Capítulo 35
Gloria
Reí junto a mis amigos, cuando Tania se levantó de un salto y salió corriendo. Matías fue tras ella.
Mi amiga no tenía nada que hacer y Matías se lo demostró cuando salió al porche y la atrapó.
Reímos más por los gritos de Tania, cuando Matías la cogió en brazos y se la echó al hombro.
De esa manera se llevó a mi amiga a la oscuridad del jardín.
Ya podíamos olvidarnos de ellos durante un rato. Llevaban así durante todo el día. Cuando menos lo esperábamos, desaparecían y, cuando regresaban, lo hacían con sonrisas de oreja a oreja.
El sábado había pasado muy rápido. Eran las diez de la noche.
Habíamos aprovechado muy bien el día. Cuando Sergio y yo salimos de mi habitación, con los trajes de baño como si no hubiéramos hecho nada minutos atrás, nos reunimos con los demás.
A unos los encontramos liados con la barbacoa, en la que tuvieron que volver a preparar el carbón. Otros estaban alrededor de la mesa del porche, disfrutando del picoteo y las cervezas.
Ninguno de nuestros amigos comentó nada cuando Sergio y yo aparecimos en el porche. Se contuvieron, porque Sergio no me soltó y llegamos con su brazo rodándome los hombros.
Desde ese momento les dejamos claro que las cosas habían cambiado mucho entre nosotros. Habíamos pasado el día muy juntos, casi siempre en contacto. De una manera u otra.
Mientras que a mí me podían los nervios por las miradas curiosas y pícaras, Sergio lo hizo ver como algo natural, para que todos se fueran acostumbrando.
Creamos una especie de intimidad estando acompañados. Y por si alguno de los presentes tuvo alguna duda en algún momento, Sergio la eliminó de golpe cuando me besó en los labios de manera espontánea.
Clara parecía tener corazones en los ojos, cada vez que miraba a su hermano y después a mí. Lo único que me dijo en la cocina, en un momento dado del día, fue que tenía ganas de llorar porque iba a formar parte de su familia.
Tiró muy por lo alto, pero no hice ningún comentario al respecto porque en el fondo era parte de mi deseo.
Con Tania me había comunicado con miradas y gestos, y con eso habíamos tenido más que suficiente para entendernos. Aunque nos esperaba una buena y larga conversación con Clara, ya que ambas también tenían mucho que contarme.
Lo mismo sucedía con Julio. Mis amigos habían estado muy entretenidos y la cosa pintaba muy bien para los tres.
Apoyé la cabeza en el hombro de Sergio y él levantó el brazo para que me pusiera más cómoda. Lo hice sonriendo.
Así de fácil era todo entre nosotros. No dejaba de sorprenderme que, en ocasiones, con solo mirarnos, supiéramos lo que quería o pensaba el otro.
Sin la neblina provocada por los nervios todo se veía muchísimo mejor y con mayor rapidez.
Estábamos sentados sobre cojines en el suelo, con las espaldas apoyadas en los sofás y los sillones. En la mesa baja teníamos los restos de la comida que habíamos cenado.
Al mediodía habíamos disfrutado de la carne hecha en la barbacoa. Eso fue lo principal, aparte de las demás cosas que sacamos.
Ahora para la cena habíamos pedido comida mexicana y nos habíamos puesto las botas disfrutando de ella sin movernos de las posiciones que teníamos.
El plan del fin de semana no podía estar yendo mejor.
Todos estábamos contentos y satisfechos, se nos notaba y se veía en nuestras caras.
También era evidente el cansancio, porque no habíamos parado en todo el día de darnos baños en la piscina.
Y muchos también habían corrido por todo el jardín, por diferentes motivos.
Antes de la cena, nos duchamos todos por turnos. Teníamos los pijamas puestos y no creía que duráramos mucho más.
Habíamos quedado en que al día siguiente se irían después de comer. Queríamos gastar toda la comida, aunque no lo conseguiríamos, ya que había para varias veces. También me habían dicho que me ayudarían a limpiar la casa de mi abuela, para que yo no tuviera que liarme cuando me quedara sola.
Lo agradecía, la verdad, porque a pocas horas del lunes me esperarían diez días seguidos e intensos de trabajo.
—¿Estás cansada? —me preguntó Sergio.
—Un poco.
Noté su sonrisa sobre el pelo.
Aparte del sexo que habíamos tenido en mi habitación en nuestro primer encuentro, después de ese habíamos repetido dos veces más durante el día. Una de vuelta en la habitación y la otra en el baño, mientras nos duchábamos.
Sí, habíamos compartido ducha y nos había sentado de maravilla.
Llevaba más sexo hoy que en muchos meses. Bueno, sinceramente, mi última relación era tan lejana que ya ni me acordaba. Tampoco fue nada importante, así que…
—Chicos —dijo Sergio, captando la atención de todos nuestros amigos que estaban en el salón con nosotros—. Nosotros nos vamos a descansar. Nos vemos para desayunar.
