¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 36
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Capítulo 36

—Hola, guapa —me saludó Carmen y le sonreí.

—Hola.

—Ponte cómoda —me pidió, señalando un sofá—. Clara está atendiendo una llamada. Saldrá enseguida a atenderte.

—Gracias.

Caminé hacia el sofá y me senté, dejando el bolso al lado.

Tania no me había acompañado hoy, a pesar de que era uno de nuestros viernes festivos. La «traidora» me había abandonado por estar con Matías, ya que él no entraba a trabajar hasta la tarde.

Tenían planes de ir a desayunar juntos y después Tania lo acompañaría a hacer unos recados. Mi amiga me había dicho que su chico no lo estaba pasando muy bien con la ausencia de Sergio.

Sí, su chico. De esa manera se refería Tania a Matías, aunque los dos aseguraban que no tenían una relación y que iban por libre. Solo querían estar juntos hasta que se cansaran, pero no dejaban de hacer cosas juntos y de pasar juntos el máximo de tiempo posible.

Nadie los creía cuando coincidían en lo que tenían. Solo se mentían a ellos mismos.

Busqué en el bolso el móvil y cuando lo cogí, solté un suspiro.

No tenía ni un mensaje ni una llamada del número de la persona de la que quería saber algo. La incertidumbre estaba consumiéndome poco a poco.

Tal vez por ese motivo había terminado en el salón de uñas de Clara, porque ella era la hermana de Sergio. Era la persona más cercana a él, por lo que estar al lado de ella me hacía sentir a Sergio más cerca.

Solté un suspiro y me quedé mirando la pantalla del teléfono.

Había comentado que Tania me había dicho que Matías no llevaba bien la ausencia de Sergio, pues esta ausencia no sería cuestión de días, o tal un par de semanas. No. Sergio se fue al inicio de la semana, hacía ya cinco días.

Yo también lo echaba de menos, ya que desde el fin de semana que nos unimos en la casa de mi abuela solo habíamos podido disfrutar de ratos sueltos durante una semana. Entre su trabajo y el mío… La bomba me la soltó dos días antes de irse por un tiempo.

Ni él supo decirme por cuánto estaría fuera. Mencionó un mes como mínimo, lo que quería decir que podía estar mucho más tiempo lejos.

Matías no lo había acompañado, a pesar de que formaban pareja en el trabajo. Lo que había hecho viajar a Sergio era un tema que solo le pertenecía a él y a su jefe, el comisario.

No me gustó que no pudiera hablarme claro para decirme qué iba a hacer exactamente en el lugar al que iba. Me dio mala espina y quise averiguar datos, pero Sergio se aseguró de que me enterara de lo justo y necesario.

Eso me tenía más nerviosa todavía y hablar con Matías sobre eso era como hacerlo con una pared.

Estaba preocupada y encima, no podía escribirle hasta que recibía un mensaje suyo.

Odiaba la parte de su trabajo que estaba viviendo, porque yo también era una perjudicada de ello. Y Clara, su hermana.

Mi amiga salió despidiéndose de alguien al teléfono, sonriente, y en cuanto colgó y me vio, su sonrisa se amplió mientras caminaba hacia mí.

—Hola, cariño.

—Hola —le correspondí, guardando el móvil en el bolso.

Me levanté y nos dimos un abrazo.

—¿Vienes para las uñas o para tomar un café? —me preguntó.

Bajé la mirada para mirarme las uñas y me lo pensé unos segundos.

—Un café —le contesté—. Las uñas pueden esperar.

—Eso quiere decir que el café y la conversación, no. Vale. Nos vamos. Chicas, salgo un momento.

—De acuerdo, jefa —le dijo Tamara.

Ella, Carmen y Luisa estaban atendiendo a clientas, pero nos dijeron que nos sentara bien el café. Les prometimos que les traeríamos a las tres, cuando regresáramos.

Salimos del salón de uñas y caminamos por la acera hacia la cafetería que había a unos metros de distancia.

Cuando llegamos, preferimos quedarnos en la terraza y ocupamos una mesa libre que había cerca de un potente ventilador.

Un camarero se acercó y le pedimos dos cafés con leche.

—¿Y Tania? —me preguntó Clara.

—Ya debe estar con Matías. Han quedado para desayunar y después Tania lo acompañará a hacer cosas.

—Vaya… esos dos van fuerte —comentó con una risilla.

—Según ellos, no.

Me encogí de hombros.

—Ellos son muy tontos.

Reímos.

—Ni que lo digas —estuve de acuerdo sobre lo que estábamos hablando.

Negué con la cabeza.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Un poco pocha de ánimos.

—Ya te veo —me sonrió con cariño—. ¿Es por mi hermano? —me preguntó, a pesar de que sabía que sí.

Asentí de todas maneras.

—Es que desde que se fue he podido hablar muy poco con él. No… Casi no me escribe ni me llama.

—A mí tampoco. No es algo contigo.

Solté un suspiro.

Hasta ahora no me había atrevido a preguntarle a Clara si su hermano se ponía en contacto con ella cada día. Si hubiera sido así, me habría dolido y me habría dejado muchas cosas claras.

Saber la verdad me tranquilizó, pero solo un poco.

El camarero regresó con los cafés y se lo agradecimos cuando nos dejó las tazas en la mesa.

—¿Qué te inquieta? —me preguntó.

—Todo —contesté extraña—. Joder, ¿tú no estás preocupada?

