¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 32
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Capítulo 32

Sergio

—Estoy bien —me contestó.

—¿Por qué te pedía el cuerpo descansar? —continué con las preguntas—. ¿Duermes bien por las noches?

—No me pasa nada. Te recuerdo que la enfermera soy yo y que a ti lo que te va es detener a los malos.

Noté la diversión en su voz y sonreí de medio lado.

Me aparté de la columna del dosel y caminé por el lateral de la cama. Gloria no me perdió de vista y me miró más asombrada que al principio, cuando me senté en el borde de la cama.

—Puedes bromear, pero no vas a despistarme. Es evidente que te pasa algo, otra cosa es que quieras decírmelo —le comenté para que dejara de ocultarse detrás de las palabras.

Se puso más en tensión cuando apoyé una mano en la cama, girándome hacia ella.

—Y no pasa nada porque no quieras contármelo. Entiendo que no tienes la confianza suficiente conmigo para que me digas cómo estás, aunque creí que después de comer y de pasar un tiempo juntos, algo habíamos avanzado.

—Y así fue —susurró.

—Y por qué no me hablas claro y me dices que todavía es muy pronto y te vienen momentos malos.

—Porque lo que me ha traído hasta mi habitación no tiene nada que ver con Ernesto —me confesó, con un suspiro.

—¿Entonces? ¿Te has agobiado con tanta gente en la casa?

Negó con la cabeza, apretando los labios.

La observé en silencio, durante un buen rato. Gloria tampoco volvió a hablar.

—Así que esta es la habitación en la casa de tu abuela —comenté.

Eché un vistazo, con curiosidad.

—Sí —sonrió—. Aquí me quedo cuando vengo a pasar unos días con ella. Aunque podemos vernos a diario si queremos, nos gusta pasar muchas horas juntas.

—Eso es bueno.

—A mi abuela le caerías muy bien.

Busqué su mirada.

—¿En serio? Pues menos mal, porque con la nieta ya no sé qué hacer para demostrarle que mi faceta de policía «simpático» solo la saco cuando la ocasión lo requiere —hablé con diversión.

Gloria sonrió.

—Clara te ha dicho lo de «simpático».

Asentí a su afirmación.

—Al menos elegiste una buena palabra, aunque la dijeras con el sentido contrario.

Arqueé una ceja, pero acabé sonriendo cuando escuché su risa.

—¿Te parece bien mi cercanía o quieres que me aleje? —le pregunté.

Necesita tantearla de una vez por todas.

No había querido insistirle, pero yo sabía muy bien cuál era uno de los motivos por los que había entrado en la casa. Gloria no se dio cuenta de cómo miró a sus amigos y a los míos, juntos por parejas, antes de salir de la piscina.

Para mí fue evidente lo que le pasó por la cabeza en ese instante, así como sus ojos me dieron la razón.

Por todo ello estaba dispuesto a llegar al final, para que se quitara todas las capas con las que se ocultaba por miedo o por vergüenza.

—Estamos bien así, ¿no?

—Yo sí. Perfectamente —le contesté con calma.

Y lo hice recorriendo con la vista desde su cara a su ombligo. Para continuar hacia abajo debía girarme más y ahora mismo no quería hacerlo. Me estaba saliendo demasiado bien, como para estropearlo con un mal movimiento.

—¿Sueles tener tanta cercanía con tus amigas o con las de tu hermana? —me preguntó.

Me esforcé por no cambiar la expresión.

—Depende.

Frunció el ceño por mi respuesta.

—¿De qué depende? ¿Qué quieres decir? —quiso saber.

—Depende de lo que me gusten o no esa amiga. Depende de si el sexo está claro entre los dos. También depende de lo atraído que me sienta y de lo cachondo que me ponga.

—Joder… —susurró, sorprendida por mi contestación clara, directa y sin frenos.

Había abierto los ojos al máximo, otra vez.

—Sí, ese suele ser el final si lo que acabo de decir se une para ir dirigido a una sola persona. Aunque, para ser sincero, con solo uno de los tres «dependes» que te he dicho tendría bastante para joder. Sí.

—Sergio…

—Y si todavía no te ha quedado claro… He acortado tanto la distancia porque me gustas y me siento muy atraído por ti. Contigo cerca noto que debo estar conteniéndome todo el tiempo, porque nada me gustaría más en este momento que tener claro el sexo contigo, para subirme a esta cama.

Me miró con la boca abierta.

—Ya está, cuando quieras puedes volver a respirar. Estaría bien que lo hicieras, a no ser que sea tu estrategia para que te haga el boca a boca.

Gloria me sorprendió soltando una carcajada.

La observé sonriendo, disfrutando de verla reír, relajada y feliz. Su pecho se movió acelerado, parte en la que fijé la vista para ver cómo sus pechos se balanceaban tentadoramente por debajo de la fina tela del bikini.

—Dios… —dijo.

Se tapó la cara con las manos y esperé a que dijera algo más.

—¿Qué?

No pude esperar más.

—Que no me lo creo. —Bufó.

—¿Mi interés por ti? —le pregunté con una ceja arqueada.

—Sí —me confirmó, antes de morderse el labio inferior.

—¿Cómo te sientes por eso?

—Demasiado bien.

