¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 37
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Capítulo 37

—Joder —me quejé.

Solté de malas maneras el teléfono en la mesa, cabreada.

Sergio acababa de llamarme, pero la melodía había sonado tan poco que no me había dado tiempo a sacar el móvil del bolsillo y descolgar.

—¿Qué te pasa, preciosa? —me preguntó Mauro.

—Nada —le contesté mal y levanté la mirada hacia él—. Lo siento. No tengo ningún derecho a pagarlo contigo.

—Eh…

Mauro se sentó frente a mí, en la silla que ocuparía Tania en cuanto llegara y nuestro amigo se fuera a continuar con su trabajo en el bar del hospital.

En él estábamos. Algo bueno era que, por fin, había llegado el miércoles que para Tania y para mí era el último día de trabajo de nuestra semana corta.

Teníamos cuatro días por delante para descansar y hacer lo que nos diera la gana, lo que era de agradecer.

—¿Es por Sergio? —me preguntó.

Hice una mueca. Todos mis amigos sabían que estaba fuera por trabajo y que tardaría en regresar. También que no era fácil hablar con él y que debía esperar a que Sergio se pusiera en contacto conmigo.

—Vale. Sí. Con tu cara me has contestado —me sonrió—. ¿Te has peleado con él? —Miró mi móvil encima de la mesa.

Solté una fuerte carcajada, mientras Mauro me observaba con curiosidad.

—Esa sí que es buena.

Bufé.

—¿Qué es tan gracioso? —nos preguntó Tania, acercándose a nosotros.

Mauro fue a levantarse, pero ella le pidió que no lo hiciera. Cogió una silla de otra mesa y la arrastró hacia un lateral libre de la mesa—. Hola, guapos.

—Hola, preciosa —le dijo Mauro, con un guiño—. No tengo ni idea de lo que la ha hecho reír, estoy esperando a saberlo. Está cabreada.

Puse los ojos en blanco.

Ambos me miraron y esperaron a que hablara. Respiré profundo antes de hacerlo.

—Me he reído porque Mauro se ha pensado que mi cabreo se debía a que me había peleado con Sergio.

—¿Te ha llamado? —me preguntó Tania, con ilusión—. ¿Has perdido el tiempo en pelearos?

Frunció el ceño.

—Lo que pasa es que Sergio me ha llamado, sí, pero la puñetera llamada ha durado muy pocos segundos. Se ha cortado antes de que pudiera descolgar. ¿Os lo podéis creer? Y claro, ¿cómo va a llamar otra vez, con lo que le cuesta hacerlo?

Bufé, cruzándome de brazos.

—Eh… Vale —carraspeó Mauro.

—Lo siento, cariño —me dijo con un puchero Tania.

—No pasa nada. —Negué con la cabeza—. Ya está. Si hasta me he reído y todo —suspiré—. Vaya mierda —dije desanimada.

—Seguro que te llama más tarde. Habrá tenido que colgar rápido por algo —me dijo Mauro, para animarme.

—Claro —lo apoyó Tania—. Habrá sido por el trabajo.

—Ya… como siempre —susurré.

—Venga, preciosa. No quiero verte tan desanimada y triste. Sergio no está de fiesta precisamente. Debe estar agobiado por tanto trabajo, así que no te hagas daño pensando en lo que no es.

—El problema es que se fue cuando llevabais muy poquito y estás dudando de todo lo que te dijo. ¿Verdad? —quiso saber Tania.

Dio en el clavo.

—Sí —les confesé.

—Bueno, supongo que es normal, porque tampoco habéis podido tener una conversación en condiciones desde que se fue —dijo pensativo Mauro.

—Me agota todo esto —susurré, acariciando el borde de mi taza.

—Tienes que relajarte —me pidió Mauro, sonriéndome con cariño—. Voy a atender a unos clientes —dijo mirando por encima de su hombro—. ¿Te traigo un café con leche? —le preguntó a Tania.

—Sí, guapetón.

—¿Queréis algo más?

—Yo no —le contesté.

—Cómo no…

Se levantó negando con la cabeza.

—Yo por ahora tampoco —le dijo Tania—. Prefiero reservarme para un poco más tarde, así como con más ganas.

—Está bien. No vayáis a consumir mucho en el bar que, como me dejéis sin reservas… —habló con diversión.

Tania rio y yo sonreí.

Mauro nos dejó solas, pero no tardaría en regresar con el café de Tania.

Se dirigió a la mesa que ocuparon los clientes recién llegados y después se fue hacia la barra.

—Cariño, debes tener paciencia con lo de Sergio —me pidió.

—Joder, Tania. La tengo.

—Vale. —Levantó las manos.

—Sabes que la tengo.

—Si yo estuviera en tu situación estaría tirándome de los pelos. Sí, estás teniendo mucha paciencia y entiendo que te enfades por la frustración. Es normal.

—¿Crees que estará bien?

Esa era una duda que me atormentaba todas las noches tumbada en la cama, cuando mis pensamientos tomaban forma en mi cabeza. La mayoría de las noches me costaba mucho conciliar el sueño.

—Claro. No puedes pensar en cosas malas.

—No es fácil y menos al intuir lo que está haciendo. He pensado de todo —suspiré.

Mauro volvió para dejarle el café con leche a Tania y se despidió de nuevo.

—¿Qué tal la aventurera de tu abuela? —quiso saber Tania, cambiando la conversación.

—Genial —sonreí.

Su pregunta se debía a que al final mi abuela y sus amigas se habían vuelto a ir a la casa de Marga, la que tenía en el pueblo costero. Habían adelantado el viaje mucho antes de lo que tenían pensado.

