¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 33
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Capítulo 33

Gloria

Coloqué las manos en los muslos de Sergio.

El contacto me hacía saber que lo que estaba sucediendo era muy real. ¿Era un sueño para ambos cómo estábamos? Para sí, pero se había hecho realidad.

Notaba el calor de Sergio por todas partes. Estaba sentado a horcajadas de mis muslos y su miembro duro y erecto apuntaba hacia arriba, muy cerca de mí, con la punta brillante por las primeras gotas de excitación.

Se puso en tensión cuando lo rodeé y apreté, haciéndome a su tamaño, calor y textura suave. La sensación provocó que tuviera muchas más ganas de…

Me olvidé de pensar cuando la mano de Sergio rodeó la mía y comenzó a deslizármela por todo el largo de su erección. Con la mandíbula apretada, miraba hacia abajo, hacia lo que él mismo estaba haciéndose.

Los movimientos lentos al principio, y hasta abajo del todo, pasaron a tomar ritmo e intensidad.

Mi excitación aumentó con la suya, mientras se masturbaba utilizando mi mano. Respiraba alterado, con los labios entreabiertos y el cuerpo cada vez más en tensión.

Tanta rigidez provocaba que los músculos se le marcaran, lo que era una pasada de ver. Sergio tenía un cuerpo fuerte y tonificado, con todo muy bien colocado en su sitio. Una delicia para la vista.

Continuó dándose placer con mi mano durante unos minutos más, hasta que alejó todo el contacto de su miembro.

Cuando pude apartar la mirada de esa parte tentadora, busqué su mirada. Sus pupilas se habían dilatado y me observaba con una intensidad que hasta este momento no le había visto.

Y decir eso de Sergio era mucho decir, ya que él era intenso por naturaleza. Para bien o para mal, pero hacia un conjunto perfecto.

—Yo… —comencé a decir, pero me quedé callada, cortada.

—¿Qué? —me preguntó con la voz ronca y entrecortada—. ¿Quieres parar?

—¿Pararías ahora? —le devolví la pregunta.

Sergio elevó las cejas.

—¿Me lo has preguntado en serio?

—Sí —reí—. Joder, es que estoy nerviosa. —Bufé—. Si yo quiero parar y tú no paras, igualmente ibas a enterarte por las hostias que te iba a dar —volví a reír.

Él sonrió de medio lado.

—No esperaría menos de ti —me dijo con un guiño—. ¿Qué ibas a decir?

—Que no podemos seguir —dije con una mueca y frunció el ceño—. Pero no es porque quiera parar. Ya te lo he dicho.

—¿Entonces? ¿Cuál es el problema?

Se inclinó hacia delante para apoyar las manos en la cama a los lados de mi cabeza.

—¿Quieres o no quieres parar? —me preguntó—. Porque te estás contradiciendo y no estoy entendiéndote.

—No tengo protección. Condones.

Al soltarlo, por fin nos quedamos en silencio, observándonos tan cerca el uno del otro.

Con solo que yo levantara la cabeza, llegaría a rozar sus labios. En ese momento me di cuenta de que tenía los labios tirantes, con una sonrisa ladeada.

—¿Por qué no has empezado por ahí, en vez de darle tantas vueltas?

—Porque es un poco… ¿Embarazoso? Sí, eso. O yo qué sé —suspiré.

—Gloria. Estoy desnudo encima de ti. Me has tocado el miembro y yo he disfrutado un rato de todas las sensaciones que me has provocado mientras utilizaba tu mano para darme placer… He sido muy claro con lo que quiero y siento, y a ti te ha parecido bien.

—Sí —susurré—. Todo.

—¿Y con todo eso lo que te da vergüenza es una simple palabra?

Arqueó una ceja.

—Joder.

Puse los ojos en blanco.

—Ya te he dicho que estoy nerviosa. Mucho. Nunca me había sentido así con nadie. Si me ves indecisa es porque… mierda, es que hasta hace muy poco pensaba que era invisible para ti y yo…

—Para —me pidió y lo hice—. Ese «hasta hace muy poco» ya queda lejos. ¿No te parece?

—Sí.

—Pues vamos a centrarnos en este momento.

Me mordí el labio inferior cuando presionó su erección contra mi barriga.

—Vale.

Le agarré el trasero y se lo apreté, acercándolo a mí. Eso le gustó.

—No tienes que preocuparte por nada de lo que va a pasar de ahora en adelante. ¿De acuerdo?

Asentí.

Bajó la cabeza hasta rozarme los labios y se apartó muy rápido después de darme un beso corto.

Sergio se quitó de encima de mí y se alejó de la cama. Entonces, cuando lo seguí con la vista y vi lo que cogió, comencé a entender su tranquilidad.

No me había fijado en que en mi habitación también estaba su mochila. Había venido con ella.

La abrió y lo que sacó me hizo reír nerviosa.

—Has venido muy preparado —le dije.

Cuando dejó la mochila de nuevo en el suelo, lo único que se quedó fue una tira de sobrecitos con condones.

Con ellos caminó despacio hacia mí. Sentí de todo por el cuerpo, al verlo moverse desnudo y seguro de sí mismo.