Su contestación me gustó. Aunque me gustó muchísimo más que no negara lo evidente.

—Creo que estoy todavía dormida —susurró.

—¿Soñando?

Ladeé la cabeza.

—Sí.

—¿Quieres que te haga disfrutar de este sueño? Así te demostraría mi interés por ti y no te quedaría más remedio que creerme.

—¿Qué harías para entrar en mi sueño? —me preguntó moviéndose un poco sobre la toalla.

Sonreí de medio lado.

—A partir de ahora es cuando llega la acción y todo se hace realidad. Recuerda que estás en tu sueño, pero que soy yo el que lo domina. Solo tienes que dejarte llevar y disfrutar de lo que vas a sentir. ¿Quieres que siga? ¿Quieres ese sueño? ¿Estás dispuesta a…?

—Sí a todo —me interrumpió, con un pequeño jadeo.

Asentí despacio, sin apartar la mirada de la suya. Algo diferente tuvo que ver en la mía, como la intensidad, el deseo o el fuego que me abrasaba, porque Gloria agrandó los ojos de nuevo y entreabrió los labios, para hacer varias respiraciones profundas.

Me levanté despacio de la cama y dejé que me observara bien. Todo de mí.

Recorrió mi cuerpo con la vista, con la libertad que no había tenido hasta ahora. Cuando llegó a mi miembro abultado por dentro del bañador, el que era imposible no ver, ya que tenía una erección tremenda, se humedeció los labios, provocando que mi respiración se acelerara.

No esperé más tiempo, tiré hacia abajo de la cinturilla del bañador, lanzándome de cabeza a lo que había iniciado.

Mi miembro saltó libre y me puse más duro por cómo me observó.

—Esto tiene que ser un sueño —susurró.

—Hemos quedado en que sí. Es tu sueño.

—Lo digo de verdad.

—Ahora voy a demostrarte hasta qué punto lo es.

Me saqué el bañador por los pies, apartándolo para liberarme.

Completamente desnudo frente a ella, yo también la observé sin cortarme.

—Sergio… La puerta.

—Ya he visto que no hay pestillo. Lo que no me preocupa porque en lo que menos piensan los demás es en moverse.

Me giré dándole la espalda y sonreí el sonidito que hizo.

Caminé hasta la ventana abierta y, efectivamente, como ya pensaba, todos estaban repartidos por el jardín y continuaban en parejas.

Matías y Tania se habían ido hacia las tumbonas y ocupaban una para los dos.

Clara y Mauro seguían a remojo en los escalones de la piscina.

Muy juntos. E Ingrid y Julio se habían trasladado a un balancín.

Mi amiga estaba sentada de lado, con las piernas estiradas y encima de las de Julio.

Él se las acariciaba mientras hablaban y se sonreían.

—Como decía. A esos no los mueve ahora ni el carbón de la barbacoa que ya debe estar consumido ya —dije con diversión

—Hay más carbón.

Asentí.

—Por cierto, he vuelto a meter la bandeja de carne en la nevera.

La miré por encima del hombro.

Ya no estaba tumbada. Se había sentado con las piernas caídas por el lateral. Tocaba el suelo con los pies.

—Bien pensado.

—Pues sí, porque al paso que va la comida, me parece que será la merienda o la cena.

Sonrió.

—Ven aquí —me pidió.

Mi miembro brincó de alegría.

—Estás muy lejos y mi sueño no era así.

Se mordió el labio inferior.

—¿Cómo comenzaba tu sueño? —le pregunté mientras me acercaba despacio.

—Contigo desnudo encima de mí.

—Pues vamos a solucionar ese pequeño problemilla.

Me paré frente a ella y le acaricié la mandíbula, recorriéndosela, para llevar al final varios dedos a sus labios.

Se los presioné, deslizándome de una comisura a otra, provocando que los entreabriera. Aproveché para meter un dedo dentro de su boca y Gloria lo captó al instante.

Solté un pequeño gruñido de satisfacción, mientras su lengua me lo lamía y su boca lo acogía y succionaba.

—En este sueño vas a tener la boca muy llena, preciosa.

Jadeó con mi dedo dentro.

—Sí, pero para eso habrá que esperar. Este sueño se va a alargar hasta mañana, repartiendo los momentos a lo largo de las horas. En este instante voy a hacer realidad tu sueño.

Saqué el dedo de su boca y me incliné hacia abajo, hasta que dejé la cara a la altura de la suya.

—Más adelante haré realidad los míos —le dije mirándole los labios—. Tenemos mucho trabajo por hacer. ¿Qué te parece?

Busqué sus ojos.

—Un sueño hecho realidad —me contestó susurrando.

Sonreí de medio lado, antes de unir nuestras bocas.

No fui rápido. Quise tomarme mi tiempo en saborearla y en besarla despacio, pero con intensidad. Era nuestro primer beso y me tomé como algo prioritario que lo recordara toda su vida.

Nuestros labios fueron encajando una y otra vez, mientras que yo la empujaba hacia atrás. Controlé su bajada para que nuestras bocas no se separaran, y cuando la tuve como quería, me subí a la cama, con las rodillas apoyadas a los lados de su cuerpo.

Me separé después de succionarle el labio inferior y la observé disfrutando de cómo estaba por mí.