—Descansad —nos deseó Clara.
Ella fue la primera, después le siguieron los demás. Las sonrisas no faltaron, pero la verdad era que en lo que menos pensaba yo ahora era en volver a tener sexo. Por buenísimo y fantástico que fuera.
A ver, si surgía, pues no iba a decir que no porque Sergio había aprendido rápido a llevarme al límite. Pero no voy a negar que estaba deseando meterme en la cama y taparme con la sábana, en una clara directa de: déjame en paz si no es para dormir abrazados.
—Yo no voy a tardar en irme también —comentó Julio, mientras Sergio y yo nos levantábamos de los cojines.
—Espero que conmigo —le dijo Ingrid.
—Lo daba por hecho, preciosa. —Le hizo un guiño él y ella sonrió de oreja a oreja.
—Aquí todos sabemos con quiénes vamos a dormir —comentó Mauro.
Sonrió porque sabía que Clara estaba mirándolo.
Sergio me rodeó la cintura con un brazo, antes de carraspear. Su hermana lo miró, ruborizada.
—Hazme el favor de controlar —le pidió, con un punto de diversión—. No quiero traumarme al escucharte ni tampoco quiero tirar la puerta abajo de la habitación si escucho tus gritos.
—¡Sergio! —exclamó Clara, con un jadeo.
Su hermano soltó una carcajada y los demás, todos menos Clara, también nos reímos.
—Buenas noches. Acordaos de no cerrar la corredera del salón si Matías y Tania no han vuelto cuando los últimos os vayáis a dormir —les recordé—. Si no dormirán en el jardín.
Sergio me empujó sin esperar y comenzamos a caminar hacia la escalera que subía a la planta superior, donde estaba mi habitación. Todos habían elegido ya el sitio donde pasarían la noche.
—Ve tú primero —me pidió, mientras cerraba la puerta.
Le sonreí y me dirigí al baño. No tardé en terminar y salí para que Sergio pudiera entrar. Me dirigí a la cama y de la mesita de noche cogí el móvil que estaba cargando, para comprobar el nivel de batería. Ya estaba al máximo, por lo que quité el cable y puse el móvil en modo avión.
Retiré la colcha, la que dejé a los pies, y me metí debajo de la sábana. El aire acondicionado estaba puesto y necesitaba taparme con algo.
Acomodé la cabeza en la almohada, girada hacia el lado que ocuparía en breve Sergio.
Todavía me parecía increíble lo que había pasado y que fuera a pasar la noche con él, durmiendo en la misma cama en la que había dormido desde que era pequeña.
Pronto comencé a notar los párpados pesados y los parpadeos más lentos. Cuando escuché a Sergio salir del baño y acercarse, me esforcé más por mantenerlos abiertos.
Me encontré con su mirada puesta en mí cuando se paró en su lateral. Sonrió y se quitó la camiseta del pijama. Se metió en la cama solo con el pantalón corto del pijama y se tumbó de lado como estaba yo, hacia mí.
—Pues sí que estás cansada —me dijo, en tono bajo.
—Sí —sonreí—. Bastante más que lo que te he dicho.
—Duérmete ya.
Levantó una mano y me acarició entre las cejas. Eso fue para empezar, porque después continuó acariciándome toda la cara, despacio. Cerré los ojos disfrutando de la sensación.
—Necesitas recargar las pilas para el comienzo de la semana. No es por ser aguafiestas, a mí tampoco me gusta y menos después de hoy, pero el lunes lo tenemos casi encima. Mañana tómatelo con mucha calma y descansa lo máximo que puedas.
—Sí —susurré—. Sergio…
—¿Qué?
—Me gusta que estés conmigo. Aquí. Me siento muy bien.
—Me alegro, preciosa.
Me acarició la mandíbula.
—Yo también estoy muy bien.
—¿Será siempre así?
Su respuesta tardó demasiado en llegar, por lo que quise abrir los ojos para ver si se había dormido. Su voz había sonado con más fuerza que la mía, pero podía ser que se hubiera quedado dormido de repente.
Intenté abrir los ojos, pero no lo conseguí. Me olvidé de hacerlo cuando Sergio volvió a hablarme, esta vez con voz mucho más baja.
—Haremos todo lo posible para que sea siempre así.
—Me gusta —susurré.
—Y a mí me gustas tú.
Sonreí entre dormida y despierta. Por sus palabras y por el beso suave que me dio en los labios.
A pesar de tener los ojos cerrados supe que apagó la luz de la habitación. Como también sentí sus brazos acercarme a él y rodearme el cuerpo.
Eso fue todo. Fueron mis últimos recuerdos de mi primera noche con Sergio. Y la calidez de su cuerpo me abrazó en sueños.
¿Cómo sería pasar todas las del resto de mi vida con él? ¿Tendríamos un futuro juntos?