Cuando volvió a ponerse frente a mí, al borde de la cama sin llegar a subir, lanzó hacia mí la tira de sobrecitos.

—Sí. He venido preparado. Y debo confesar que no venía con el pensamiento de follar este fin de semana, por si te lo estás preguntando. El sexo no entraba dentro de todo lo que quería hacer aquí, pero no seré yo el que se queje del giro que ha dado lo nuestro.

—¿Y si no lo pensaba, cómo es que…? Oh, por si Matías necesitaba.

Sonrió de medio lado.

—Él está muy cubierto por ahora, a no ser que se porten muy mal.

—De Tania puedo esperar cualquier cosa. Con las ganas que le tiene… —reí—. Son bastantes —le dije al coger los sobrecitos.

—Yo diría que son pocos —me contradijo.

Noté cómo se me calentaba la cara y las pulsaciones se me aceleraban.

—Oye… —carraspeé—. Antes has dicho lo nuestro.

—¿Y?

—¿Qué es lo nuestro para ti?

—Prefiero demostrártelo.

—¿Qué…?

No continué hablando cuando me agarró de las piernas y me las subió, llevando mis pies a la cama para que los apoyara en ella.

Lo hice y me eché hacia arriba como me pidió con un gesto, ya que estaba muy al borde.

Cuando me quedé quieta, en una buena postura, él tuvo espacio de sobra para subirse de rodillas a la cama y ponerse entre mis piernas, cuando me las abrió hacia los lados.

Se me secó tanto la garganta por la anticipación y los nervios, que no fui capaz de continuar hablando. Aunque, sinceramente, se me olvidó por completo lo que iba a decir.

Qué más daba, cuando tenía a Sergio desnudo entre mis piernas.

Se inclinó hacia delante y apoyó una mano al lado de mi brazo. La otra mano la llevó detrás de mi cuello y deshizo el lazo que sujetaba la parte de arriba de mi bikini.

Las tiras se quedaron sueltas y él se encargó de tirar de ellas hacia abajo, deslizándolas despacio por mi piel. Con cada una de ellas se llevó los triángulos que me cubrían los pechos y me los dejó al aire.

Tenía los pezones erectos, ya que la tela todavía estaba húmeda.

Dejé salir el aire de golpe cuando me frotó un pezón. Me calentó muchísimo cómo me observaba los pechos, como si nunca en su vida hubiera visto unos.

Tragué saliva con dificultad, pero la respiración se me entrecortó cuando me agarró un pezón y tiró de él. Me hizo estremecer soltando un jadeo y continué con el pulso acelerado, mientras Sergio jugaba con un pezón y después con el otro.

Así estuvo un rato, sin apartar la vista de lo que me hacía. No parecía tener ninguna prisa, a pesar de que su miembro duro se clavaba en mi ingle. Estaba muy caliente y resbaladizo en algunas partes, lo que aumentaba mi nerviosismo y necesidad.

Hasta que su boca cayó sobre uno de mis pechos, mientras que el otro siguió torturándolo con los dedos y la mano. Entre succiones, lametones y mordisquitos y tirones, me moví debajo de él jadeante y agarrándolo del pelo.

Cuando se quedó satisfecho de un pecho, pasó al otro. Después de bastante tiempo, me dio el último lametón y levantó la cabeza. Nuestras miradas se encontraron y tiré de nuevo de su pelo, pidiéndole sin hablar mucho más.

Sergio sonrió de medio lado, antes de bajar por mi cuerpo con besos. Hizo un camino húmedo por mi barriga, pasando por el ombligo, hasta que llegó a la tela del bikini que hacía de braga.

Tragué saliva cuando se incorporó y se quedó sentado sobre sus talones, entre mis piernas.

Llevó las manos a los laterales de mi cadera, para deshacer los lazos que había a cada lado. También los deshizo sin problemas y la tela quedó suelta tapándome la zona íntima.

Solté un jadeo cuando retiró un poco la tela que me cubría el sexo, para pasar los dedos por los fluidos que me había provocado él. Deslizó los dedos resbalando por la zona, de arriba abajo, sin prisa y alternando la mirada entre mi cara y mis pechos.

Hasta que bajó la mirada a lo que estaba tocando, para apartar los dedos y llevárselos a la boca. Gemí al ver cómo se los lamía, probándome de esa manera.

Algo dentro de mí se contrajo, con mucha necesidad, y abrí más las piernas para él. Sergio se dio cuenta y sonrió con picardía, antes de pegar un tirón a la tela de la braga del bikini y hacerla desaparecer.

La lanzó a un lado y apoyó las manos en mis rodillas flexionadas. De esa manera me abrió más las piernas, lo que creí que no podía ser.

Solté un jadeo solo por la forma en la que me miraba el sexo abierto ante él. Me separó con varios dedos los labios inferiores y buscó mi mirada, segundos antes de lanzarse con la boca sobre el clítoris.

Arqueé la espalda porque el contacto de su boca, sus labios y su lengua, en ese punto tan sensible y excitado, me hizo soltar un grito seguido por un gemido, cuando me lo succionó con fuerza.

Lo agarré de nuevo del pelo y elevé el trasero de la cama, multiplicando las sensaciones al apretarme contra su cara.

Gemí sin frenarme, sin importarme quién pudiera escucharme.