No sabemos dónde está, ni lo que hace, ni si está solo.

Nada de nada. Es desesperante y no será por poco tiempo.

Lleva fuera unos días y parece que ha pasado una eternidad.

¿Qué va a suceder cuando se cumpla un mes y deba continuar con lo que esté?

Bufé.

—Eso no lo sabemos —me sonrió emocionada—. Mírate.

—¿Por qué te emocionas ahora? —le pregunté con el ceño fruncido—. ¿Sabes algo que yo no sepa?

—Por lo visto, sí —rio—. Estás enamorada de mi hermano.

Agrandé los ojos.

—¿Qué? —Mi voz sonó aguda—. ¿Qué dices? Por Dios, Clara. —Negué con la cabeza—. Ya sé que tienes muchas ganas de que lo que hemos iniciado tu hermano y yo siga para delante y que nunca termine, pero de ahí a… Joder, que no.

—Sí —rio otra vez—. Mírate. Estás triste, preocupada, enfadada en algunos momentos por la impotencia, echas mucho de menos a Sergio, te parece una eternidad el tiempo que vas a estar sin verlo y te falta energía. Te has enamorado de mi hermano.

—Hace muy poco que estamos juntos.

—¿Y? ¿Qué tiene que ver eso? ¿Sabes? Yo creo que la chispa que se prendió entre vosotros comenzó antes aquella primera vez, por la noche en la calle. antes de lo del calabozo —sonrió.

—Eso es decir mucho —comenté pensativa.

—Pero no fallo.

Se encogió de hombros.

—Cuando tu hermano me dijo que debía irse por un tiempo, también me dijo que había sido el peor momento para nosotros. No me atreví a preguntarle qué quería decir.

—Cualquier cosa sin importancia. —Me hizo un guiño—. Conozco muy bien a mi hermano. No me lo ha dicho, pero sé que lo del viaje lo sabía de mucho antes de aceptar pasar el fin de semana en la casa de tu abuela. Sergio no hace las cosas por hacer.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que si solo le interesaras un poco no hubiera dado el paso que dio.

Te lo aseguro y él te lo dejó claro al decirte que quería conocerte.

No pretende terminar contigo ni se arrepiente de nada.

Si se acercó a ti con un propósito claro, a pesar de que sabía que se iría y que estaríais separados, fue porque quiso ir a por todas contigo.

—¿Lo del peor momento lo dijo porque teníamos que separarnos nada más comenzar? —le pregunté y asintió.

Que lo tuviera tan claro me ayudó a tranquilizarme.

—A mi hermano le importas, Gloria, y estoy segura de que le está costando tanto como a ti vuestra separación, solo que él no lo dice ni puede mostrarlo.

—¿Cómo puede ser que lo eche de menos con el poco tiempo que hace que estamos juntos?

—Así es el amor —dijo, con un guiño—. Cuando llega con fuerza, es para quedarse y para joder.

Soltamos una carcajada.

—Así que deja de tener miedo. Mi hermano se ha ido por trabajo, no por elección propia.

—También me da miedo.

—A mí también. Es de lo más normal —suspiró.

—¿Ha tenido otros trabajos como este, tan secreto y que lo han mantenido alejado por un tiempo?

—Sí —me confirmó—. Aunque no es lo habitual. Si su jefe lo ha mandado donde sea, ha sido por un buen motivo.

Se encogió de hombros.

—Yo también tengo muchas ganas de escuchar su voz. Necesito quedarme tranquila.

—Vaya mierda.

Bufé.

—Querer a mi hermano es querer también a su profesión. Exactamente lo que pasa contigo, con tu implicación en el hospital y con tus horarios de la UCI.

Hice una mueca porque tenía razón. Ella me hizo un guiño.

—Vamos a tomarnos los cafés antes de que se enfríen mucho.

—Sí —susurré.

Le eché el azúcar, la removí y cogí la taza para llevarme a los labios.

Me sentía desconcertada. ¡Yo enamorada! ¿Sería posible? ¡Pues claro que sí!

Nos tomamos los cafés mientras Clara me hablaba del salón y de Mauro. Oh, sí, el plato fuerte lo dejó para casi al final, pero me encantó escuchar que lo de Mauro tenía muy buena pinta.

Mauro me había contado lo a gusto que se sentía con Clara y también lo que lo ponía. Hablaban cada día por teléfono, tanto por mensajes como por llamadas al final del día.

Ambos estaban muy ilusionados, pero iban muy despacio. Lo que estaba genial.

Cuando nos acabamos los cafés, entramos al local para pedir los tres cafés con leche para llevárselos a Luisa, Carmen y Tamara. Lo pagó todo Clara. No me dio opción ni a meter la mano en el bolso, para buscar el monedero.

—¿Quieres que te haga las uñas ahora? —me preguntó cuando íbamos hacia el salón.

—¿Puedes?

—Sí —me confirmó con un guiño—. Por mi cuñada hago lo que sea.

—Eres tontísima.

—También.

Soltamos una carcajada.

—Me había quitado la idea de la cabeza, pero si me las haces, te lo agradezco.

—No digas tonterías. —Puso los ojos en blanco—. Pues ya está. A ver por el diseño que te decantas hoy.

—Lo dejo a tu elección. No me apetece elegir. Con que me las hagas muy cortitas para que no me estorben en el trabajo…

—Hecho. Vas a irte encantada y animada. Ya lo verás.