La decisión había sido muy acertada, ya que estaban mucho mejor allí que aquí. Las entendía perfectamente, ya que podían disfrutar de un ambiente muy diferente y tenían el lujo de tener a mano, muy cerca, el mar.

—¿Qué te parece si vamos nosotras la siguiente semana corta? —le pregunté—. Si lo decidimos ya, a Julio y a Clara les dará tiempo a organizarse.

—Por mí genial, ya lo sabes —me confirmó Tania.

—¿Estás segura? —Elevé las cejas.

—¿A qué viene esa pregunta? —se extrañó.

—Porque no verías a Matías durante cuatro días —sonreí.

—Ah —dijo y se quedó pensativa—. No pasa nada.

Se encogió de hombros.

—Tania, si quieres quedarte para estar con él, sabes que no voy a enfadarme por nada. Yo solo quiero que seas feliz. Si este viaje no podemos hacerlo juntas, será el siguiente. Como siempre.

—Qué no. —Negó con la cabeza—. Quiero irme contigo y nuestros amigos. Es una pena que Mauro no pueda venir por el trabajo aquí.

Lo buscamos con la mirada.

—Quién sabe —comenté, pensativa.

—Sí. Voy a escribirles a Julio y a Clara en el grupo.

Habíamos metido a Julio y ahora nuestras conversaciones y locuras las repartíamos entre cuatro.

Mientras Tania escribía los mensajes que comenzaron a llegar a mi móvil, yo bebí de mi café y también escribí un mensaje, pero por privado a Clara.

Gloria: Hola, preciosa. Primero de todo, entra en el chat del grupo y vete haciendo a la idea de lo que está poniendo Tania. No acepto un no por respuesta. Dentro de poco haremos una escapada de cuatro días.

Bebí otro sorbo de café, viendo cómo Clara entraba en nuestra conversación privada y leía el mensaje.

Gloria: Y ahora lo otro de lo que quería hablar contigo… ¿Te ha llamado tu hermano hoy?

Clara: Hola, guapísima. Ahora me da miedo mirar el chat. Ja, ja, ja… No sé nada de Sergio. No tengo ninguna llamada perdida suya. ¿Por qué? ¿Sabes algo de él? ¿Te ha llamado a ti?

Gloria: Tampoco sé nada de él. Era por si sabías algo. Pues nada, a seguir esperando. Que vaya bien la mañana.

Clara: Sí. Esperaremos. Igualmente, cariño. Que te vaya muy bien el trabajo. Voy a entrar en la conversación del grupo. Un besazo.

Gloria: Un besazo.

Salí de la aplicación y bloqueé el teléfono, para dejarlo en la mesa otra vez.

No entré en el grupo porque Tania me informaría de todo en cuanto dejara descansar los dedos al escribir.

Cogí la taza con ambas manos. La acerqué a mis labios y rocé con los labios el borde.

Le había mentido a Clara al decirle que Sergio no me había llamado. No había sido sincera con ella, a propósito, ya que no quería que Clara se preocupara por su hermano.

Una llamada cortada muy rápido y ningún intento más después, o al cabo de un ratito, podía no ser bueno en la profesión de Sergio, por lo que preferí guardar silencio.

Bebí varios sorbos de café, pensativa. No pude quitarme de la cabeza el motivo por el cual Sergio se habría visto obligado a cortar la llamada tan deprisa.

¿Podía ser que se hubiera quedado sin batería y se hubiera dado cuenta demasiado tarde? Si era el caso, sí que sería normal que la llamada se cortara a los pocos tonos.

Lo que no me cuadraba era que el móvil de Sergio no tuviera batería a las nueve y media de la mañana, cuando él siempre lo cargaba por las noches.

No quise pensar en todas las posibilidades que se abrían ante esa nueva incógnita. Hacer suposiciones sin saber la realidad era una puñetera locura y me traía muchísimos dolores de cabeza. Y miedos.

—¿Gloria?

Busqué la mirada de mi amiga.

—¿Dónde te has ido?

—No sé.

Me encogí de hombros.

Tania no creyó mi respuesta. Nos conocíamos demasiado bien, pero, aun así, la aceptó porque sabía que no era mi mejor día para hablar.

—Ya lo leerás —me dijo—. Julio ha aceptado encantado ir con tu abuela y sus amigas al pueblo costero.

Sonreí.

—Y Clara todavía debe tener las manos en la cabeza —rio y mi sonrisa se amplió—. Le ha costado, pero ha terminado confirmando que vendrá con nosotros.

—Joder, qué guay.

—Sí. —Dio varias palmadas—. La semana que viene nos vamos de escapada. Nos va a sentar genial, sobre todo a ti. Tu abuela siempre te aporta serenidad y alegría.

—Cuando desayunemos hablaré con ella. Va a ponerse muy contenta con la noticia.

—Estos deseando ponerme bocarriba al sol dejando que la vida pase a mi alrededor.

—Aprovecha hasta el martes para estar todo el tiempo que puedas con Matías.

—Lo haré —me dijo con un guiño.

—El miércoles no cogerás el coche para venir a trabajar. Yo pasaré a buscarte por la mañana para venir y dejaremos los equipajes en el maletero. Cuando salgamos del hospital recogeremos a Clara y a Julio donde estén.

—Podemos parar a comer en el restaurante que está a una media hora de aquí.

—Eso había pensado. —Asentí—. Y después tirar hasta el pueblo sin parar más. El camino se hará corto.

—Vamos a pasarlo genial. Ay.

—Esa es la idea. Playa, sol, tranquilidad, buena compañía y un ambiente en el pueblo perfecto.