducharnos todos y arreglarnos.
—Hasta ahora.
Ingrid se fue hacia el agua y se reunió con los demás. Julio ya la esperaba cerca de la orilla, dentro del agua.